¿Para qué se reúnen los poetas? ¿Las poetas? –Y está la discusión, aún presente, de si decir poetisa es un insulto-  yo creo que se reúnen, nos reunimos, para dejar de sentirnos tan mortales, tan inútiles y solos.

(No sé si soy poeta, poetisa, pero a veces me llaman de esa forma, y yo volteó a mirar para aclarar mi nombre, como cuando mi abuela me confunde con un primo ya muerto)

 Nos encontramos los poetas  por la necesidad vanidosa de mostrar lo que hacemos, de  engalanar la voz (tantas veces en un meloso o dramático intento fallido)  para leer los versos que escribimos en el silencio absoluto. Nos ponemos, se ponen, unos trajes vistosos como de pavos  reales, pero en verdad estamos desnudos, igual que los gusanos sobre el barro.

 La poesía,  hábito solitario, necesita del  circo exterior para tomar valor.

 Y es en estos encuentros es los que aprovechamos para  hablar de los libros empolvados, para citar autores y parecer locuaces, para sentir que algo sabemos de este mundo perverso y luminoso; y si nos preguntan sobre un autor contemporáneo al que desconocemos, pedimos mil disculpas y en un acto de infantil vergüenza nos metemos al baño y buscamos en el celular el  nombre ,la  reseña y hasta nos aprendemos una línea de su texto más famoso, así podemos volver a pavonearnos y fingir que no somos ignorantes.

 Se reúnen las poetas para hablar mal de otros poetas, y  ondear su bandera de verdad absoluta.  Aunque lo más probable, es que el año que venga habremos cambiado de bando, y hablaremos terrible de lo que enaltecimos y amaremos profundo lo que ya derrumbamos.

 Las reuniones de poetas son extrañas, ¡y hay tantas formas de ser alguien que escribe!, pero parece necesario registrarse en algún  gremio, como si todo esto fuera un partido político, y no un sentido poético. Y hay estaciones de café, donde todos ponemos caras interesantes, también deberían  ubicar unos contenedores de pipas de marfil, para que hagan juego con la  impostura. Y hay de aquellos poetas, como yo, que no tomamos café ni fumamos cigarrillo, nos miran como  si cojeáramos.

 Están los poetas jóvenes, que se toman las calles con megáfonos e insultos, y escriben como si vomitaran, y todo es fresco y nuevo, como recién nacido, como recién odiado… detestan los poetas jóvenes  a los poetas viejos, por sus mañas antiguas y sus palabras grandes, sobre todo detestan a las señoras jubiladas y en tacones, que se parecen a sus madres cuando  les niegan dinero.

 Y los poetas viejos y las poetas señoras, se quejan del bullicio de los jóvenes, de su falta de amor y de respeto ante el lenguaje, del escándalo que arman por las noches, que les impide leer  y amanecer radiantes.

 Algunos, sobre todo los hombres más osados, se embelesan de gusto por las jóvenes, e intentan seducirlas con sus versos ganadores de premios. Y así van los poetas, las poetas, recorriendo escenarios como dioses sin público, tomando fotos y tomando notas para mostrarle a los amigos, a la familia, a los amores, a todos los otros que  no escriben, que no entienden que es la poesía ni su función vital, lo que ellos si entienden, como si fueran, como si fuéramos,  una especie de médiums entre el mundo mediocre  y lo sublime. Porque claro, como va saber el carnicero o  la economista lo que es mirar el aire.

 Nos reunimos para sentir que somos muchos, y que podemos ser mejores si acumulamos aplausos  y distinciones. Lo cierto, es que en los recitales, los aplausos son gratis y  mentirosos. Y casi siempre alguien  junta las manos para que el del al lado no  lo mire con sorna.

 A veces no sé si ponerme esa palabra de poeta,  como un traje de ceniza y luz, que no se ajusta  del todo a mi esqueleto.  La verdad es que me siento un poco ridícula, y prefiero que me llamen Alejandra, sin añadiduras.

 Los poetas, las poetas, se reúnen para que otros poetas los escuchen, y ojalá no los critiquen y si es día de quincena, les compren sus más recientes libros, casi siempre, financiados por el bolsillo propio.

 Los encuentros de poetas son extraños, cada vez que me invitan a uno siento que me  abren la puerta del espejo, y regreso con libros que se salen de mi bolso y que raramente leo, pero que de verdad aprecio, porque me parece muy bonito que uno todavía, en este mundo  frívolo, se pueda regalar una metáfora.

 Los encuentros de poetas existen para poder hablar de esos encuentros en los encuentros próximos, y tener con qué comparar cada desgracia y desatino.  Y claro que también existen, para que el gobierno no  use todo el presupuesto financiando guerras y  proyectos científicos,  haciéndole creer a todo el mundo que las palabras  no son un arma ni un  remedio.

 El verdadero encuentro ocurre por fuera del encuentro, es decir, cuando los poetas y las poetas se quitan sus trajes, o la noche y el sudor se los desacomoda, cuando se cansan, nos cansamos, de recitar versos y comenzamos hablar como cualquier mortal. Los encuentros se ponen divertidos cuando un poeta cuenta sobre una borrachera, y luego lagrimeamos por la muerte de su perro.

 No falta nunca el poeta que se fuga con la poeta, o el poeta y el poeta, o la poeta y la poeta, o todos juntos y en  sentido contrario, y también viceversa, como dijo una ilustre oradora de la belleza nacional.  Los  concursos de belleza deben ser algo mucho más honesto que los encuentros de poesía, porque al menos todos están de acuerdo en que lo que importa es la carne; en los encuentros de poetas lo que importa es el verso, no, lo que importa es el alma, no, lo que importa es el vino, no, lo que importa es que te saquen de tu vida por una semana  y que además te paguen, y te aseguren que la poesía sirve para algo.

 Lo que importa es el arte y su función redentora, porque todos sabemos que cuando alguien lee un poema será una mejor persona, y esto lo corroboran Celan, Storni, Pizarnik, Woolf, Pavese, Sexton, Silva… y la larga lista de poetas educados que se despidieron de la fiesta, antes de que se acabara. Porque se pueden decir muchas cosas de este tipo de encuentros, pero nadie va a negar que son una fiesta, y en una fiesta  a veces se puede acabar muerto  u odiando  a los poetas.

Escrito por Alejandra Lerma

Cali. Colombia (1991), Creció en las montañas de Restrepo, busca el silencio de los bosques, prefiere los helados al licor, lee con fervor a Wislawa Szymborska. Escribe con un látigo en la mano. Comunicadora social y periodista de la Universidad del Valle. Dentro de sus publicaciones se encuentran: El lenguaje de mi alma ( 2008) Trébol de cuatro hojas ( 2014) Oscuridad en Luz Alta ( 2015) Y Precisiones sobre la Incerteza (2017). Creadora del sitio web www.menstruarenvozalta.com