Pese a todo extraño tu tarde.

Esa, Lore, la que ha edificado al cínico ángel amortiguado que eres.
Podría ir a vivir contigo
a ese ridículo fraccionamiento de casas grandes
como tus dedos,
luminosas y embozadas
como tú misma.

De ti quiero esa soledad que bajo el techo se veía de un rubio destajado.
Tu humor que era más bien
tenue cuando existías,
claro
cuando quitabas las hojas necias de la superficie de la alberca
de un rasposo azul cuando me contabas las minucias de tu casa.

Si te recuerdo es únicamente por la mutua penitencia que abracé contigo,
por tu lujosa fortaleza en la que la aún la incandescencia de la tarde se hacía más humilde.
Tú ignorancia sacramental
y el viejo hábito de enraizar la bilis
son los pedazos de pan que aún remojo algunas noches para darme ganas de extrañarte.
De querer más de tu conversación de paso.

Y bebo ahora redimida el caldo de necedades que me hace extrañar tu jardín plano,
tus ojos/mecedoras
y tu dorada negación ante la infamia.
Espero que, en alguno de nuestros sueños, me lleves a tu casa/mi templo por más café.