Durante siglos, el trabajo intelectual y literario había sido sólo trabajo de hombres. Basta recordar las frases de algunos afamados filósofos y literatos para referirse a la mujer: “Las mujeres son de cabellos largos e ideas cortas” (Schopenhauer), o en literatura: “Falo el pensar y vulva la palabra” (Octavio Paz).

La presencia de la mujer se había silenciado, o cosificado como un complemento inferior, en un segundo plano respecto al hombre. Frente al carácter racional y discursivo del hombre, la mujer es lo otro, la sombra. Aquello que tiene que trabajar el doble para sobresalir.

Simone de Beauvoir, en El segundo sexo, sostiene que la mujer es una construcción social, no un ser en sí. Para llegar a ser “una mujer” hay que trabajar para serlo, hay que encajar en el imaginario construido socialmente. La mujer siempre tiene que definirse como algo para poder existir: Ser madre, esposa, hija, hermana. Una mujer debe ser educada para llegar a ser, mientras que el hombre por definición es.

Poco se habla de las escritoras en México. En las aulas de enseñanza las primeras obras que se muestran a los jóvenes lectores son de escritores o poetas pero, en el abanico de posibilidades, no se vislumbra casi ningún nombre femenino.

Al preguntar en las aulas por las escritoras, el alumnado sólo atina a decir tres nombres: Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos y, a veces, Elena Garro. La tradición femenina es más amplia pero la difusión es poca.

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Óleo de Henri Kaau

Conforme han pasado los años, el nombre de más poetas y escritoras se ha hecho presente en la tradición literaria mexicana pero hay una barrera: el machismo que permea aún entre los intelectuales, la misoginia en donde todo lo hecho por mujer, pasa a un segundo plano.

Desde el 2014, se dieron varios fenómenos en torno a la escritura hecha por mujeres. Durante el Primer Coloquio Internacional de Literatura Fantástica, en homenaje a Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco, la polémica en torno a este evento no se hizo esperar.

Todos los exponentes eran hombres y jamás se tomó en cuenta a alguna especialista en el género, o en la obra de alguno de los escritores ya mencionados.

Tampoco se tomó en cuenta la obra de escritoras mexicanas que se distinguieron en el ámbito fantástico como Ámparo Dávila o Elena Garro. Los organizadores mencionaron que Fuentes y Pacheco nos enseñaron que es un género mayor (lo fantástico,el horror, la ciencia ficción), cuando es tratado por “grandes plumas”  y que, en ese coloquio, no hubo escritoras invitadas (según lo argumentado), “porque se les vino el tiempo encima” .

A la par, en las redes sociales dio mucho de qué hablar el editor Chus Visor con las declaraciones hechas al periódico español El cultural, en donde mencionó en entrevista: “lo siento, pero creo que la poesía femenina en España no está a la altura de la otra, de la masculina, digamos, aunque tampoco es cosa de diferenciar. Desde luego, si vas a coger a las poetas desde el 98 para acá, es decir, todo el siglo XX, no ves ninguna gran poeta, ninguna.”

Esto hace reflexionar sobre el panorama literario en México, las voces femeninas y el punto de vista de hombres y mujeres comprometidos con la literatura, su difusión y la creación de la misma.

Por ello se realizó una entrevista a las poetas y gestoras culturales Sara Uribe, Maricela Guerrero; al narrador Julián Herbert y a Rodrigo Castillo, ex editor del Fondo Editorial Tierra Adentro. Cada artista nos da su opinión acerca del trabajo literario hecho por mujeres mexicanas.

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Henri Kaau

¿Crees que hay alguna diferencia entre la literatura hecha por hombres y la hecha por mujeres en México?

Rodrigo Castillo:  Como editor respondo que el trabajo firmado por mujeres es cada día más visible si pensamos en las pocas oportunidades que el siglo XX deparó para con su trabajo.

Como poeta pienso mucho en Carmen Ollé y su maravilloso libro “Noches de adrenalia”, leyéndolo me traslado a aquellos años de entrecruces de lo político, lo sexual-carnal, lo amoroso, lo no-permitido para una mujer y que se enuncia desde la poesía. No hay tal lugar, no hay tal diferencia

Sara Uribe: Toda escritura se produce desde un cuerpo, desde un paisaje o escenario: desde un contexto. La literatura hecha por hombres mestizos que viven en una zona urbana, del interior o del centro del país, es distinta de la escritura que realizan los hombres indígenas en que habitan una comunidad rural y escriben en lenguas originarias.

Esta consideración aplica de igual manera para la literatura producida por las mujeres mexicanas de distintos entornos. Ahora bien, de manera sistémica el capitalismo y el heteropatriarcado han impuesto de manera hegemónica lo que Zizek llama violencia objetiva y que se refiere, por describirlo de manera general, a la precarización de la vida, es decir, a violentar los cuerpos de todas las maneras posibles para obtener una ganancia monetaria.

Este es el mundo en el que vivimos y nos afecta a todos, pero no por igual. Las mujeres del mundo y de México padecen las consecuencias de este modelo económico con embates más brutales. Esa necropolítica de la que habla Mbembe se traduce en nuestro país como la guerra calderonista y ahora peñanietista que cumple precisamente una década, se traduce en todos los muertos y desaparecidos, pero en el caso de las mujeres, se traduce particularmente en los feminicidios. Es decir, las mujeres escribimos en un territorio convulso y sanguinario en el que estamos expuestas a ser asesinadas por odio, por odio a lo que somos: mujeres.

Por supuesto que hay una diferencia entre la literatura hecha por hombres y la literatura hecha por mujeres en México. La hay desde el hecho de que la escribimos desde nuestra materialidad de mujeres, somos cuerpos vistos como vulnerables, expuestos, desechables, específicamente por ser de mujeres. Ahora bien, si esta violencia sistémica la identificamos en el medio literario podemos fácilmente rastrear cómo la escritura hecha por mujeres ha sido históricamente invisibilizada, desechada, relegada, sólo por el hecho de provenir de mujeres.

Canónicamente los escritores varones llegan a la literatura por derecho propio, las mujeres tenemos que pagar derecho de piso, ganarnos un lugar, validarnos. A la literatura hecha por mujeres en México le ha costado siglos, sí, siglos, conseguir los mínimos avances en equidad de los que disfrutamos en el presente las escritoras.

La literatura hecha por mujeres en México, hoy, en el presente, lucha a brazo partido por llegar hasta el lector, por ser leída sin prejuicios de género, por tener espacios equitativos donde ser publicada, difundida, analizada. Dado lo expuesto ¿cómo podrían ser igual la literatura de hombres y mujeres en México? Se escribe desde un territorio, desde ciertos privilegios o carencias, desde una palestra o sin un sitio para decir lo que se tiene que decir. Esto último, indudablemente afecta el aspecto formal de la escritura.

Una escritura que no tiene la mesa puesta y que, por el contrario, tiene que pelear para hacerse oír, para hacerse nombrar, tiene, desde luego, que buscar estructuras, estrategias, caminos alternativos desde el lenguaje para poder llegar hasta el lector.

Y es justo por eso que creo que en el presente las morras escritoras la están rompiendo, porque su escritura es también su manera de resistir, de sobrevivir, de declarar enfáticamente: no vamos a permitir más esta violencia sobre nosotras, sobre nuestros cuerpos y nuestras escrituras.

Julián Herbert: Sí, creo que existen diferencias profundas, históricas. No tan afincadas en la escritura en sí sino en el campo literario. La diferencia más obvia es que somos muchos más los escritores varones publicados, difundidos y premiados. Y, puesto que el currículum genera currículum, y puesto que persiste un alto grado de misoginia en el medio literario, las buenas escritoras tienen que esmerarse el triple que un escritor varón para poder destacar.

Si a esto le sumas que las opciones laborales de una escritora son igual o peor de injustas que sus opciones de promoción literaria, y que además muchas escritoras llevan a diario una carga doméstica equivalente a una jornada laboral, la situación se vuelve exponencialmente hostil para ellas (lo que, dicho sea de paso, en ocasiones las vuelve hostiles desde el discurso verbal frente a los batos que, sin estar de acuerdo con ellas, queremos dialogar: queremos entender lo que nos está pasando juntos).

Por supuesto que el sexismo es un fenómeno indeseable. Pero también es lo que es: una injusticia incrustada y secular. Diría que es como la metralla que se infiltró en el corazón de Iron Man, pero tal vez sea más plástico y preciso decir que para desmantelarlo habría que ser como Shihiro: aceptar que no tenemos el control de este mundo y que nuestros padre y madre se han convertido en unos cerdos. No lo digo como metáfora para que la entiendan las mujeres: lo digo como metáfora para que la entendamos los humanos.

Creo que las metonimias culturales de nuestro campo literario vienen de una inercia histórica que las nuevas generaciones de escritores y escritoras hemos intentado frenar pero que aún nos pesan en la vida cotidiana. Metonimias cuyas fuentes no siempre son fáciles de identificar (hablo desde el punto de vista de un hombre al que le importa el tema pero que no es feminista), y que no van a desaparecer por arte de magia: se necesitará de años de debate social y estético, de preferencia público. Yo he tenido muchas veces prejuicios sexistas a la hora de leer.

No me avergüenza confesarlo: me avergüenza en todo caso haberlos tenido. Creo que muchos de los prejuicios masculinos acerca del universo femenino, y en particular los que le atañen al arte, provienen más de una vasta laguna en nuestra educación estética que de una naturaleza autoritaria. Creo haber cambiado poco a poco de actitud frente al tema, sobre todo en el transcurso de la última década, y una de las estrategias que más han influido en mí ha sido la discusión, privada y pública, con mis colegas escritoras: una escritora que se sienta y discute contigo (desde un plano intelectual, desde un plano emotivo, pero sobre todo en plan de compas) es mucho más interesante que una escritora que te insulta y se larga azotando la puerta.

No soy feminista; me conformaría con no ser misógino. Creo en la apertura igualitaria de foros y de proyectos editoriales pero sigo sin creer, por ejemplo, en las cuotas de género cuando se trata de otorgar premios y distinciones a la trayectoria, compilar antologías o establecer un supuesto (y a estas alturas ilusorio) canon de las voces dominantes de la literatura contemporánea.

Que Tierra Adentro publicara igual número de óperas primas escritas por hombres y mujeres y las distribuyera igualitariamente entre el público me parecería interesante, pero pensar que a la fuerza una selección de los 100 mejores poemas del año escritos en México deba incluir las voces de 50 hombres y 50 mujeres me parece un despropósito.

Creo que deberíamos tener igualdad de oportunidades por principio, pero eso no significa que todos arribaremos al mismo punto; esa solución ante la desigualdad me resulta vagamente estalinista. La literatura no es un sindicato. Dicho de otro modo: a mí no me pesa que una antología incluya más mujeres que hombres (como es el caso de una preciosa selección de poesía brasileña publicada hace unos años por El Billar de Lucrecia) si todos los seleccionados son poetas de primer nivel.

Por otra parte, sí considero deseable que haya más escritoras de primer nivel tomando decisiones: deploro que la más reciente comisión de seleccionadores del Sistema Nacional de Creadores de Arte para el área de literatura no haya contado a una sola mujer entre sus filas.

Creo que estamos atravesando, en la lengua española, un momento súper interesante en el ámbito de la literatura escrita por mujeres. Hay espléndidos registros y una gran pluralidad de voces.

Hay escritoras divertidísimas, apasionadas, cultas, inteligentes, novedosas, sensibles. También creo que el planeta está saturado de malos escritores, hombres y mujeres, y que valorar la literatura escrita por mujeres no significa que no haya escritoras cursis, solemnes, sin ingenio o carentes de sentimiento del lenguaje. Pero eso no se debe a que sean mujeres. Se debe al hecho de que ser escritor o escritora es un oficio difícil.

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Henri Kaau

¿Crees que existe realmente la definición de literatura femenina, o es sólo una etiqueta?

Sara Uribe: Existe literatura producida por mujeres, y es un hecho, como ya he apuntado, que está enmarcada en unas circunstancias y características muy propias. Se puede hablar de eso, describirlo y analizarlo como fenómeno social y estético, pero personalmente no apostaría por una definición ni por una etiqueta.

Somos personas escribiendo: hombres, mujeres, mestizos, indígenas, gays, lesbianas, bisexuales, travestis, transexuales, transgénero, intersexuales.

Somos personas escribiendo literatura y nuestra producción es eso: literatura escrita por personas diversas en orígenes, ámbitos, historias, presentes. Y justamente una de las cosas que la literatura nos regala es esa posibilidad de ser otros a través de la escritura de los otros, de su otredad.

Julián Herbert: Yo no creo que haya tal cosa como una “literatura femenina” en el sentido en el que existe una “literatura policíaca”, por ejemplo: no es un subgénero. Creo que existe una “literatura escrita por mujeres”, y que en términos paratextuales es un ámbito interesante desde el punto de vista del análisis cultural.

Aunque siempre han existido grandes escritoras, su carácter de minoría dentro de las lecturas canónicas hace que la literatura escrita por mujeres tenga en la actualidad un carácter emergente debido a su masificación, tanto por su posición dominante dentro de lo que suele llamarse “literatura culta” como por su gran éxito en el mainstream, para bien y para mal (la diferencia me parece obvia: Selva Almada es una estilista excepcional, una voz sólida de la literatura en lengua española, aunque pocos la conozcan; J. K. Rowling es una escritora seria, una verdadera artista pop que vende millones de libros sin demeritar su arte; E. L. James, en cambio, es un vulgar producto de mercado).

Creo que la etiqueta “literatura femenina” es un fenómeno más interesante en términos sociológicos que literarios, aunque participa de estos últimos porque todas las disciplinas están conectadas y, sobre todo, porque su impacto en el mercado, en la cultura “normalizada” y en la academia nos ha permitido acceder a un montón de obras literarias de gran calidad escritas por mujeres, libros que de seguro no hubieran cobrado la relevancia que merecen sin este tipo de discusiones en la tribuna pública.

Ese es el principal punto de inflexión en el que mis opiniones literarias han cambiado durante la última década: antes creía que cualquier escritora talentosa iba a lograr proyectarse por sí sola. Ahora sé que necesita, además, amigos: lectores aliados y cómplices. Y si son batos, mejor.

Maricela Guerrero: Pues hay que deconstruir los términos, lo femenino se ha relacionado con algo menor que requiere una paternidad como si tuviera menor valía; aunque el término que utilizan Deleuze y Guattari para hablar de la escritura de Kafka como Literatura menor es muy generoso en ese sentido, las literaturas menores son las que escriben las minorías que se hacen su madriguera en el seno de literaturas competitivas y agresivas muy mayores muy patriarcales muy jerárquicas; ante eso las literaturas menores de minorías de todo tipo de género, raza, clase, condición social oponen otra organicidad en su estructura y establecen otras relaciones a partir de la diversidad, la colaboración, lo solidario que nos muestra un aprecio distinto de la realidad.

Rodrigo Castillo: Se puede abordar en estudios desde su temática, donde me parece hay algunos elementos que aún no se desdibujan. Esos tópicos suelen ser los lugares comunes desde donde se piensa lo subjetivo de la observación de sí mismas y las escrituras relacionadas con el cuerpo y la sexualidad.

Y no sólo se trata de decir desde lo académico qué sí y qué no, qué condiciones presuponen un campo de lo femenino digno a estudiase, trazado desde la escritura misma que “sale del puño/teclado de una mujer”.

A la literatura poco le importan estos estudios y más aún, nada le importa si es literatura masculina o femenina. Hay literatura.

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Henri Kaau

¿Quiénes son para ti, las mujeres más representativas de la literatura contemporánea en México?

Sara Uribe: Me hace un poco de ruido la palabra “representativo”. ¿Representativo para quién o en qué sentido? No me siento cómoda hablando en términos de representatividad porque si se trata de canon, éste está signado por toda la violencia sistémica capitalista y heteropatriarcal de la que ya hablamos antes.

En la mayoría de los casos quienes deciden qué es lo que representa a la literatura mexicana dentro o fuera del país utilizan aún criterios de territorio centralistas, de género machistas y por supuesto dejan las más de las veces la escritura en lenguas originarias fuera del mapa.

Prefiero hablar de las escritoras que vislumbro, desde mi precaria referencialidad, como productoras de literatura cuya lectura es importante y en algunos casos urgente (tomando como criterio temporal de contemporaneidad a partir de la mitad del siglo pasado): Cristina Rivera Garza, Celerina Sánchez, Irma Pineda, Natalia Toledo, Verónica Gerber, Daniela Tarazona, Daniela Bojórquez, Mónica Nepote, Amaranta Caballero, Maricela Guerrero, Xitlalitl Rodríguez Mendoza, Paula Abramo, Carla Faesler, Liliana V. Blum, Sayak Valencia, Tedi López Mills, Pura López Colomé, Ana García Bergua, Raquel Castro, Alicia García Bergua, Sylvia Pratt, Lucia Rivadeneyra, Daniela Rea, Sandra Lorenzano, Minerva Reynosa, Yolanda Segura, Xel-Ha López, Martha Mega, Rocío Cerón, Coral Bracho, Marina Azahua, Ingrid Solana, Karen Villeda, Ana Franco Ortuño, Claudina Domingo, Bárbara Colio, Silvia Aguilar Zéleny, Karla Marrufo, Tania Favela, Paulette Jonguitud, Juana Adcock, Dolores Dorantes, Atenea Cruz, Aniela Rodríguez, Mariana Oliver, Tania Carrera, Karen Plata, Rosario Loperena, Isabel Zapata, Leonarda Rivera, Esther M. García, Úrsula Fuentesberain, Vanesa Téllez, Gabriela Torres, Verónica Bujeiro, Iris García, Liliana Pedroza, Itzel Guevara, Magali Velasco, Ximena Escalante, Eva Castañeda, Verónica Murguía, Rosa Beltrán, Sidharta Ochoa, Socorro Venegas, Guadalupe Nettel, Aleida Belem Salazar, Clyo Mendoza, Yohana Jaramillo, Paola Llamas Dinero, Daniela Camacho, Nadia Escalante, Nadia Villafuerte, Rubí Tsanda Huerta, Nidia Cuan, Verónica G. Arredondo, Lorena Huitrón, Mariana Orantes, Ana Clara Muro, Yasnaya Elena, Amelia Suárez, Arely Jiménez, Malva Flores, Nora Coss, Lilian López Camberos, Vivian Abenshushan, Christiane Burkhard, Ingrid Valencia, Yamilet Fajardo, Buba Alarcón, Yelitza Ruiz, Mireia Anieva, Elvia Ardalani, Diana Garza Islas, Tania Barberán Soler, Gloria Gómez, Patricia Laurent Kullick, Adriana Díaz Enciso, Fernanda Melchor, Criseida Santos, Aura Xilonen, entre otras tantas más.

Julián Herbert: Uf, son un montón:Tedi López Mills, Cristina Rivera Garza, Myriam Moscona, Gloria Gómez, Vivian Abenshushan, Carla Faesler, Maricela Guerrero, Verónica Gerber, Valeria Luiselli, Mónica de la Torre… por lo menos.

Pura López Colomé es una de las grandes traductoras que hay en lengua española. Hay escritoras a las que he leído menos pero lo poco que vi me interesó: Paloma Villegas, Sabina Berman, Verónica Murguía, Nadia Villafuerte.

Hay escritoras con las que tengo profundos desacuerdos estéticos y una amistad de vez en cuando peleonera pero cuya obra considero sólida: Patricia Laurent Kullick, María Rivera, Rocío Cerón, Ofelia Pérez Sepúlveda, Mónica Nepote.

Y hay escritoras jóvenes cuya obra aún no se consolida pero que están escribiendo cosas bien chidas y que la mera neta son a las que leo con mayor atención: Laia Jufresa, Paula Abramo, Criseida Santos Guevara, Karen Villeda, Minerva Reynosa, Brenda Lozano, Elma Correa y una novelista de 19 años a la que acabo de descubrir: Aura Xilonen; su novela –que por supuesto ganó el certamen– nos voló la cabeza.

La verdad es que tu pregunta conlleva una contradicción, una pequeña trampa: se supone que las literaturas emergentes pretenden abolir la noción de canon, pero si me preguntas por una lista inevitablemente sonará a una suerte de visión canónica, lo cual está muy lejos de mi intención.

Hay escritoras a las que no menciono aquí porque no me gusta lo que hacen. Hay otras que me gustan un montón pero olvidé mencionarlas porque estoy respondiendo de botepronto. Y hay otras a las que no conozco: tampoco es que yo lea demasiada literatura mexicana.

Rodrigo Castillo: Mi arco se construye a partir de un corpus de obra, me parece lo más sensato, aunque la sensatez en la literatura vale un comino. Si entiendo bien la pregunta y respondo irresponsablemente parto de aquellas escrituras en las que encuentro un trabajo experimental con el lenguaje y una fuerte carga emocional.

El lenguaje como el único lugar posible. El no lugar, quizás, en el que encuentro variaciones de mis propios días, esa suerte de espejo que todos aborrecemos, y ese juego impúdico-seductor con la memoria.

Me gusta la literatura que arriesga, que no es plana ni lineal, que no es sencilla. Lo sencillo, si está bien hecho, puede resultar estimulante pero necesito más complejidad, digamos que a pesar de pedir cargas emocionales sustanciosas, lo cerebral asume un peso importante en mi balanza.

Laura Solórzano, Myriam Moscona, Silvia Eugenia Castillero, Pura López Colomé, Coral Bracho, Tedi López Mills, Natalia Toldeo, Mónica de la Torre, Briceida Cuevas Cob, Cristina Rivera Garza, Malva Flores, Carla Faesler, Claudia Luna y Mercedes Luna Fuentes, María Rivera, Mónica Nepote, Ofelia Pérez Sepúlveda, Dolores Dorantes, Rocío Cerón, Maricela Guerrero, Amaranta Caballero, Minerva Reynosa, Gabriela Jáuregui, Reneé Acosat, Sara Uribe, Paula Abramo, Carmen Ávila, Claudina Domingo, Xitlalitl Rodríguez, Avril Blanco, Karen Villeda, Atenea Cruz, Karen Plata y Tania Carrera.

(Me detengo en las poetas nacidas en 1985. De 1986 en adelante apenas comienza a tejerse una generación distinta sin ese corpus del que hablo líneas arriba.) Me gustaría escribir en esta respuesta brevísimos ensayos sobre la poesía de cada una de ellas, pero no es el punto.

En narrativa y ensayo están Josefina Vicens, Esther Seligson,  Ximena Sámchez Echenique, Socorro Venegas, Magaly Velasco, Sylvia Aguilar Zéleny, Verónica Gerber, Vivian Abenshushan, Valeria Luiselli, Cristina Rascón, Verónica Bujeiro, Orfa Alarcón, Criseida Santos, Itzel Guevara, Iris García Cuevas, Gabriela Torres Olivares, Mariel Iribe, Fernanda Melchor, Elisa Corona Aguilar, Liliana Pedroza, Liliana V. Blum, Ave Barrera, Brenda Lozano, Nadia Villafuerte, Laia Jufresa, Daniela Bohórquez, Paulette Jongitud, Fernanda del Monte en teatro, y un larguísimo etctétera virtuoso. Tengo perfectamente bien mapeada a los creadores en el país, a todas ellas las he leído con diferentes efectos sobre mí.

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Henri Kaau

En 1971 la historiadora americana Linda Nochlin hizo la gran pregunta incómoda: “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?

En entrevista la artista Tracey Emin, volvió a formularla diciendo: “¿Hay alguna mujer artista equiparable a Picasso o Van Gogh?”. ¡Sí!, Louise Bourgeois. Conozco grandes artistas con hijos. Son hombres. Sinceramente, creo que en cualquier carrera creativa la maternidad es imposible. No digo que no haya buenas artistas o escritoras que sean madres. Lo que digo es que es muy difícil concentrarse en este tipo de trabajo si tienes que estar pendiente de los niños. Es algo que cambiará con los años, cuando el papel del hombre en la sociedad cambie”.

A raíz de esto, ¿hay grandes poetas, y escritoras, actualmente?

Sara Uribe: Tomaré esto como una pregunta retórica. Históricamente y en el presente, siempre ha habido grandes poetas y escritoras en México. En el presente, insisto, son las escritoras las que están a la vanguardia en la experimentación y transgresión con y en el lenguaje.

El problema es justo su invisibilización a través de y por las causas ya descritas con anterioridad. Así que la pregunta que yo me hago a mí misma es ¿con qué mecanismos y a través de qué estrategias hacemos hoy día visibles a estas escritoras?

Julián Herbert:  ¿En el mundo?… Por supuesto. Bastaría con que las obras de Anne Carson, Joyce Carol Oates y Alice Munro sobrevivieran a un cataclismo para re-fundar la literatura contemporánea de Occidente.

Pero existen muchas más. No solo eso: existe, creo, una procura por recuperar críticamente grandes voces literarias. Por ejemplo la de Gabriela Mistral, una poeta superior en –pongo por caso- Desolación, libro que hace un año reeditó hermosamente la UDP. Mistral es –y esto ha venido precisándolo la buena crítica literaria– el centro de gravedad de la tradición poética chilena tal y como estamos leyéndola hoy; Gabriela y no Neruda.

Creo que Clarice Lispector ha tenido también un revival fenomenal.  En España hay un par de poetas –Olvido García Valdés y Chantal Maillard– cuya obra disfruto; digo esto para contradecir a Chus García Visor, a quien tú citas, y que a mi juicio es uno de los editores de poesía más conformistas de la lengua española: su apuesta poética –de Luis García Montero a Mario Bojórquez y Alí Calderón– me aburre infinitamente.

Rodrigo Castillo: Creo que no nombré a Woolf, Pizarnik, Lispector, Y creo que no redacté los apellidos de Mistral, Storni , Matute, Guerriero…

Cerremos con un poema de Maricela Guerrero:

Verano del 98 mon amour

Un pasaporte

Dos calzones tres camisas dos corpiños

El mismo pantalón y las botas con flores despintadas

Suficiente:

Para ir contigo al paraíso

Para bajar por ti al infierno

Para que en mi casa no me bajaran de puta

Y para vestirme contigo desvestirme en cuartos de hotel

 

Suficiente, sobre todo,

Para volver a la ciudad

Con la cola y el pasaporte

Entre las patas

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Henri Kaau

¿Crees que a las escritoras y poetas se les da el mismo reconocimiento y difusión?

Sara Uribe: Supongo que el cuestionamiento aquí es si hay equidad de género en el reconocimiento y difusión de la labor literaria. La respuesta es, me parece, obvia por manifiesta: no la hay.

Dado el contexto plantado desde la primera pregunta de esta entrevista, respecto al tema de la difusión lo que puede hacerse es ejemplificar cómo los sitios para mostrar la obra literaria la mayoría de las veces son distribuidos inequitativamente. Lo anterior podemos verlo en los paneles, presentaciones, mesas, coloquios, festivales, antologías y encuentros literarios donde prevalece, por mucho, la presencia masculina.

No es raro encontrar antologías con 19 hombres y 1 mujer. No es inusual tampoco que esas mismas proporciones se repitan en todas las demás actividades mencionadas. Esta tendencia de la ocupación mayoritaria de los espacios para la promoción y el encuentro del quehacer literario de los escritores con los lectores, se repite también en las oportunidades de ser publicado y de asumir posiciones de poder en el ejercicio de la gestión cultural, y aquí me refiero específicamente a los porcentajes de escritoras que acceden a ser jurados de los concursos literarios o a ser dictaminadoras de editoriales y publicaciones tanto en el sector privado como en el público.

En cuanto al reconocimiento, sobra decir que es un asunto paralelo, si la mayoría de los poetas que tienen en sus manos la posibilidad de, de alguna suerte, dictar el canon, a través de tener la potestad de ser quienes sancionen la poesía, la narrativa, el ensayo y la dramaturgia en México son hombres, eso habla de a quién se le está rindiendo reconocimiento y a quién no.

Maricela Guerrero: Pues eso de la difusión es muy muy relativo, poco a poco las escritoras son más leídas debido a que la crítica y la academia abren esos espacios; pero como lo muestran los índices y los consejos editoriales de revistas literarias la difusión de la obra escrita por mujeres o con personajes femeninos es menos visible y mucho menos premiada que la escrita por varones.

Julián Herbert: No. Definitivamente no. El espectro, como señalé al principio, sigue siendo muy injusto. Pero no sería horrible ni misógino ni claudicante reconocer que, al menos en ciertos foros y desde algunas voces, las cosas han cambiado de manera acelerada y en muy poquito tiempo.

Sí creo que algunos hombres de mi generación hemos sido más receptivos al tema, hemos estado dispuestos no diría que a militar: a modificar nuestra postura respecto de las obras literarias escritas por mujeres. Hemos aprendido algo que quizá nos enseñó la mentalidad femenina, o no sé si la edad: ser flexibles, volver a leer y cambiar de opinión.

Yo, por ejemplo, si hiciera hoy esa vieja antología que se llama El decir y el vértigo, incluiría sin dudarlo a Carla Faesler, como propuso en su momento Rocío Cerón. Me equivoqué: Anábasis maqueta es un librazo. También ponderaría más El camino de Santiago de Patricia Laurent Kullick, por ejemplo.

Creo que mi cambio de opinión se debe, en parte, a cuestiones sociológicas. Pero sobre todo a cuestiones literarias: al abrirse más espacios, han aparecido muchas más escritoras de calidad. En los últimos años, decenas de escritoras latinoamericanas (no tantas mexicanas como quisiera, debo confesarlo) han publicado libros que envidio.

Quizás esto se debe en parte a las dificultades que han afrontado: las dificultades hacen que los escritores y escritoras de talento se crezcan al castigo. El caso es que para un wey como yo, que intenta leer –por vicio escolar, si quieres- de manera estructurada, las piezas de la literatura hispanoamericana escrita por mujeres son ahora mucho más claras que en 2005.

Por otra parte, la reflexión en torno al valor estético de estas obras y su relación directa con el campo literario sigue pareciéndome ambigua: ahí afuera hay 400 poetas y escritoras de tercera fila que piensan que, por el hecho de ser mujeres, el mundo se las debe.

No estoy seguro de que las cosas tengan que ser así, y en eso creo que falta una crítica intergeneracional y contemporizadora: algunas de mis escritoras mexicanas favoritas (pienso en Gloria Gómez o en Criseida Santos Guevara) carecen de puntos Soriana frente al campo literario, y en cambio autoras como Susana Iglesias o Gabriela Aguirre Sánchez (a quienes considero sobrevaloradas) han hecho del discurso emergente un nicho fácil de explotar.

¿Cuál es la lectura pragmática que las escritoras mexicanas están haciendo de la literatura mexicana escrita por mujeres, más allá de la simplificación ideológica/sociológica del tema, y qué tanto están dispuestas a confrontarse públicamente entre sí, con nombres y apellidos y títulos de libros?

Julián Herbert habló del valor estético de las obras hechas por mujeres y la falta de crítica intergeneracional y contemporizadora, por lo cual, ha lanzado este cuestionamiento: ¿Cuál es la lectura pragmática que las escritoras mexicanas están haciendo de la literatura mexicana escrita por mujeres, más allá de la simplificación ideológica/sociológica del tema, y qué tanto están dispuestas a confrontarse públicamente entre sí, con nombres y apellidos y títulos de libros?

Sara Uribe: Para ser franca no entiendo esta pregunta a cabalidad. ¿Cuál es la lectura que las escritoras mexicanas están haciendo de su propia escritura? No habría modo de saberlo. Responder sería generalizar sin evidencias, sacar conclusiones apresuradas. Por cada escritora debe haber un modo de leer la literatura producida por mujeres, no estoy segura de que haya un consenso actualmente ni de poder llegar a uno.

En todo caso podría aventurarme a suponer que se trata de una lectura que está cada vez valorando más su propio trabajo y esta hipótesis estaría sustentada en la lucha por encontrar más espacios para la visibilización y difusión de su obra, pero, repito, esto es sólo una hipótesis que no tiene forma de ser comprobada de manera tangible. La parte de la pregunta que habla de una confrontación pública, de nombres, apellidos y títulos me es totalmente indescifrable.

No sé si se refiere a un episodio en particular de nuestra vida literaria presente. Lo único que podría añadir aquí es que si se trata de lo que las escritoras piensan sobre su propio trabajo, me gustaría, más que hablar de una confrontación, de diálogo, de construir comunidad, de compartir y de juntas empezar a abrir esos lugares y momentos para conversar entre nosotras, para leernos entre nosotras, para apoyarnos y sobre todo para aprender a escucharnos, a respetarnos y a valorarnos unas a otras.

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Henri Kaau

Sobre #RopaSucia

 

¿Cómo fue que nació el hashtag RopaSucia?

Maricela Guerrero: Pues fue un trabajo muy colaborativo y generoso entre Paula Abramo, Xitlalitl Rodríguez y tu servilleta. Estábamos pensando en hacer algo para la exposición Todos los originales serán destruidos que se presentó en Querétaro y llegamos al concepto jugando, rebotando ideas.

La idea es que la ropa sucia huele mal y nadie la quiere y es la cosa íntima que no se ventila, como todas esas frases que alguna vez nos han dicho y que sabemos permean en la visión de quienes detentan algún poder en la literatura, es algo con lo que nos vamos quedando, pero cuando vemos las estadísticas de quienes son premiados o seleccionados en antologías o becas, nos damos cuenta de que eso íntimo es político, pues con esas ideas que devalúan el trabajo de las mujeres es que se deciden los premios y becas.

¿Escritoras y poetas también contribuyen al machismo cultural?

Maricela Guerrero: Claro se trata de un sistema en el que predomina una visión jerárquica donde lo femenino es menorizado o desvalorado, así que es fácil que cualquier persona que no haya cuestionado un poco o disentido de los cánones y de los tratos desiguales a partir de estructuras de poder caiga en esas dinámicas.

¿Qué opinas de los eventos de “género”?

Maricela Guerrero: Pues son segregacionistas como los trenes o metrobuses rosas, no generan mejores prácticas ni convivencias menos agresivas, al contrario las acentúan.

¿Hay machismo y misoginia en la literatura actual?

Maricela Guerrero: Claro y es muy empobrecedor porque nos restringe de leer o conocer visiones más diversas del mundo, otras posibilidades. La postura machista dice “Eso se ha hecho así, así es y no debe cambiar” La postura diversa dice “A poco no se te antoja…”; “¿no crees que podría ser distinto?”.

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Henri Kaau

¿Puedes mencionar a alguna narradora, ensayista, dramaturga o poeta mexicana, que haya influido en tu trabajo literario?

Sara Uribe: Podría mencionar muchas, pero ya fui muy prolífica en una de las preguntas anteriores, así que seré breve acá: en una primera etapa, la de mis lecturas adolescentes, estuvieron muy presentes: Guadalupe Dueñas, Elsa Cross, Thelma Nava, Inés Arredondo, Rosario Castellanos, Julieta Campos, Isabel Fraire y Beatriz Espejo; en un segunda etapa ya adulta y mucho más entreverada a mi trabajo escritural: Cristina Rivera Garza, Mónica Nepote y Tedi López Mills.

Julián Herbert: Una fuente obvia es Elena Garro: cualquier escritor mexicano al que le haya interesado lo fantástico en su juventud reconocerá, creo, esa influencia (aunque el personaje histórico es siniestro: era informante de Gobernación e intentó conseguir chamba en la CIA y mentó madres públicamente contra el movimiento estudiantil del 68).

Mi primera gran maestra de literatura fue Ethel Krauze, no tanto como escritora sino a nivel presencial: fue una de las primeras personas en enseñarme los rudimentos del oficio. Reconozco en algunos de mis poemas la huella de Isabel Fraire, Gloria Gómez y, más acá en el tiempo, la de Tedi López Mills.

Son las que se me ocurren ahora. Aunque te confieso que mi influencia más marcada proviene últimamente de poetas (hombres o mujeres) más jóvenes que yo. Y también, por supuesto, de Sor Juana.

Como dijo el borracho que se cree invisible: “Todas son mías”. (Ya sé: “Qué comentario tan misógino”, dirán las monjas del Sagrado Corazón.)

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Henri Kaau

Escrito por Esther M. García

Esther​ ​M.​ ​García​ ​(Cd.​ ​Juárez,​ ​Chihuahua,​ ​México,​ ​1987) Periodista y escritora radicada​ ​en​ ​Saltillo,​ ​Coahuila.​ ​Licenciada​ ​en​ ​Letras​ ​Españolas.​ ​Publicó​ ​los​ ​siguientes libros:​ ​La​ ​Doncella​ ​Negra​ ​(La​ ​Regia​ ​Cartonera,​ ​2010),​ ​Sicarii​ ​(El​ ​Quirófano​ ​Ediciones,​ ​2013, Ecuador),​ ​(IMCS,​ ​2014);​ ​La​ ​Demoiselle​ ​Noire​ ​(Babel​ ​Cartonera,​ ​2013),​ ​(Kodama​ ​Cartonera, 2015),​ ​Bitácora​ ​de​ ​mujeres​ ​extrañas​ ​(FETA/CONACULTA,​ ​2014),​ ​Mamá​ ​es​ ​un​ ​animal​ ​negro que​ ​va​ ​de​ ​largo​ ​por​ ​las​ ​alcobas​ ​blancas​ ​(UAEMEX,2017)​ ​y​ ​el​ ​libro​ ​de​ ​cuentos​ ​Las​ ​tijeras​ ​de Átropos​ ​(Editorial​ ​UA​ ​de​ ​C,​ ​2011). En​ ​el​ ​2008​ ​ganó​ ​el​ ​Premio​ ​Nacional​ ​de​ ​cuento​ ​“Criaturas​ ​de​ ​la​ ​noche”,​ ​en​ ​el​ ​2012​ ​el​ ​premio estatal​ ​de​ ​cuento​ ​“Zócalo”​ ​y​ ​el​ ​Premio​ ​Municipal​ ​de​ ​la​ ​Juventud​ ​2012,​ ​en​ ​el​ ​área​ ​de​ ​cultura. En​ ​el​ ​2014​ ​ganó​ ​el​ ​Premio​ ​Nacional​ ​de​ ​Poesía​ ​Joven​ ​Francisco​ ​Cervantes​ ​Vidal​ ​y​ ​en​ ​el 2017​ ​el​ ​Premio​ ​Internacional​ ​de​ ​Poesía​ ​Gilberto​ ​Owen​ ​Estrada. Ha​ ​sido​ ​traducida​ ​al​ ​inglés,​ ​al​ ​francés​ ​y​ ​al​ ​portugués. Fue​ ​becaria​ ​del​ ​PECDA​ ​Coahuila​ ​2015,​ ​y​ ​actualmente​ ​del​ ​FONCA​ ​JC​ ​2016-2017.