Varias veces me he visto en la misma situación: abrir un aguacate frente a niños. Y en todas esas ocasiones he debido ignorar risitas agudas, escondidas; comentarios susurrados; escrutinios de los que solo los niños pueden hacer: plenos y desvergonzados, erizantes.

No planeo hacerlo, pero me gusta mucho un buen aguacate, uno grande y gordo, uno cuya verdosidad fosforezca frente a los demás alimentos. Y sucede así: saco la cuchara del postre e incrusto su cabeza entre uno de los extremos del aguacate y su cascara, sosteniendo fuerte la parte posterior del cuerpo voy remando con la cuchara hasta que el fruto se desprende de sus vestiduras y queda desnudo, palpitante sobre la mínima cuchara que se apresura a soltarlo sobre el plato. Entonces los niños lo ven, no dejan de observarlo, levantan su mirada a mis ojos hambrientos y después se miran entre ellos, el más pequeño y ridículo se sonroja, la más atrevida levanta las cejas y hace algún comentario que incita las risitas nerviosas y fingidamente intensas de los demás.

Nunca han visto abrirse un aguacate, pienso yo, pero después lo dudo. Seguramente han visto muchos en sus casas, en restaurantes, no están en el jardín de infantes, son niños, pero ya han tenido la oportunidad de tocar con sus manos desgarbadas muchos niveles de vida. Sin duda han visto un aguacate. Es la experiencia, pienso luego, del acto público que supone abrir un aguacate, como si se estuviera despojando de la última capa de ropa a un muchacho sano, fuerte y fértil.

Me desdigo nuevamente pues una vez tuve que abrir un aguacate seco y algo rancio. La reacción fue similar, solamente se agregaron un par de ceños fruncidos, un “qué asco” distraído y lejano. A los niños les asusta el aguacate, me consuelo, después de cada apertura. Es también inútil y hasta infantil pensar así, pero no puedo teorizar otra explicación.

Quizás es la manera en que los abro, a veces con mucho cuidado, detesto terminar y notar que escamas vivas y comestibles del aguacate quedaron en la cascara o que, por el contrario, partes duras e intratables de la cascara quedaron en el cuerpo. Pero realmente ellos no están viendo los detalles, no se están fijando en la meticulosidad con la que la cuchara desliza al aguacate sobre el plato, evitando sobre todas las cosas el contacto con el arroz que como un virus se pega en todas las superficies medianamente húmedas. No, ellos solo están viéndome abrir un aguacate y lo esencial de ese acto es lo que los descoloca, lo que turba sus rostros y quizás los hace sentir un escalofrío peculiar que en el futuro sentirán solo frente al espejo, cuando abran los ojos y se descubran unas arrugas bajo los ojos, unas manchas en las bases de las manos.

A los niños les asusta el aguacate, pero lo bueno es que después de esos irritantes segundos jocosos en los que siento el calor de sus voces evaporarse sobre el vidrio de mis gafas, todo vuelve a la normalidad. Ellos olvidan rápido. Una vez abierto el aguacate, una vez que ha sido apuñalado por la misma cuchara que lo desvistió y una vez que ha dejado de latir, ellos pierden interés y regresan a sus conversaciones sobre videojuegos, comidas que detestan, profesores que no soportan. Prefiero pensar, estar convencida de que los niños le temen a los aguacates, es mejor y de esa forma evito pensar en que soy yo quien le teme a la reacción de los niños frente al aguacate, o frente a mí con un aguacate.

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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