A todos los bellos seres de Ninacuro Editorial Cartonera

Pero esa noche tampoco quiso salir y esto se convirtió en la víspera de su paso a otra existencia. La terrible situación en la que nos ponía a quienes esperábamos verlo, hacía que deseásemos con mucha fuerza no haberlo querido tanto. Seguramente su madre es a quién más le duele este entierro que a todos nos sabe falso, como masticar un caramelo pretendiendo que es un chicle. Cuando veo la fotografía de Jorge apegada al féretro, no puedo evitar pensar en la pantalla de su tablet y como él, su figura, su ambición, debían verse como en un espejo cada vez que leía y escribía.

Yo, desde este banco esquinero, sigo sintiéndome como la mierda, y por más que le he dado vueltas al asunto, no he podido sacarme de la cabeza esta absurda idea de ser el culpable de su extraño deceso, o al menos el inesperado actor intelectual. El día que su madre le regaló su tablet por su cumpleaños número dieciséis (haciendo un esfuerzo terrible, ya que no eran muy pudientes que digamos), Jorge había estado preguntándose qué más podría hacer con el aparato aparte de llenarlo de juegos y pornografía (que es para lo que más lo usan los chicos de nuestra edad). Entonces, con esta duda existencial, fue a mi casa a la mañana siguiente para enseñármela y alardear de la suerte que tenía. La tablet no era de la mejor marca, pero tampoco estaba nada mal. Buena velocidad y capacidad de almacenamiento, lo suficiente como para correr un par de juegos pesados de los últimos que han salido y no alentar los procesos del aparato. Sin embargo, luego de tontear toda la tarde y bromear sobre que la usaríamos para ver porno en diferentes lugares (como el parqueadero del colegio o en los baños del centro comercial), recordé que Jorge gustaba de una actividad particular que a mí me resultaba tristemente aburrida: la lectura. En su habitación tenía colecciones de libros y hasta solía hacer una pila de ellos a los que llamaba “los pendientes”, que ponía en su velador junto a la cama. Algunas veces, incluso, era un empedernido asistente de aquellos eventos de lanzamientos de libros, a los cuales el número total de personas que llegaban como público no pasaba de siete u ocho seres. Confieso que de lado, este interés raro, empezó a jalarme a mí también una vez que Jorge se ponía a explicarme sus lecturas. Algo he aprendido de su andar en las letras y por eso también, en algún punto, pude comprender su obsesión y hasta su deceso.

Recordé que vi en un anuncio el nombre de una app que permitía escribir textos literarios y compartirlos con el resto de usuarios. Se me ocurrió que sería una excelente idea para Jorge, ya que podría ampliar sus horizontes literarios y, de paso, mantenerse entretenido en algo que no fuera los menesteres de la edad, anteriormente mencionados. No puedo negar que por mi cabeza, segundos antes de decírselo, cruzó la tonta idea de que esta utilidad podría ser el comienzo de una carrera profesional a futuro. Esta idea sería parte del tormento que me acongoja en estos momentos, y que presiento que seguirá siendo una macabra constante por el resto de mis días. Sonreí, fingiendo una mueca que pretendía mostrar altanería y algo de soberbia, cuando le dije el nombre de la app que llevaba un subtítulo que invitaba a jóvenes escritores a mostrar sus textos: “Líneas Paralelas”. Mientras le explicaba de que se trataba, no tardó ni veinte segundos en descargarla y empezar a usarla. Su mirada brillaba con una luminiscencia que no había visto jamás en él, me costaba mucho distinguir el brillo natural de sus ojos de aquel reflejo de la retroiluminación del aparato. Después de ese día, Jorge, a quién conocía desde hace unos cinco años atrás, empezó a cambiar poco a poco su comportamiento y las cosas jamás volvieron a ser las mismas.

Jorge se la pasaba escribiendo y leyendo todo el día, azotado (como dice mamá) contra la bendita tablet. Durante un periodo de unos siete meses, seguía frecuentándome y a veces salíamos a hacer cosas más acordes a nuestra edad. No obstante, las fiestas, el alcohol de contrabando, los cigarrillos furtivos, empezaron a ser más escasos, así cómo nuestros encuentros. Pareciera como si este alejamiento paulatino fuera algo que sólo yo notaba o sólo a mi me importaba. Aún así, las cosas se volvieron más extrañas todavía, el día que Jorge llegó corriendo a contarle a su madre que había escrito una novela corta llamada: “El primer paso” y que la había puesto a la venta a través de un apartado de la app que se encargaba de ello y que ya la habían comprado más de veinte personas. Minutos después me enteré yo de lo mismo a través de un mensaje de texto de su autoría. Para fin de mes llegó una actualización del estado de cuenta de la tarjeta de su mamá con 115 dólares a favor. Fue entonces cuando, a sus dieciséis años, recién cumplidos meses atrás, Jorge le decía a su madre que dejaría de estudiar para dedicarse de lleno a la literatura. El anuncio fue, obviamente, interrumpido por la pesada mano de su progenitora que le dió un sopapo tan tremendo en la boca, que el pobre Jorge se retiró a escribir, fingiendo que estaba haciendo la tarea para el día siguiente. Sin embargo, las asignaturas del colegio fueron teniendo cada vez menos importancia para mi amigo, empezando a cosechar malas notas en su historial académico. Pero la sorpresa llegó a fin del cuarto parcial, tres meses después, cuando contrarrestaba una libreta de calificaciones espantosa con un estado de cuenta con 1450 dólares extras, fruto de otro libro digital (una segunda novela: “La Flor Amarilla”) escrito por él y vendido a más de 500 personas. Su madre no pudo lidiar con la contradicción entre las ganas de besarlo por el dinero que aportaba (no eran muy pudientes, como decía hace rato), o estamparlo contra el suelo, con tablet y todo, por el desastroso certificado de calificaciones. Para su buena suerte, escogió la primera opción y desde ahí, nunca más volvió a molestarlo para que estudiara otra vez.

Los siguientes nueve meses Jorge dejó de aparecerse completamente en la vida de sus compañeros y amigos. Se salió de todos los chats de WhatsApp y Messenger y sólo podíamos contactarlo a través de una llamada o uno que otro mensaje de texto que se dignaba a responder. Muy por el contrario, sus perfiles de Facebook e Instagram fueron modificados hasta el hartazgo para demostrar que Jorge se consideraba (y era) un escritor hecho y derecho, con todas las de la ley. Hasta puso en su perfil una de esas fotos en sepia, con la cabeza medio revirada y las piernas cruzadas, a lado de una mesa donde reposaba un cenicero y una tasa de café, mientras sostenía en su mano un libro abierto y un cigarro a medio acabar en la otra. Me dijo una vez que esa foto reflejaba perfectamente su nueva vida; yo no podía negarlo puesto que me parecía que en realidad era un reflejo adquirido y que había visto ese estilo de fotos en el internet y en las solapas de los libros, con ligeros cambios (una copa de vino en vez del café, una pipa en vez del cigarro…), más de una vez. Al final de ese periodo y ya con diecisiete años cumplidos un par de días antes, Jorge vendía en internet otra novela, esta vez recaudando la increíble suma de 7654 dólares (aproximadamente), y llegando a miles de personas al rededor del mundo, según las estadísticas de la app. Armó una fiesta en su casa a la que asistimos apenas tres de sus amigos del colegio. Eso sí, había muchas personas que decían ser escritores y ya, para cuando debíamos volver a casa los menores de edad, parecía que los casi veinte adultos que estaban en la reunión, abrazados de Jorge, estaban empezando a abrir las botellas del aguardiente más caro. Era como si viera a Jorge adentrarse más y más a algún tipo de religión profana y novedosa. Me encantaría echarle la culpa de su repentino fallecimiento al alcohol y demás cosas que tomaban sus invitados esa noche, pero la verdad es que a Jorge lo que lo mató fue otra cosa totalmente distinta.

Los meses pasaron y Jorge ya ni siquiera iba al colegio. Empezó a quedarse en casa todo el día, apareciendo sólo para encuentros de literatura y recitales que él consideraba importantes. A mí, a duras penas me respondía un mensaje de texto o un correo electrónico, casi siempre para invitarme a los lugares donde iba a estar con sus amigos, los escritores (como él mismo los llamaba). Para su primer gran encuentro internacional de literatura, le faltaban apenas un par de meses para cumplir los dieciocho años y tenía en su haber más de 6 publicaciones entre Novela, Poesía y recopilaciones de Cuentos. Se estaba haciendo conocido en el país entero por ser considerado un “prodigio literario latinoamericano” (como dijeron en la radio), y esto empezó a hacer que fuera más difícil ubicarlo para seres intrascendentes en la literatura como mis amigos y yo. Sin embargo, en este puto país hay algo que nos une más que cualquier otra cosa y es lo que los costeños llaman “la sapada”; o dicho de otra manera, el chisme, la calumnia y el entrometerse donde nadie lo ha llamado a uno.

Después de todo este tiempo, había algo que no me cuadraba del éxito de mi querido amigo. No es que dudara de su capacidad literaria, pero esto de publicar libro tras libro, en periodos tan cortos de tiempo, me empezaba a parecer muy extraño. Finalmente sucedió lo que nadie se imaginaba durante aquella bonanza que parecía infinita: alguien de la capital lo empezó a acusar de haber plagiado del internet una novela que estaba en otro idioma, y que aparecía con fecha de hace unos seis o siete años atrás. Los medios empezaron a llegar desde varios puntos del país y comenzaron a dar cabida a entrevistas con escritores varios, dando su opinión sobre la polémica aseveración. Fue bastante deprimente para Jorge el ver como muchas de las personas que frecuentaba o que incluso estuvieron en su casa en alguna de estas fiestas de escritores, empezaron a hablar mal de él y de su obra a través de los medios. Cuando el tema mediático parecía hacerse cada vez más grande fue cuando decidí ir a su casa y ayudarlo a enfrentar cualquier vicisitud que aconteciese. Su madre abrió la puerta con esfuerzo, como si pesara unas dos toneladas. Apenas me detuve a saludarle y enseguida corrí desesperadamente al cuarto de Jorge, entrando sin chistar ni detenerme a recordar los buenos modales. Sentado en su cama, viendo las malas noticias en televisión, estaba mi querido amigo sin reacción. Cuando caminé hacia él, fui interceptado por el brillo de la tablet encendida, unos pasos hacia la izquierda, sobre su escritorio. Había en pantalla un texto que estaba en un idioma que no alcanzaba a entender: “Желтоватая роза”. “Rosa Amarillenta” salió de los labios de Jorge, justo antes de levantarse y aclararme a gritos que no tenía nada que ver con su exitosa: “La Rosa Amarilla”. Cómo si en confianza me hubiese confesado toda la verdad, lo evidente saltó en mi cabeza tan fuerte que tuve que sentarme en una silla que había por ahí para no virarme al suelo con todo y tablet. Desde ahí, empecé a revisar historiales y demás información que había en el aparato electrónico de mi amigo. Jorge en una esquina del cuarto, se rascaba la cabeza y empezó a escribir cosas en su celular, que sacó del bolsillo. Había pues, un largo catálogo de libros digitales en ruso en su lista de favoritos, así también, en la misma lista, aparecía un potente traductor de pago. Y aunque no se mucho de tecnología, las cosas se me iban dando fáciles para entender el qué es lo que había estado haciendo Jorge los últimos años, desde que su madre le regaló la tablet y desde que yo le recomendé esa asquerosa “Líneas Paralelas” para que se la descargue: durante meses Jorge estuvo buscando libros que estuvieran colgados en la versión rusa de la plataforma y traduciéndolos párrafo a párrafo, para luego darles una “lavada de cara” y publicarlos a la venta bajo su propio nombre. Tanto la gente en línea, a través de la plataforma, como sus “amigos” escritores, no tenían idea de ruso o de la existencia de los textos originales; así que mi amigo se aprovechó de eso y dejó que la buena nueva de su talento resonara fuerte y que su vida se volviera inevitablemente fabulosa. Lo que más me sorprendió de todo es el talento que demostraba para hacer este esfuerzo: durante meses se encerraba a darle a las versiones finales de sus libros unos retoques tan prolijos que, de algún modo, los textos finales eran, por mucho, creaciones suyas hasta cierto punto. Jorge no era un escritor, era más bien un plageador profesional, de esos que llegan lejos y tarde o nunca se sabe de sus fechorías. Aún así, el final de su historia, aunque próximo, estaba recién empezando.

Intenté hablar con él ese día pero me resultó imposible. Entre todo lo que había pasado y esa necesidad de aislarse al escribir en su teléfono (o donde fuera), con tal de no dar la cara, se volvió una tendencia frecuente después de ese día. La farándula y la polémica fue, como siempre en este país, desapareciendo poco a poco. Los únicos a los que les interesa los problemas de la literatura actual, es a los escritores y lectores recurrentes y activos que, como no, no representan ni la cuarta parte de la población. Así que al no significar venta segura, los medios locales y nacionales dejaron de hablar del tema. La persona que acusó a Jorge siguió haciéndolo pero sin la repercusión de la primera vez y luego desapareció, casi diciendo con su silencio que se aburrió de señalar lo evidente. Jorge no volvió a publicar en un buen tiempo pero sus amistades empezaron a volverse ambivalentes sobre él y sobre su obra, casi como si habláramos del Reggaetón: lo amaban o lo odiaban, así, sin puntos medios. Eso sí, mi pobre amigo no salió nunca más a un encuentro o recital, ni a ningún lado, hasta el día de su muerte. Yo lo empecé a ver más o menos unas dos veces por semana, cuando iba a su casa. Fue ahí, cuando noté durante los largos meses, antes de su fallecimiento, que su modus operandi empezó a afectar también a su vida. Jorge ya no sólo plagiaba literatura sino que empezó a adoptar comportamientos de otros escritores que él admiraba. Se empezó a llamar a él mismo “el mejor poeta del Ecuador”, como uno de sus amigos escritores de la costa sabía decir cuando estaba muy borracho, o empezó a recortar periódicos y formar frases y decorar las paredes para inspirarse, según decía otro de ellos. Luego se declaró misógino, escribiendo en su perfil de Facebook horrendos insultos hacia grupos feministas, para durante el día siguiente publicar poemas cortos sobre la belleza de la mujer y declararse, con esas líneas, el mayor defensor de los derechos de ellas y de la equidad de género. Luego empezó a plagiar el comportamiento de personajes de películas y series de televisión, queriendo volverse un narcotraficante famoso, conocer el amor en un bar (aunque ya nunca salía) o por internet, e iniciar una cruzada en contra de una raza alienígena que llegaría a la tierra en algunos meses. Empezó a plagiar la vestimenta de grandes celebridades y hasta a planear sus gustos (propios y adquiridos); encontrándolo un día bastante kantiano, con su gabardina hasta el suelo, tomando té y manteniendo su crítica de la razón pura bien puesta dentro de su pecho, mientras que para la noche ya lo podíamos ver más epicúreo, dando saltos de lado a lado de la sala, con una botella de vino abierta en su mano y la tablet con pornografía en la otra, satisfaciendo (según él) los tres tipos de placeres, casi a la vez.

Finalmente publicó en “Líneas Paralelas” lo que sería su último libro: “Plagiero y yo”, una colección de pensamientos, más que poemas, que resultaban bastante vulgares y ordinarios, a mi parecer, en comparación de otras de sus obras que avancé a leer. Será que yo no sé nada de literatura, pero muchos escritores y gente especializada dijo que podría, no obstante, tratarse de su magnum opus. No sé y creo que nunca lo sabré.

Con sus viejos amigos del colegio, fuimos a insistir más de una vez en esta última semana para que saliese con nosotros a tomar una cerveza o algún otro menjurje, pero no conseguimos verlo hasta hoy en la noche, en este frío féretro, delante de nosotros. Ninguno de sus amigos de borrachera y oficio se han dignado en aparecer aún, pero puede ser que vengan en el transcurso de la noche, no pierdo la esperanza de verlos aquí, diciendo todo lo que piensan o pensaban de él, frente a su tumba. Anoche insistimos mucho para que salga pero no asomó ni por acaso. No teníamos idea de lo que había planificado para hoy. Ya cansado de tanto plagio en su vida terminó por plagiar el viejo estereotipo de aquellos que él llamaba “los poetas malditos”. No, no se suicidó por motivos escabrosos o traumas juveniles. Se terminó quitando la vida por perseguir una imitación que no pudo igualar: quiso beber como sus amigos escritores y no pudo seguirles el ritmo. Anoche, abrió cinco botellas de whisky y se las mandó él sólo, intentando bajar la borrachera con varias líneas de cocaína que había ordenado en la mesa de manera pulcra y prolija. El último sorbo estaba aún en su vaso, a lado de su cabeza inerte sobre la mesa, cuando fue encontrado por su madre. Lo dicho, lo que a Jorge lo mató no fue el alcohol o las drogas, fue esa profunda necesidad de ser reconocido, de ser el más original entre tanto ladrón de ideas, que habitan en este mundo, en su mundo, en la literatura.

Escrito por Juan Fernando Bermeo Palacios

Cuenca (1989). Escritor, cineasta, músico, comediante y locutor radial. Es Máster en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universitat de Barcelona y Licenciado en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca. Ha publicado cuentos, poemas y artículos en algunas antologías poéticas y revistas de la ciudad, tales como la prestigiosa “Salud a la Esponja” o el proyecto universitario de creación literaria “Arma Blanca”. Ha obtenido algunos reconocimientos importantes como: Tercer lugar en el concurso nacional intercolegial “Mirada Joven” en la categoría de poesía con su poema “Miedo” en 2006; y una segunda mención en el concurso nacional universitario “Efraín Jara Idrovo, modalidad relato” del X Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana en 2008 con su colección de cuentos “Problemas en casa y fuera de ella”. Participó como ponente en el “I Encuentro Internacional de Poesía Joven (Ecuador/Perú)”, en la provincia El Oro en 2011 y en el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana "Alfonso Carrasco Vintimilla" en Cuenca, en el 2018. Aparece en la Antología del nuevo cuento ecuatoriano “Despertar de la Hydra” (2017) de la editorial argentino-ecuatoriana La Caída; y es parte de la antología artística “Wiwasapa” (2017), proyecto de beneficencia para los afectados del terremoto de Manabí, junto con poetas latinoamericanos y españoles. Actualmente se encuentra preparando la publicación de su primeros libros en solitario: un poemario y un libro de cuentos.