Un sueño que parte de la idea de que los seres humanos sólo podemos aprender de otros seres humanos. Y que tenemos por eso una deuda moral con quienes nos han precedido, especialmente las mujeres con las mujeres.

Pilar Bellver

Mientras

Minuto 14. Yo fregando los platos.
Hilario no vuelve. Beatriz está en su cuarto.
Borro las huellas de tomate reseco
y pienso en la sangre que hasta hoy se ha derramado.
Escucho un murmullo a otro lado del pasillo.
Otro en la calle, como un eco.
La reunión del AMPA era a las seis, pero se habrá alargado.
Padre en la salita con el transistor, se hace el sordo
pero seguro que algo ha escuchado.
Beatriz, no responde. ¡Beatriz! De nuevo la llamo.

Minuto 37. Pongo en remojo la colada.
De un tiempo a esta parte, venimos lavando a mano.
Hilario no vuelve. Enjuago una blusa en el agua.
Se habrá entretenido con otras madres y padres en el bar, tomando algo.
Un minuto después se escuchan gritos en el barrio.
¿Será que ya ha comenzado?
¿Que el pueblo ha tomado conciencia de que ha llegado el colapso?
Mi padre tose, la tortilla francesa se le ha atragantado.
¿Tendrá miedo? ¿Lo tengo yo? ¿Sabe a lo que nos enfrentamos?
La calle de nuevo guarda silencio,
como el que precede a un llanto.
Padre, que nos cedió la tierra y nos instruyó en el arado.
¿Cuánta tierra necesita para vivir
un ser humano?

Minuto 44. ¡Gloria! Me llama.
Ha intentado recoger, pero se le ha caído el plato.
Hay que ver, papá. Llámame.
Si te he llamado…
Entonces aparece Bea y nos mira de soslayo.
¿Estás segura, hija mía?
Mamá, me abraza, pues claro.
Ahora no vas a rendirte después de todo, después de tanto.
No, hija, no. Si ya lo sé,
pero es que tu padre aún no ha regresado.
Aúllan fuera, como bestias,
como ilusos espartanos.
Beatriz abraza a su abuelo y le desea buen descanso.

Minuto 57. Suena la puerta. ¿Será Hilario?
No. Son chavales jaleando, con sus voces aún agudas
y sus desproporcionados brazos, blancos, blancos,
con los puños alzados y palabras rudas
entre sus dientes y sus labios.
Yo alimento la masa madre
por agarrarme a algo,
harina y agua templada.
Suenan y media, se me hace largo.

Minuto 80. Otro estruendo.
¿Estarán listas? ¿No se habrán precipitado?
Tantos años clandestinas,
tanta asamblea, tanto trabajo,
tanto miedo, tanto, tanto
poderío en nuestras redes,
nuestras armas, nuestras manos.
Padre pide un vaso de agua
y pregunta por Hilario.

Minuto 90+1. Suena rotundo el silbato.
Bulle la calle. Hay bengalas,
cánticos, pitos, petardos.
Parece que anuncian la guerra.
Unos pasos, es Hilario.
Menudo susto me has dado.
Y, mientras en tantas calles
se insulta al equipo contrario,
ebrios de adrenalina,
ciegos de victoria como
si ellos mismos hubieran ganado;
Mientras la gran masa eufórica canta
como ganado alienado, bestiario automedicado;
una red silenciosa,
un rizoma, un entramado
de personas se aprovechan
para armar La Revolución, para tomar lo que no les fue dado.

“ Mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban”,
dijimos. Digamos:
“Mientras rendían culto al fútbol -mientras veían la final de la Champions-,
nosotras nos rebelamos”

Claudicar

Hay días. No. Hoy.
Sólo me identifico con el verbo claudicar.
De mujer, madre, amiga, compañera, feminista, trabajadora, sobria, serena, estable, fértil, eficaz.
Rendirme, soñar con abandonar.
Ser una adolescente vieja
que duerme en el fondo de un río
que arroya con su caudal.

Rodar como un canto
desafinado, desafilado, hueco, impar.
Dejar de sostener y no querer ser sostenida.
Tocar el fin, el vacío, la caída.
Callar. No ser. Decir:
No eres lo bastante nada para ser amada.
¿Qué más da? ¿Qué más doy? Me doy de sí.
Dejar de poner palabras. No seguir hablando mí.

Callar, caer.
Parar este onanismo de espejos rotos,
esta falacia creada otra vez.
Otra vez, distinta, pero otra vez mentira.
Para.
Para qué. Agnóstica en crisis de fe.
Vamos, venga, júzgate:
histérica, egocéntrica, complaciente, prepotente, violenta, siempre atenta.
Atenta contra mí.
A quién le importa -mi vida, mi palabra-.
Si no sabemos ni quién soy.
Si soy menos o estoy de más
en el baile sobre mis tumbas.

Soltar. Saltar. Insultar.
No servir, a-penas, servir de sierva.
Saber a plástico interrumpido, a papel arrugado, a pared.
Guardar en los bolsillos toda la basura recogida a lo largo de las tardes -siempre es tarde- y lanzarla contra el espejo.
¿Quién quiso ser la más del reino?
Recoger los pedazos y tejer un pasamontañas que muestre en la frente un bordado,
soy una víctima, un disfraz reciclado.
Y apesto, sabed, huid, no queráis oír el resto.
Tampoco soy esto.
Así que podéis juzgarlo con baremo cruel y honesto.
Ya me fui, me perdí.

I was I was I was
I have never been

 

Las hermanas Marx

A mis tías

Frotas el ajo en el pan
aderezando tu aliento,
que habla de todo
y de la muerte.

Caderas anchas y risa fuerte,
como la que sobreviene al orgasmo.
Como la que es tu canto
de hermana
roja
y vieja.

Tejiendo una red imperfecta que camina con juanetes
largas distancias que se abarcan con un abrazo.
Huele el descansillo a huevos rellenos, receta de bruja
escrita en francés y autopublicada.

Guisarse los sueños permite comérselos con vino al sol del verde
paisaje inventado.
Rocío sobre las malas hierbas.
Soy de donde quiero, así me visto
y no me acuerdo
de peinarme los cabellos.

En una reunión de jauja, nos destripamos todas,
una a una,
escuchando y sosteniendo.
Anda, jaleo, jaleo.
Aquí estamos, seguimos siendo nosotras,
no las otras.

Una es Groucho, de repente,
otra una abuela, que guarda en una libreta
instrucciones para hacerse vieja.

Viudas, solteras, divorciadas,
nos apuntamos a un bombardeo
de chistes y desperfectos:
tartamudeo de niña de parche y gafas
que se sabe una pirata.
Que grita: ¡Al abordaje!
Que baila Juanita Banana.

Brindamos con nuestras barrigas
y nos animamos al vicio
de contar historias con gracia.

Sin piedad
nos apretujamos el amor en los hoyuelos
hasta que estalle,
que atraviese muros de hormigón
y se enraíce en las piernas del o de la
amante,
que nos quiere como somos.

Y si no, ancha es la playa
la vida,
la mujer que soy
y la que me acompaña.

Escrito por Lucía Marín

Lucía Marín brotó en Granada en 1985, creció en Madrid y ahora da frutos en un pequeño pueblo de La Vera (Cáceres, España). Escribe palabras desde 1989 aunque prefiere, por el momento, evitar definirse como escritora: le aprietan las etiquetas. Ha publicado "No somos flores", 2017 (Ed Nazarí).