Ella siguió creyendo en Paco, incluso con los tatuajes, las pastillas y las trasnochadas a la orden del día. Por entonces, él ni presentía que cambiaría. No más vivía los años mozos con la consigna de un escritor que pregonaba que después de los veinticinco años no tenía ningún sentido vivir. Y así, con la vida al límite, llegó a esa edad, y entonces su amor por algo en la vida le hizo cambiar. Por eso aquella tarde, después de haber pasado las dos citas anteriores, llegó allí orgulloso, con su cabello engajado como una concha de coco, con la barba desordenada como de árabe pero no tan crecida; en jeans, con un suéter blanco y con una carpeta bajo el brazo. Se sentía pleno. Independientemente de lo que pasara, ya se sentía ganador.

El agente le indicó el asiento, el único libre en la pequeña sala. Desde este tuvo suficiente tiempo para contemplar a los otros, a su manera acicalados. Primero vio al viejo con su traje que él consideró de ocasión especial, ese que está guardado para los matrimonios, combinado con la corbata roja comprada de prisa, esas de bolitas, que son más baratas. Luego vio a la mujer entrada en años. Menos evidente que el viejo en su indumentaria, pero más nerviosa. Se dijo para sí y casi tan bajo como un pensamiento: Seguramente ya ha estado varias veces en esta situación. Esta no dejaba de revisar los papeles que tenía en sus manos y solo de vez en cuando levantaba los ojos, arrojando a todos una mirada despectiva. Por último vio a la mujer con aire púber que se lamía con la mano izquierda su trenza de cabello. Habían pasado tantas horas, tal vez cuatro o cinco, que había tenido tiempo para identificar en ellos todos sus gestos, así como él sintió que ellos tenían identificados los suyos. Lo que no se imaginó en aquellas horas de mutismo fue lo siguiente.

−Oye, ¿tú estás perdido? − Y entonces sintió en esas palabras el quiebre de un esquema. Alguien había roto el silencio y él era la causa.

− ¿Yo? −, preguntó a su interlocutor, pero también a sí mismo.

−Sí, sí, tú−, le confirmó. −No, ¿por qué debería estarlo? −Pensé, como miras de un lado a otro sin rumbo fijo.

 Paco, silente ante esas necias palabras, se preguntó cuál era el verdadero rumbo fijo en la vida. Imaginó que cuando estudiaba estaba en el rumbo fijo, pero al caer en cuenta del desempleo de sus compañeros, recapacitó respecto a tal postura. Si el estudio no sirve de nada, todo es política, todo es truco, todo es falso, se autorespondió.

−Mira que no es mentira lo que digo, estás callado y con la mirada perdida.

Entonces Paco fijó su mirada en ese detentador de la verdad que juzgaba a los demás por apariencias. O tal vez fue una paranoia de él.

Aún recordaba con cierta amargura su pasado. Aquellos tiempos cuando la vista se obnubilaba y las gafas oscuras tapaban el desenfoque de sus ojos rojos y dilatados. Pero había cambiado, todo era distinto, por eso se sintió ofendido con lo de la “mirada perdida”. Simplemente no quería verlos para evitar revelar sus secretos: sabía que los ojos eran las ventanas del alma, y que tenía la capacidad de mostrarlos expresivos y abnegados o inexpresivos y fríos. Y así fue, porque cuando le puso sus ojos fijos, inexpresivos, esos que solía poner como de dos corozos; oscuros, sin sentimiento, incomodó al viejo, que volteó el rostro hacia la ventanilla de espera; la que protegía al agente consular.

Aquella pequeña sala era la última fase que debía cruzar de la embajada y su hermetismo era absoluto. Por ello le pareció raro que aquel hombre le hubiese hablado.

Por su parte, las dos mujeres lo miraban fijamente. Todo estaba fuera de su cauce natural. La joven había parado de tocarse la trenza por primera vez en la jornada y la señora dejó de mirar sus papeles para, con el rabo del ojo, dirigirle una reprobación. Aunque lo dijo en tono muy bajo, él oyó: “¡Este qué se ha creído!”.

Fue la primera vez que sintió tanto egoísmo en un mismo lugar. Y pensar que eran tan solo cuatro personas, no más, solo cuatro que eran vigiladas por un funcionario parado frente a la ventanilla, y que por regla nunca hablaba. Solo abría y cerraba aquella puerta donde cumplían o rompían los sueños de aspirantes a inmigrantes. La sala era ascética y tranquila. Los asientos eran unas bancas como las de algunos trenes donde los pasajeros se encuentran frente a frente. Paco con el viejo, y las dos mujeres hacían lo mismo. Pensó que debía ser distinto y que aquella mujer joven debía mirarse con él y que al viejo debió tocarle la señora rubia, pero no, hasta eso estaba calculado. Aunque la joven trigueña parecía la más sincera, veía en ella un nerviosismo en ese toqueteo de la trenza que había vuelto. Le parecía una caricatura de esas niñas malas que aparentan ser buenas. De la señora, ni contar, una piedra hecha mujer que sabía bien la lección de ser pedante. La miró de reojo, de la misma forma que ella lo veía a él, como en un juego de póker. “Vieja loca”. Soliloquió bajito, seguro de que nadie lo oyó. Y sintió que empató la situación.

Sabía que esa embajada tenía fama de ser un lugar muy estricto. Sin embargo, si él estaba allí era porque era merecedor igual o más que el viejo criticón, la joven maniaca y la señora indiferente. Y es que se sentía merecedor de estar allí desde que controló sus vicios y pasiones, desde que empezó a trabajar y desde que se sintió seguro de pedir la visa por el simple hecho de enfrentarse a un reto; el que le hizo un compañero de vieja de data, que trabajaba y tenía hijos, cuando le dijo:

 − Ni a mí me dan la visa, menos a ti Paco, me río.

Por eso cuando salió por aquella puerta blanca que el funcionario abría y cerraba en un segundo, se rio en la cara de todos ellos demostrándoles que su esfuerzo valía la pena y que para conseguir una miserable visa se necesitaba eso… “esfuerzo y amor, no egoísmo ni envidia”… y ella, que lo conocía hacía muchísimos años, cuando oyó sus gritos desde la antesala, supo que esa voz era de aquel en quien creyó cuando nadie daba un peso, cuando todos creían que se iba a morir de un momento a otro. Por eso se alegró de su alegría y cuando se abrió la puerta donde ella lo esperaba, los dos se encontraron y se dieron un beso frente a los otros deseosos a inmigrantes que esperaban su turno en esa sala ascética con capacidad para cuatro personas. Después del beso le dijo:

− Te quiero, Vieja.

 

Escrito por Juan Quintero Herrera

Escritor y periodista. Licenciado en Comunicación Social. Aspirante a Maestro en Literatura Española e Hispanoamericana (Universidad de Sao Paulo-USP). Es editor del blog Disco Cultural del diario El Universal de Cartagena y del blog En busca de la verdad. Enverdades.blogspot.com. En nuestras caras (Hadriaticus Editores, 2016) es su primer libro de narrativa (cuentos). Actualmente trabaja en un poemario y en una novela. Twitter: @JuanQuinteroH