Beatriz

En esta casa,

todos los espejos están rotos, desde que no estás,

nos reflejamos desfigurados y por partes, tus bellas fotografías ocupan su lugar,

pero están malogradas, y descoloridas,

como un viejo recuerdo, con medio cuerpo en el olvido,

porque tu nombre no se pronuncia,

porque tu ausencia nos acompaña desde lejos, pero implacablemente,

porque un pájaro gris vino una noche a buscarte, y se desangró por los ojos,

porque le sostuviste la mirada,

hasta que ciego se azotó contra todo lo que podía trizar.

En esta casa,

todas las ventanas están quebradas,

las dejamos así,

porque te esperamos con ansias,

pero tu recuerdo póstumo se fractura pisando los cristales desperdigados, porque el

retorno es una mera ilusión,

en la que aún insistimos en creer, nadie retorna, menos tú,

porque el pájaro gris te vigila con ojos rojos desde lo eterno,

porque las tumbas son prisiones certeras y absolutas,

porque no cerraste los ojos ante lo inminente,

porque no te queda carne en los huesos,

y porque desde que no estás, tu nombre no se pronuncia,

tu nombre no se pronuncia, Beatriz.

 

Lumbre

En el medio de la habitación había una lámpara,

adentro de su estómago de vidrio templado

se combustionaba una camisa,

para ofrecernos la lumbre,

en la que habríamos de crecer para siempre,

la electricidad,

era un lujo reservado sólo para las ciudades,

nosotros nos conformábamos con eso,

y con unos cuantos candelabros,

cubiertos de velas consumidas.

Somos niños,

es invierno como de costumbre,

las sombras que se nos depositan alrededor de los ojos,

le dan un aspecto macabro a nuestro asombro infantil,

mi padre tiene cinco nombres,

el de mi madre es fatal,

deben ser claras advertencias de lo que avecina,

pero somos niños,

y ni siquiera conocemos las ampolletas,

no tenemos como imaginar lo que nos espera.

Mi hermana, la mayor, se llama Magdalena,

y desde que nació,

no ha parado de llorar,

mi hermano se electrocuta y se le quema la ropa,

con los faroles que crecen desmesuradamente

en el barbecho de su patio,

mi hermana, la menor, ya no está,

y quizás de alguna manera, nunca estuvo,

mientras que yo,

todas las noches, sin falta,

arrullo a los hijos que nunca tuvo, antes de dormir, les cuento historias

sobre cómo era el mundo cuando ella estaba en él,

porque el que vino después, no vale la pena.

 

Eco

 Hoy, he escuchado nuevamente tus ligeros,

sin materia,

un eco lejano, apenas audible,

la remembranza misma de los que no están.

Hazme el favor de no andar reverberándote en las esquinas,

la muerte nos mira con un solo ojo,

la noche se oscurece a discreción,

la resonancia lábil del que no quiere partir,

es cosa de otros muertos.

Quizás, después de todo,

el sonido que encuentra su rechazo en el muro de concreto

sea yo,

y me cuelo por los espacios mal terminados,

que de esos tengo tantos, tantos,

que en la suma de mis partes,

y en el orden final,

no alcanzo a distinguir lo que resulta,

porque aún no aprendo a ser lo que soy.

Hazme el favor de no andar reverberándote en las esquinas,

mi memoria nunca ha sido frágil,

el pasado existe porque lo recuerdo,

a cada segundo que pasa,

me desprendo de un cadáver de mi misma,

cada uno más descompuesto que el anterior,

la vida es una batalla constante contra la putrefacción,

pero a todos se nos acaban

los cuerpos que vamos diseminando por ahí,

y el último que queda, se entierra.