La última misión

Para un hombre de su edad, treintaitrés años, soltero, las disputas con los horarios impuestos por el deber que atormentaron su primera juventud parecían haber acabado. Llega a casa, toma agua, saca comida del refrigerador y prende su pantalla. La edad le ha enseñado a complacer las demandas de su agenda y sabe pasar las horas sin apremio. Antes de quedarse dormido frente a la pantalla oscilante —un paisaje natural o la promesa de un viaje—, recuerda que en su niñez el tiempo futuro se transfiguraba en sueños como una sucesión de montañas bajo constante neblina. Ahora parece encontrarse al final de una corta caminata.

Las imágenes de las noticias persistieron en sus sueños, y como no podría ser de otra forma, soñó con algún cuerpo celeste. Esta vez, y a diferencia de otras, no se trataba de un meteoro luminoso que encallaba en las montañas de su futuro, sino una constelación móvil que titilaba en contraste con la oscuridad del cielo.

En ese umbral del sueño había hecho planes que le parecían totalmente realizables: consideró abandonar su trabajo, rentar su departamento y vivir de ello, despedirse de sus conocidos, partir e instalarse en algún país lejano, pero la luz del día lo reclamaba siempre en el mismo lugar. Amanece y se encuentra a sí mismo despierto, sentado en su viejo sofá, hundido en restos: pedazos de pollo, migajas de pan, hilachas de verduras dispersas sobre su camisa, el cierre y botón del pantalón abiertos. La luz de la pantalla oscila en el mismo canal con las incansables noticias sobre el Gran Cometa. Lo despertó la inminencia de las ganas de ir al baño, lavarse la cara, los dientes, cagar, tomar agua y comer algo dulce, como todos los días en que tenía que atender el caprichoso calendario de su cuerpo y, mientras se alistaba, planeaba mentalmente su última misión en el diario.

La última misión sería publicar la nota de despedida de la sección Biografías y, como era su política, sería de alguien vinculado al Gran Cometa. «Algo de paso, para quedar bien», piensa mientras sale de su edificio y observa el carril de salida, embotellado con camiones y familias que parecían huir de la ciudad.

En el trayecto recuerda una entrevista —la más célebre— con un científico de Europa del Este afincado en una base de la Antártida: el primero en identificar la otra y verdadera naturaleza del Gran Cometa. Malestar de saber, de enterarse demasiado. Esa nota debía decir que era probable que en algún momento, y respondiendo a las leyes de su órbita, el Gran Cometa debía estrellarse contra la Tierra como algún asteroide de alguna otra época lo hiciera, pero la nota decía que sería una presencia permanente e inofensiva. Para cerrar la entrevista, con un tono que aún no sabe si fue burla o piedad, el hombre afirmó: «con las fuerzas de afuera nunca se sabe».

La retórica seudocientífica sobre el Gran Cometa, las órbitas, su sustancia, poco importaban a los lectores. Como era su deber, la nota se concentró en la vida cotidiana en la Antártida. Exageró la filiación del paso del Gran Cometa con una de las profecías de los niños pastores de Lourdes, uno de los Misterios que el Papa había anunciado en el 2000, y que predecía que fuegos del cielo se estrellarían contra la Tierra. Más de cincuenta años después, la profecía recién parecía serlo.

Por entonces comenzó su malestar permanente. Cuando llegaba a casa y se encontraba solo, evocaba el tono de duda del científico sobre el recorrido del Gran Cometa y se le ensombrecía la vista. Ya no dormía tranquilamente, se quedaba dormido de cansancio en medio de cualquier otra actividad, viendo películas, en el wáter, echado en el suelo matando el tiempo o haciendo ejercicios. Solía estar en el viejo sofá pensando o viendo sin atención la pantalla de la televisión. No había podido entablar sino relaciones casuales y efímeras. Sentía un temblor constante o una punzada en la ingle, detrás de la nuca, en la sienes, que le impedía siquiera entregarse a desear, a proponerle un polvo a alguna de las practicantes, y no le alcanzaba la imaginación para masturbarse en las mañanas. Sentía su cuerpo seco, áspero, sus articulaciones tiesas. Luego de varios días se acostumbró a no dormir sino a quedarse dormido, y empezó a convivir con una extraña sequedad.

La última misión se le reveló mientras hurgaba en los archivos sobre científicos locales a los que podría acceder con facilidad. Encontró una historia atractiva, una nota al pie de página de un artículo de la sección de sociales de 1985 que se conservaba en los sótanos del periódico, y que recogía la llegada de unos astrónomos norteamericanos para el avistamiento del Gran Cometa. Luego se topó con la edición de marzo de 1991 de la presentación en sociedad de la pequeña hija de uno de ellos, Weller. Podría escribir la última biografía siguiendo algún testimonio directo. Esta idea cobra certeza: busca y pronto encuentra su dirección. Llama por teléfono. Le responde una voz ronca. «Una voz gastada», piensa, mientras negocia la entrevista.

Le tomó dos horas llegar a la casa de Mary Ann, la hija de Weller, que vivía en el casco antiguo de la ciudad, muy cerca al mar. Cruzó las dos grandes murallas que dividían la zona comercial y moderna que se organizaba en torno al río, canalizado hace veinte años hacia el lado este de la ciudad. No le sorprendió que una mujer nacida el siglo pasado decidiera permanecer en estas calles de diseño republicano y conservara el gusto por la vida vecinal, mientras que su distrito era una proliferación de edificios altos y oscuros, nuevos o no tan nuevos, preferidos por profesionales jóvenes que aún no formaban familia. Tuvo que pasar los controles de cada sección en que se dividía la metrópoli; el casco antiguo que bordeaba un mar hediondo, y en el que vivían algunos desplazados que no podían trabajar en la zona comercial, la zona central y pobre, donde todavía permanecían los inmigrantes, antiguos campesinos, y donde habían nacido sus padres; muy distinta de la zona de la redacción del periódico a la que pertenecía. Nunca habría podido encontrarse con la señora Mary Ann de no existir la línea telefónica.

Caminar por las veredas estrechas y quebradas que rodeaban las puertas de las casas le recordaba el paisaje de videos de fin de siglo que rotaban en la televisión. Su paseo le inundó los pulmones de una humedad que le supo finisecular. Con la dirección en sus manos, se detuvo frente a una quinta y se preguntó cómo la hija de un hombre de probada fortuna terminó en una de estas pequeñas casas amenazadas por la herrumbre del mar. Le abrió la puerta una mujer delgada y alta, casi inmediatamente después del repique del timbre que presionó con delicadeza. Su cabeza estaba cubierta de canas y le colgaba un mechón negro del lado derecho. Se abrigaba con un chal de un turquesa muy vivo y joyas plateadas, como las celebridades de hacía dos siglos. La anciana le pidió disculpas por el desorden, que parecía en realidad ser apenas el descuido de la rutina del día, y mientras acomodaba dos revistas que colgaban en la mesa de la sala comedor, lo invitó a sentarse en un sofá granate. Él no tenía ganas de pasar allí mucho tiempo y sacó un aparato digital delgado que colocó sobre su regazo. «Una grabadora», le advirtió. Fue este gesto lo que la obligó a empezar.

Sus abuelos habían amasado una fortuna, le contaba, gracias a la que tanto ella como su padre pudieron realizar empresas personales sorprendentes. Mientras la escucha, observa con disimulo hacia al alrededor, la disposición tan fuera de época con que la mujer ha organizado su sala. Hay muebles tallados con decorados de flores, en desuso hace más de cincuenta años. Sobre una repisa veía marcos dorados con motivos seudobarrocos que protegen fotos de eventos que él supone históricos, ni siquiera parecen ser recuerdos familiares, sino recortes de periódicos amarillados de hombres y mujeres cuyos rostros estaban siendo borrados por la humedad y el desgaste del papel. Presiente que fue un error haber hecho todo ese recorrido y cree haber perdido el tiempo en venir hasta este lugar. «Error»: comunica a su editor a través de la pantalla de su cuaderno digital, aunque agrega: «Igual saldrá la nota». Y ella continúa: el padre fue un hombre muy práctico, le gustaba coleccionar aparatos a control remoto y le gustaron las matemáticas y las ciencias. Nunca pensó que fuese diferente, ni se creyó o sintió especial; era sobre todo un hombre feliz. «Si habría que recordar a mi padre», subrayó ella con un gesto tembloroso de la mano, luego de recogerse el mechón, «sería el recuerdo de un hombre entregado a su familia. Una vez que llegó acá», continúa, «se olvidó de la astronomía y junto a mi madre abrió una cadena de hoteles».

Mientras la mujer seguía evocando la vida del padre, él mentalmente arreglaba una historia más sorprendente. Le agregaba el contexto peligroso de la violencia del tiempo en que arribó; borraba con agresividad la imagen de extranjero despistado, quizá un poco más educado que el resto, y cuyo pleno recuerdo no debía grabarse en ninguna sección del periódico, sino solo en la memoria de sus descendientes. Y la nota seguía cobrando forma aun después de acabada la conversación, durante las cuatro horas del trayecto que tomó la vuelta a su casa. Para cuando cruzó la puerta de su departamento, ya había puesto un cierre a la biografía, con la descripción de la mujer que lo había recibido, «una dama en cuya mirada brilla la bondad heredada de su padre».

Y ese día, como todos los días, se quedó dormido en el viejo sofá frente al televisor. Pronto en sus sueños penetraron los estruendos lejanos y el alboroto de voces y bocinas de autos de la carretera que lo despertaron violentamente. Descorrió las cortinas de su sala, y advirtió el cielo iluminado de verde. Vio la noche salpicada de los tintes infernales de los pequeños cuerpos celestes que encallaban en el horizonte, que aunque no lo sabía en ese preciso instante, anunciaban la caída definitiva del Gran Cometa.

Algunos apuntes con ocasión de un cometa

«A principios de 1985 fui invitado por Brandon Scholes, Presidente de la Liga Astronómica, a viajar al Perú como asistente técnico de una expedición al hemisferio sur, programada para abril de 1987, con el objetivo de avistar el cometa Halley. Me mandaron antes que toda la expedición para registrar el lugar y la elevación de los sitios de observación, las condiciones del cielo y los medios de transporte. El fin de semana de la Pascua de 1985, el grupo compuesto por el arqueoastrónomo Ted Solomon, las agentes de viaje Karen A. Lynn y Marcia Seaman y yo, nos enrumbamos hacia América del Sur.

»El recorrido me sirvió para comprender la latitud del hemisferio sur y la densidad de las montañas, así como la variación de los aparatos de observación. John Ellis, de la Liga Astronómica, compró un telescopio Celestron de 14 pulgadas que trajo desde Texas, y pronto tuvimos largas colas por el telescopio. Antes de que regresáramos a casa, el C-14 fue donado a la Asociación Peruana de Astronomía para el uso de ese grupo de observación en Lima. Pasé diecisiete noches observando en el maravilloso campo abierto de la sierra y rodeado de montañas de más de dos mil metros de altura. Aunque el cielo estuvo nublado salvo dos días, esperábamos ver quince pulgadas de la cola del Cometa. Para decepción nuestra, el paso del Halley no fue tan encendido como esperábamos, aunque se dejó ver fácilmente. Pudimos ver su avance mientras pasaba desde Escorpio por Lobo y eventualmente sobre Centauro. La cola era espectacular: cerca de cuatro pulgadas en binoculares y seis pulgadas fotográficamente. Incluso pudimos ver su trayectoria desde la ciudad del Cusco.

»Mi asombro se centraba en el cielo del Sur, en especial sobre la vista del cósmico cielo de los Andes: La Cruz y el Saco de Carbón. Mi piel empezó a cambiar desde que decidí asentarme en las afueras de la ciudad. Fue tornándose de un color cobre que hacía un vivo contraste con la imagen que yo tenía de mí mismo, y a la que nunca más regresé. Las personas se nos acercaban y querían saber qué hacíamos. No entendían para qué queríamos ver el cometa.

»Mi estancia me permitió aclarar algunas supersticiones locales, incluso las mías. Durante la mayor parte del trayecto un cometa permanece oscuro e invisible y sufre una serie de transformaciones en el tiempo que se eleva en el cielo. Eso lo pude ver. Su paso por la órbita de la Tierra resultó en un desgaste de energía que comenzó una vez que su cuerpo frío pasó por la órbita del sol y su núcleo reaccionó a las tormentas solares, cubriéndose del gas que forma su cola. El Halley, aunque viene pasando por miles de años, sigue incandescente. Su fuerza natural parece no agotarse aun a millones de años luz recorriendo un destino determinado por su órbita, sin posibilidad de cambiarlo. La Tierra, inofensiva, no puede participar en toda la violencia que ocurre a segundos o millones de años luz de su órbita.

»Esas certezas aprendidas en la juventud y nuestro amor por el cielo nos inspiraron a pasar muchos días en completa intemperie, sin más cubierta que una tienda delgada y la compañía de dos o tres nativos que se protegían con poco abrigo, tan acostumbrados estaban al frío de la noche en las montañas. Esas noches amplias y encendidas fueron las más memorables de mi vida, y por ello agradezco la oportunidad que me ha dado la Liga de realizar este viaje».

Dos sabios conversan

[Nota al pie de página de un libro sobre la historia de Chiloé, adaptada y comentada por Mark Canning]

La vida allá afuera, como con tanta sabiduría describió Vuestra Merced, sabio Mascardi, solo se puede conocer por una disposición natural. No encuentro aún tanta virtud en las visiones terrenas de este lugar que mencionan sus cartas, sino la vida pedestre de los viajeros y de los hombres preocupados por el subsistir terrenal, perdidos en asuntos que no incumben a la vida eterna. Poco o nada sé, entre otras cosas que nunca podré descifrar, de los traslados de los objetos del universo, sean objetos celestes u objetos palpitantes como nosotros.

Sus crónicas sobre la vida de los indígenas me conmueven por la entrega a la causa de la conversión y la salvación de almas que sabe compartir con el deseo de penetrar en los misterios de la naturaleza, manifestación de Nuestro Señor y elogio la piedad que transmiten sus cartas sobre el estado de abandono de Dios en que se encuentran las criaturas de este hemisferio, su sorpresa al observar cómo, a pesar de ello, los indígenas con solo su intuición, pueden enterrar con ceremonias a sus muertos o copiar, aunque con poca destreza, el plano del cielo y predecir los cambios de humores de la tierra. Eso nos prueba la infinita bondad de Dios en las tierras más lejanas del centro de nuestra fe y cómo el privilegio de la observación de estas tierras, además del poco entendimiento de los nativos, son muestras de una antigua presencia de los apóstoles en estas tierras americanas.

[…] Estas mediciones sobre el Gran Cometa, que se nutren del rigor de su ciencia, me causan regocijo y también me alarman por la disparidad de sus observaciones con las mías. Ha de saber que no cuento con los mecanismos adecuados en el sur de este virreinato por la falta de afición de los españoles que vienen a América, sobre todo los mancebos, más preocupados por el oro y las riquezas. Vuestra última carta registra un acercamiento inusual del Gran Cometa, que puede tener efectos negativos sobre los habitantes del Sur. Supe que los efectos de las emanaciones de los astros en el Equinoccio en diciembre causaron en una joven mujer desvaríos y la muerte, sorprendentemente cerca del advenimiento del Gran Cometa. Me niego a creer que este cuerpo celeste sea portador de malas nuevas, por reconocer en él la belleza y la bondad de nuestro Creador, y porque, aunque inminente, la fecha del Juicio Final solo es dominio de la sabiduría de Dios.

Sabio Mascardi, cuando los cuerpos celestes pululan allá afuera son presencias divinas; allá afuera siguen encontrándose en estado puro, el mundo de adentro está pervertido, y aconsejo que se preocupe más por los que le rodean, neófitos recién llegados a la fe. Es tanta abominación que uno encuentra en las villas recién fundadas en la fe de Nuestro Señor.

(El acalorado intercambio epistolar entre Ruiz Lozano, cosmógrafo de la corte del Virrey del Perú, y el sabio italiano Mascardi no se dio por culminado sino hasta dos años después de la muerte de este último, cuando Ruiz Lozano recibió en Los Reyes, de vuelta y sellada, su última correspondencia. Las redes epistolares del Virreinato no alcanzaron el último y definitivo hospedaje del sabio, de quien solo en su casa de Chiloé quedaban apuntes, aparatos indescifrables para un ojo inexperto, libros en formato folio, y un discreto biombo. En el Sur había fracasado el combate de la fe entre el aristócrata italiano y los enemigos de los Poyas, a quienes patrocinó y evangelizó. Solo algunos miembros de la Compañía podían sospechar que la expedición de Mascardi en el extremo sur no solo buscaba ganar cuerpos para el ejército de Dios, sino una posición privilegiada para ver el paso de los astros en posiciones nunca antes exploradas por otros europeos. Luego de romper el envoltorio de la carta con la noticia de la muerte de Mascardi, Ruiz Lozano rezó por él. Sabía que el amor del sabio por la observación del Gran Cometa le costó la vida, pero no estaba seguro si compartir la intensa devoción a la ciencia hasta la muerte, que a ojos de Dios podría ser pecado. Sus rezos se combinaron con terribles imaginaciones sobre su muerte: desgarrado por una gran lanza, crucificado en el pie de una montaña o descompuesto a merced de los animales de carroña, cazado finalmente por el Demonio. Una carta de despedida con cierto tenor sentimental y algunos reproches, solo enunciada en silencio, sin ser revelada, resultaría bastante posible.)

La mujer que allí estuvo

Mi madre, Cecilia —dice la hija de Weller—, lo conoció en el albergue de mis abuelos maternos, donde se hospedó cuando vino a observar el cometa Halley en 1985. Fueron tres viajes, los dos primeros de exploración, y cada uno duró tres meses. La tercera vez, tras prometerle matrimonio a mi madre, se instaló definitivamente. Mi padre, según cuentan, no fue quien yo creo recordar. En realidad, sé poco: que empezó a dejarnos por semanas a mí y a mi madre, luego que abandonó el negocio que ambos empezaron, un grupo de hoteles sostenido por el flujo de clientes más que por la buena administración. Había una gran cantidad de extranjeros que venían a hacerse curaciones y viajes espirituales, y con los que vivíamos porque estábamos encerrados en un enclave pequeño e intocable por las amenazas de las calles. Cuando mi padre abandonó todos sus proyectos de investigación, yo tenía cerca de siete años y el dinero empezó a llegar íntegramente de parte de mis abuelos. Un día, sin embargo, dejamos de recibir ayuda del lado paterno y, sin razón aparente, mi padre dejó de hablar con ellos. Abandonó todas las intenciones de seguir en lo que lo trajo aquí, la observación astronómica, y hasta se negaba a quedarse más de un día en casa. Se iba sin decirnos a dónde iba o cuándo regresaría. Algunas noches, cerca del amanecer, parecía poseído. Aplacaba las quejas de mi madre con buen humor, la llevaba a la sala y se ponía a bailar sin ningún ritmo una melodía imaginaria. Intentaba con ella y conmigo una serie de piruetas para disculparse, nos sacaba a comprar al centro de la ciudad o a nuestros restaurantes favoritos. En uno de esos días se fue definitivamente. El último recuerdo claro de todo ello es de dos o tres días antes de mi partida, cuando una madrugada lo trajeron con la cabeza rota, vestido y pintado como mujer. Lo traía del hombro un hombre bajo y castaño, a quien mi madre parecía conocer, aunque no lo invitó a quedarse. Mi papá parecía, tirado en el sofá, según dijeron mis abuelos después, una mujer de la calle. Mi mamá trajo un vaso de agua que le aventó en la cara, luego se encerró para culpar a sus padres, por teléfono, de su vergüenza. Tuve que encargarme de su herida abierta como una cáscara, y que ya acumulaba sangre podrida. Nunca pregunté qué pasó. En los años siguientes evité hablar con ella sobre aquella madrugada, y con mi padre no solo no hablé de eso, sino que, luego de mi regreso, tras la muerte de mi madre y cuando él era ya un anciano de ochenta años, supe que había inventado un pasado distinto a la versión de nuestra vida doméstica. Se había convertido en una suerte de fraile mendicante. Vivía como portero de un monasterio, de la caridad de unos hermanos carmelitas, y con fama de vidente.

Antes de terminar la primaria, por la crisis del país y el estado de desastre de mi familia nuclear, los abuelos de Oklahoma decidieron llevarme con ellos. Seguían viviendo en la granja donde creció mi papá y su hermano mayor, que mi abuelo construyó después de diez años de trabajo en una herrería. Fue un golpe de suerte —siempre lo dijo— que le permitió, después de regresar de la Segunda Guerra, hacerse de unos baldíos que convirtió en granja y luego en planta.

Nuestra vida en Tuttle era de un silencio extremo. Mi abuelo salía muy temprano a la planta de pasteurización de leche y regresaba pasadas las seis a cenar con mi abuela y conmigo. Íbamos a la iglesia los domingos, rezábamos antes de la comida y antes de dormir. El fervor religioso que me protegió en mis horas de infancia creció al lado de mis abuelos y me sentí bendecida de haber salido del infierno anterior, pero tanto ellos como yo sabíamos que al terminar la escuela secundaria lo normal era que debía salir de Tuttle. Mis amigos se preparaban para irse de casa, pero mis abuelos se resistían a que yo tomara el mismo camino de salida de mi padre y mi tío, que terminara como ellos o con destino peor. Me convencieron de quedarme un año a cargo del personal de la planta. El primer año luego de terminar la escuela seguí con ellos, y el siguiente también. Mi salida se postergaba porque había mucho que hacer y, poco a poco, la voluntad de ser bueno que se me inculcó se fue borrando con la severidad que debía imponer a todos y a mí misma. Debía levantarme temprano, comer a las horas que ellos disponían, ir a la planta y seguir las normas. Los obreros y yo paseábamos como fantasmas blancos, impolutos y cubiertos de látex. Los reflectores de la larga sala de la planta donde se hacía el control de calidad iluminaban artificialmente para no asemejar la luz del exterior. No había ni día ni noche. Luego de esa pasantía obligatoria, aceptaron que estudiara en Madrid, donde algunos tíos podrían ocuparse de mí.

Recuerdo que era un día de mayo en que cancelaron las clases y decidí salir a caminar. Me adentré al centro: edificios blancos en que se superponían diferentes eras de la vida burguesa, y atractiva sobre todo para los turistas. Me encontré con el perímetro de la zona histórica cercado por la policía montada y me topé por todos los tránsitos peatonales cruzados con continuas vallas de metal. La caminata se tornó aun más incómoda por el movimiento apresurado y continuo de gente joven hacia el norte. Eran chicos más jóvenes que yo. Chocaban contra mí al acelerar el paso, impidiéndome avanzar, golpeándome los hombros con sus mochilas y pancartas. Me preguntaba cuál era la razón por la que habían cerrado los locales, mientras seguía el paso del gentío como en una procesión, que poco a poco me arrastró a la plaza Puerta del Sol, creyendo encontrar una salida. A medida que ingresaba a la plaza, escuchaba murmullos y voces que coreaban canciones. Al terminar la estrecha calle se me reveló un mar de gente, la mayor cantidad de gente que jamás había visto: los jóvenes con pancartas o telas con pintas verdes y rojas, chicos con poca ropa y mucha vida, vestidos de manera estrafalaria, punks, hippies, gente normal, gente que asimilé primero como una congregación espiritual a la espera del fin del mundo, pero cuyas pancartas pedían específicamente dinero, empleo, bonos de comida.

El mundo estaba en ruinas y yo recién lo sabía.

Allí empezó una época distinta. Decidí vivir junto a gente que creía en la promesa de que la vida podría ser mejor. Todo ese gentío me recordaba que no solo era cuestión de ver pasar las horas delante de nosotros hasta la vejez, por lo que me contagié del aire de filantropía que inundaba esa plaza. Cambié de vida: me instalé con ellos hasta octubre, cuando todavía se nos permitía quedarnos en los alrededores. El sol empezó a ser mortal en junio, pero no nos hizo retroceder. Decidí mudarme con mis pocas pertenencias a una tienda de campaña; me ocupaba y bañaba en baños públicos. Me lié con un líder de la ocupación. Mis amigos eran en su mayor parte chicos de clase media, aspirantes a artistas, o estudiantes de varios lugares de España, que no encontraban trabajo y seguían en la universidad porque no se les permitía ser adultos. Se hablaba mucho, se discutía mucho. Esperaba por ello la llegada del cambio, pero así como todo comenzó vertiginosamente, nuestra ocupación se extinguió en cuatro meses: Parlamento y Rey seguían allí. Les dije a los compañeros que este gesto de sentarse a contemplar el sol en las tardes y negociar no llevaba a nada, y que toda nuestra indignación no era más que eso: molestia que no se traducía en medidas para revertir el ciclo al que iban a regresar nuestros hijos y luego nuestros nietos. Aquella tarde me senté en un banco de una plaza pequeña. Me puse a pensar. Tracé un nuevo plan: regresaría a casa, me involucraría en alguna acción. Me distancié de mis amigos del núcleo, retiré todo mi dinero de los bancos españoles. Les escribí a mis abuelos diciéndoles que eventualmente regresaría para visitarlos, que las cosas iban mal por la crisis, y que no me acostumbraba. Me despedí de todos. No me permití enamorarme porque en esos días la ilusión de querer se evaporó para mí.

Pétreo y caluroso, Tuttle era el mejor destino para morir de aburrimiento. Solo aquellos días entendí a mi padre travestido. Empecé a contactar a las organizaciones que empezaban a juntarse por vía virtual en Nueva York y que planeaban intervenciones en el centro financiero. Pronto me uní a un grupo de manifestantes que todas las mañanas iban a protestar frente a Wall Street. Trataba de descifrar una fórmula que equilibrara indignación y paz en las manifestaciones. Eso sería el comienzo. Me despedí de mis abuelos con la certeza de que no los volvería a ver.

No fue difícil encontrar al grupo de entusiastas de Nueva York. Nos hospedamos muy cerca los unos de los otros, en cuartos improvisados, departamentos de estudiantes donde podrían dormir hasta quince personas, células de lucha distintas de las de Madrid porque estaban conformadas en su mayoría por obreros o jóvenes disidentes de la educación. Nos preguntábamos qué y dónde sería más efectivo hacernos visibles. Decidimos armar cadenas humanas en los parques públicos colindantes al centro financiero. Podíamos ser diez, veinte o treinta personas, cada vez más. En las calles, distintos empleados nos saludaban por las vitrinas cuando caminábamos juntos a los plantones y a veces levantaban el puño respondiendo nuestro paso. Entonces sabíamos que estábamos en lo correcto.

El centro financiero era una zona intangible para cualquier amenaza: un espacio protegido desde el 2001. Su arquitectura aplastaba la visión. Nuestro octubre estaba surcado de la tiranía de los vientos, aunque la potente luz del sol, extraña en otoño, se colaba por algunos brechas entre los edificios. Me figuré que arriba, en el cielo, si se suspendía la gravedad, todas las materias externas caerían sobre nosotros, no solo los edificios que nos amenazaban e invitaban al vértigo, sino los objetos que oscilaban alrededor del cielo: satélites u otros cuerpos inertes.

La última tarde de nuestro núcleo me abandonaría por completo todo estado de ensoñación que por el vértigo se apoderaba ocasionalmente de mí. Las nubes de otoño iban apagando o encendiendo nuestras sombras sobre el pavimento, a pocos metros de los policías que custodiaban las esquinas y los edificios. Éramos cerca de cincuenta personas tomadas unas de otras. Todo parecía igual a otras veces: la cadena estaba armada alrededor de un árbol, las mochilas dispuestas alrededor de la cadena con alimento y agua, el tránsito lento, los policías que nos custodiaban conversaban entre ellos, los mismos carteles de todos los días, los temas de conversación y el turno de los puños alzados y la circulación del megáfono con nuestras exigencias, que eran los mismos de los días anteriores.

Pero en algún momento todo sonido calló.

Un pitido largo se internó en mi oído y dejé de atender a mis pensamientos. La gente comenzó a mirarse con desesperación. Nuestra cadena humana se abrió, los peatones y los trabajadores empezaron a correr sin rumbo. Los policías se alertaron. Los peatones empezaron a correr. Se agachaban para huir del impacto de pedazos de vidrio que caían del ventanal del segundo piso del edificio frente a nosotros. A pesar del pánico nos preveníamos que no debíamos soltarnos. Yo miraba a mi alrededor tratando de armar alguna secuencia de eventos, la causa del desorden y furor que nos rodeaba. Del edificio salían desordenadamente hombres y mujeres gritando y llorando, con las manos cubriéndose la nuca, algunos ensangrentados por los escombros del ventanal que seguían cayendo.

Hubo una segunda explosión, esta vez en el piso superior de donde se produjo la primera. Los pedazos del edificio caían a velocidad incierta. Formas triangulares, romboides, pequeños bloques de concreto se suspendían frente a nosotros, antes de reventar definitivamente en la pista que nos separaba del edificio.

Suspendidas por un tiempo indefinido, aquellas formas se confundían con los pedazos de extremidades del cuerpo de un suicida. La gente de nuestra cadena se soltó de los brazos. Gritaban no saber nada. No pude moverme y me quedé en la plaza, mirando hacia los costados, hasta que un policía me llevó detrás de una camioneta, donde todos empezaban a acopiarse. Alrededor mío podía reconocer uno a uno los rostros de los detenidos que sabía inocentes, gente pacífica que no sabía otra manera de hacer las cosas, rostros desesperados e ilesos; todavía enteros.

De La caza espiritual (Celacanto, 2015)

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