Bogotá, un día cualquiera de la primera mitad del siglo XXI. Sobre el viejo cuaderno de notas, lo siguiente: 

Para leer a Musil, basta leer a Musil. Basta apagar la alarma del celular todos los días a las cinco de la mañana, pensar en el día que llega, dirigirse a la estación para tomar el autobús que pasa a las seis en punto, y asomarse una vez más al abismo este que representa la ciudad.

Sí, para leer a Musil solo basta mirar, escuchar y palpar la turbulencia de la tarea pendiente, del oficio por cumplir, del “hola buenos días” (aún cuando no son tan buenos días), del “claro que si, cómo no” (mientras quieres mucho más decir no que si), del “ahora qué” y esos otros demonios que se despiertan en ese momento en el que, esta a punto de volver a amanecer…   

He llegado a la pagina 83 de “El hombre sin atributos”, lo que quiere decir que después de tres intentos he culminado la primera parte que se titula A modo de introducción. Digo culminado no porque algo haya terminado (en esta novela nunca se termina nada), sino porque la excitación producida por el contacto visual que en sentido pendular de izquierda a derecha y en forma descendente me desplazó sobre las páginas, finalmente me llevo a una nueva hoja que tiene como titulo: Parte segunda Otro tanto sucede.

En esta primera parte, el narrador se alía desde el comienzo con el lector. Propone una historia narrada de manera circular y en ella no se percibe ni un principio ni un final, lo cual te obliga a realizar una inmersión total en los acontecimientos, un contacto desde la observación, casi directo con los personajes y un desplazamiento constante sobre el discurso planteado que entre otras cosas, exige una lectura detallada y minuciosa.

Cada imagen nueva, cada plano de la narración matiza el anterior, acentúa lo que se dijo en el primer renglón, o promueve el acercamiento a cualquiera de las vivencias contadas entre una y otra pagina.

Los personajes se configuran en torno a un planteamiento axiológico que da cuenta del estado de decadencia del sistema de valores burgués y el surgimiento de un pensamiento asociado a la despersonalización y la fragmentación del individuo. Desde el comienzo,  Ulrich (personaje principal), se muestra como un sujeto que se pregunta por el mundo, cuestiona el sentido del espacio que habita, y plantea ideas con relación a lo que sucede en su entorno, pero sobre todo, a la manera como desde su singularidad vivencia todo esto en medio de su contexto social. Se trata de un burgués de la época que piensa su lugar, desea lo que su tiempo le impone (una casa así, un estilo o forma de ser determinado, un pensamiento técnico, concreto, exacto?), pero a su vez, desde ese mismo sistema que impera, crea brechas, abre espacios, genera rupturas en medio de eso que se opone a lo real de su falta, y realiza planteamientos y cuestiones filosóficas en esencia.

No es casual que la historia se empiece a contar a partir de “un hermoso día de Agosto del año 1913”, e inmediatamente realice una descripción extremadamente realista de una imagen de metrópoli ruidosa, caótica, movediza y accidentada, pues justamente lo que la novela plantea en esta primera parte, es la ruptura, el caos, la sensación de la nada en medio del todo, de la soledad en medio de la multitud y de la avasalladora presencia de la maquina frente al ser humano y su despersonalización: “No todos creen en la historia del diablo al que se puede vender el alma, pero al menos aquellos que entienden algo del asunto, por llevar el titulo de clérigos, historiadores o artistas y perciben como tales, buenos beneficios, atestiguan que las matemáticas les han arruinado y que ella ha sido el origen de una razón perniciosa que, a la vez que ha proclamado al hombre señor del mundo, lo ha hecho también esclavo de la maquina” (Musil, 2007, pag. 43)

Se trata de una propuesta nihilista en la que el yo se desenmascara y en oposición, se desmorona aquello que algunas ideologías han exaltado con meritos discutibles, lo que se entiende por identidad. Todo esto pasa a un segundo plano. El yo no es el yo, se disgrega, la identidad no existe y la configuración de esta responde a una demanda del entorno. El yo, como una especie de punto imaginario, punto de encuentro de muchos factores que progresiva y paradójicamente se van alejando de lo que en realidad se asocia a lo personal*

Hablando de realidad y en ese sentido a lo que se propone sobre el lugar del yo, en la obra se realiza el siguiente planteamiento a través del titulo del primer apartado que se consigna de la siguiente manera: “Si existe el sentido de la realidad, debe existir también el sentido de la posibilidad”. Esta afirmación da cuenta de un elemento esencial para la configuración de lo que para Musil sería el hombre sin atributos, me refiero aquí al sentido de la relatividad que un espíritu inconforme debe albergar en su marco mental a la hora de asumir su existencia y las percepciones que de su entorno pueda hacer a través de esta. “La realidad es la que despierta las posibilidades; nada sería tan absurdo como negarlo. No obstante, en el total o en el promedio permanecerán las mismas posibilidades y se repetirán hasta que venga uno al que las cosas reales no le interesen más que las imaginarias. Éste es el que da a las nuevas posibilidades su sentido y su fin y el que las inspira” (Musil, 2007, pág. 18).

Así, Musil plantea la realidad como algo aún no nacido, una realidad en gestación que no por eso no es real, sino más bien es una realidad posible. En otro momento, cuando propone el ejemplo de un hombre que prefiere el bosque a los árboles, se refiere a la necesidad de no reducir la realidad a un significante que denota, e impulsa en oposición a esto, la importancia de evocar la realidad como algo difícil de definir. “El hombre con sentido normal de la realidad se asemeja a un pez que muerde el cebo y no ve el sedal, en tanto que el hombre con ese sentido de la realidad, al que también se puede llamar sentido de la posibilidad, lanza el anzuelo al agua sin saber si le ha puesto cebo”. 

Desde este punto de vista, pueden existir tantas realidades como personas en el mundo, y con ellas, la dificultad cada vez mayor de que dichas realidades puedan ser nombradas o percibidas “objetivamente” hablando. Entonces, la sensación de la falta y del vacío del que hablamos aquí cobran fuerza, el sujeto, se configura en torno a una sensación de desprendimiento, imposibilidad de mundo o falta de necesidad del mismo, lo que hace que El hombre sin atributos no solo proponga una metáfora de la ruptura del imperio austrohúngaro, representada en un sujeto y todas sus consecuencias, sino que también, por medio de Kakania* y las características que le otorga, represente  metonimicamente la insipiente condición moderna, su disgregación y su fragilidad.

Continuará…

*Similar a lo que en el sentido freudiano se entiende por el yo, ya que este responde de manera imperativa a las demandas del sistema y la obediencia de la ley o todo aquello que la simbolice.

*kaiserlich und königlich (imperial y real). Es el nombre que el autor le da al Imperio austrohungaro  y a los sujetos que lo conforman irónica y simbólicamente.

Bibliografía

  1. Musil, Robert. El hombre sin atributos. Seix Barral. Año 2007.

Escrito por Margarita Losada Vargas

Neiva – Huila, Colombia. Aprendiz. Autora del libro Mejor arder (Común Presencia Editores, 2013) y coautora de La persistencia de lo inútil (Trilce Editores, 2016). Ando en bicicleta, patino los domingos, soy profe en la universidad, y canto en una banda de punk rock.