Lloró y algo se le impregno en la garganta. Fue un lloriqueo minúsculo, incoloro, indoloro, inorgánico, improductivo. Fue, pero casi nada. Hizo una pequeña fuerza, pujo para que «algo más» saliera de la remota oscuridad de sus cuatrocientas puertas mal cerradas. Digo cuatrocientas, pero podría ser un número indefinido, un dígito que solo un mesías especulador podría conocer a la perfección; es solo una referencia de todos los pasillos laberínticos de su basta, efímera y elocuente existencia (Pero nada más salió).

Estaba cociendo un mísero cierre. Ella nunca antes en su vida había cocido uno, aunque su oficio se relacionaba en grandes proporciones al asunto, por razones totalmente desconocidas, este era el primer despliegue entre una aguja enhebrada, los dientes erráticos y sus manos moldeadoras.

Primer puntada: Autoexistente cohesión. Inesperado sucumbir del alma. Algo hizo ruido, un ruido de trueno. En realidad no tenía tantos motivos para llorar… Solo existir y respirar, el aire entrando en su diafragma y la poca comprensión y consciencia sobre ello, solo una ignorancia perpetua, carnal y putrefacta; solo las olas que aquel día no pudo sentir, solo la desconexión entre el yo verdadero y el súper yo, solo una tristeza antipatriarcal, solo una búsqueda inquietante dentro de si misma, solo un conocimiento primitivo que no permitía ya más que los velos del ego le segaran la vista.

Hilada en zigzag: Está quedando desparejo le hablo la voz interna, está quedando real le respondió el espíritu. El arte es ‘retener el instante’ absorber el contenido más interno, el mas profundo y sutil contacto invisible entre los mundos proyectados, ¡Pero bah! Ya no quiero cocer el puto cierre (Otra vez la voz interna).

Vuelta del revés: Le parecía demasiado humano este detalle necesario ¡Hazlo y ya! Lo mismo que pelar papas (Lo mismo cocer un cierre). Pero a ella le resultaba complicado lo corriente y diurno, ella tenía mente para habitar otros submundos, la terrenalidad tanto le costaba, que admiraba a cualquiera que allí viviera feliz «en el mismísimo volcán de lava hirviendo».

Final del trabajo: El ambiente había motivado claramente a la discordia. Estaba sentada bajo un árbol de naranjas, tenía el sabor de la fruta fértil, redonda y de textura ligera. El sol asomaba en discusión con las nubes, también colgaban plátanos verdes y sobresalían matas de arracacha y de café. Era la extranjera mas afortunada, la ilegal migratoria mejor camuflada ¡Tener en la vista el sabor libertario! Pero la angustia estaba allí… En perfecto equilibrio con lo bendito.

La aguja giró, ya no se pensaba en nada más que en fluir sin reproches, más que en actuar por el mecanismo, más que en el alma que se bifurca del cuerpo. El cuerpo tejía… su psiquis se entrefiltraba, juntos estaban por dar la puntada inmaculada, el broche del insignificante episodio. Y sus mejillas incubaron una maternidad hacía las lagrimitas desposeídas, tan con sabor a nada, tan que parecían no estar, tan parecidas a ella, tan similares al mundo.

Inmóviles las naranjas que no supieron consolar, tan presumidas de su fuerza inalterable, tan envidiable su ácido dulzor.

 

 

Escrito por Brenda Ananquel Anaya

Brenda Ananquel Anaya, nació en Buenos Aires en 1991. Actualmente viaja por Latinoamérica, redactando sus experiencias.