Él dormía sobre la mecedora de madera. Estaba frente al ventanal, con las manos cruzadas sobre las piernas.  Me había ocultado un secreto.
La luz de la tarde rebotaba contra sus lentes gruesos. Las arrugas de sus ojos estaban cubiertas por una leve sombra y su pelo gris estaba acomodado hacia atrás en surcos regulares, como la tierra recién arada.
¿Podía alguien como yo saber lo que sueña un hombre? Uno como él, no muy robusto, de piel clara, con las uñas grandes y cuidadas, vestido siempre pulcramente, debería ver en su sueño una noche abierta dando a un bosque con un claro iluminado por la luna y un árbol verde y grande  en el centro. El árbol debería incendiarse repentinamente por un trueno y, entonces, él debería despertar.
Me acerqué. Con toda certeza estaba soñando pues, si bien el sol no había variado ni siquiera por el paso de una nube inocente y la cortina del ventanal no se había movido, sus dedos entrecruzados se contraían en pequeños espasmos que se extendían hasta sus brazos y sus ojos se apretaban por momentos. ¿Estaba caminando en el prado, sintiendo las raíces apretársele entre los dedos de los pies y las gotas de rocío mojar las plantas? ¿Se dirigía hacia el claro donde la luna, de haber un lago allí, rebotaría?
Me quedé a su lado, casi tan cerca que el más leve movimiento nos encontraría. Él creía que su secreto estaba a salvo, y eso casi era verdad: nadie en el pueblo lo sabía. ¿Quién podría descreer sus ojos azules enmarcados en sus pestañas perfectas o su voz no tan arrugada como su cuerpo? Incluso las mentes más perspicaces y desconfiadas eran birladas por él.
Su cuerpo se sacudió más, estaba a punto de despertarse. El sol quedó atrás de las nubes. El marrón de la mecedora adquirió un tono un poco muerto y otro poco abandonado. El marco de sus lentes retomó el dorado pálido y la cortina comenzó a moverse. La lluvia se cernió rápido y él se despertó con ella. Yo estaba afuera de la casa, mirándolo a través del ventanal. Casi me sobresalté al ver cómo volvía a la vigilia: su cuerpo pasó del nervio a la tranquilidad como el cuerpo de una gallina recién decapitada. Apoyó las manos en los apoyabrazos, acomodó sus pies en las sandalias, se afirmó y, mientras se levantaba, miró hacia afuera. Esbocé mi mejor sonrisa y lo saludé con la mano levantada. Se detuvo y fue a la cocina con un paso lento y la mirada perdida en los cerámicos del piso. Más tarde hablaríamos

Escrito por Nicolás Igolnikov

Soy Nicolás Igolnikov, escritor desde la infancia y gestor cultural desde febrero del 2016. Mi concepción del arte parte de su carácter multidisciplinario: considero que toda manifestación artística debe poseer, al menos desde su creación, más de una disciplina. Acorde a este concepto me formo como artista, nutriéndome de la mayor diversidad disciplinaria posible, y produzco ciclos artísticos basados en esa confluencia. Me considero un artista y gestor en extremo respetuoso de lxs demás, lo que me vuelve obsesivo con los tiempos y espacios. Aborrezco la actitud pretensiosa y egoísta.