¿Esto será realidad o ficción? es una pregunta que me hacía constantemente mientras leía Alfiler (Editorial Montea, 2017). Para mí, al menos, es muy claro que David Guajardo Ruz, (Monterrey, 1987) el autor de esta nouvelle -palabra que Cortázar definió como un género a caballo entre el cuento y la novela– se escribió a sí mismo de forma deliberada como el personaje de la misma. Alfiler trata de un escritor que tiene una pareja de ranas hyla eximia las cuales mimetizan el presente de una relación amorosa en agonía.

La obra es una rara colección de viñetas literarias estructuradas en cinco secciones que fácilmente podrían parecerle desarticuladas a un lector distraído. A través de sus páginas el autor sutilmente logra su cometido principal: convertirnos en voyeurs de su historia, hay momentos en los que encontramos al personaje musitando para sí mismo de manera entrañable recuerdos que me parecieron tan vívidos como el desayuno de esta mañana: de niño pregunté a mis padres por qué las bardas que rodeaban nuestro jardín estaban coronadas con vidrios de botellas rotas […] la respuesta que me dieron configuró mi visión del mundo […] esa protección especial servía para evitar que los gatos monteses entraran a la casa a devorarnos mientras dormíamos. 

Con una elocuencia ociosa, el escritor nos contagia de sus sentidos; casi podemos sentir el calor que hace en su habitación, apenas ver con una luz que sólo delimita siluetas, escuchar esa monotonía de sonidos combinados: el ventilador de techo y el filtro del agua de su pecera que habitan esos personajes colaterales que resultan ser anfibios. El lector de esta nouvelle debe tomar en cuenta que se encontrará ante un flujo de consciencia de su personaje, un flujo caótico como el que recorre la mente del mismo lector cada día, pero que de alguna manera literariamente calculada tiene un sentido lógico ¿o es al revés?

El autor tiene un gran acierto en que además de presentarnos a la otra protagonista de esta nouvelle escribiendo sobre ella, nos la va revelando haciendo lo que el personaje sabe hacer mejor: escribirle a ella acerca de su proceso agónico: Si pudieras verme y darte cuenta que te escribo a ti. […] Pero ya nada somos. Y estas palabras ya no te las dirijo a ti. No. […] Estas palabras son literatura. […] Y te juro que ahora me pondría a llorar como sapo lleno de sal. Pero ya no lloro cuando lloro. Sólo croo en el pensamiento. El personaje con destreza nos sorprende cuando dedica un par de líneas a hablar(le) a la protagonista de sus lectores, de nosotros: y todos lo sabrán, cuando lean esto. Cuando tu nombre ya no signifique nada, cuando estas palabras tengan otro rostro, por medio de la lectura, cuando te imaginen a ti tan distinta de como eres. 

La naturaleza metaliteraria de Alfiler, en la que el autor deliberadamente es el personaje y viceversa, es fascinante: un ejemplo tan genial como casi imperceptible es que en esta obra los personajes no tienen nombres propios, ¿para qué necesitaría llamarles a las personas por su nombre si el personaje sabe claramente a quién se está refiriendo? reclamaría un defensor de la metaliteratura (¿acaso existen?). Lo más cercano a un nombre son las denominaciones en latín de esos seres cautivos por su afición herpetológica (la macrochelys teminckii -su tortuga caimán- o las hyla eximia -sus ranas mexicanas-). Sin embargo, al permitirse este juego literario de ser y escribir; el autor cae en contadas ínfulas que balancean entre la cursilería y la pretensión, como cuando empieza una página de la siguiente forma: Sucede que de pronto (¡qué cagante empezar a escribir y escuchar la voz de Neruda!) ya nada, me desanimo muy fácilmente. Supongo que es lo normal. Lo que quería decir es… O como cuando narra cómo explica a un compañero del trabajo quién es Isidore Ducasse: y ¿quién es ese conde?, me preguntó. Y yo le murmuré: el precursor del surrealismo, un maldito, un wey muy interesante, un loco. Estos deslices interrumpen un trance literario que a través de las páginas se ha nutrido de memorias, palabras y acciones que son a la vez tan placenteramente naturales y extrañas como los sueños.

Alfiler antes de ser una nouvelle o una obra metaliteraria en cinco secciones, es un ejercicio literario de purificación, claramente su personaje a través de sus páginas infusionadas con nostalgia, humor y a veces con ira se está librando de una intoxicación mientras escribe con una visión poética que logra convertir lo convencional en algo único.

 Por:  Abraham González Báez Jalife 

 

David Guajardo Ruz (Monterrey, N.L., México) es poeta, editor y experto en reptiles. Ha escrito los libros de poesía: Un verde hubiera (2005), Circo de dioses (2009) La historia de un no (2011) y Fuego con ascendente viento (2014). Alfiler (2017) es su primera obra narrativa.
 Abraham González Báez Jalife (León, 1985) Lector desde que tiene memoria y cinéfilo apasionado. Atesora una brevísima colección de arte con el amor de su vida.

Escrito por Ingrid Bringas

Ingrid Bringas (Monterrey, N.L, México, 1985). Autora de La Edad de los Salvajes (Editorial Montea, 2015) Jardín Botánico (Abismos Casa editorial, 2016) y Nostalgia de la luz (UANL,2016) .