El día en que se iba a matar, Santiago Mendoza se levantó, agarró su lápiz y apagó su reloj despertador, que sonaba hace diez minutos como un  timbre mal instalado.

Dio de desayunar a su gato, afiló la punta de su lápiz, amarillo casi dorado, y se dispuso a hacer su trabajo de Economía Keynesiana, apartó unas hojas, se puso a mascar la goma del lápiz, escribió el título, y sintió una picazón en la barriga, lo eliminó punzándose ahí con la punta de la mina.

Leyó el libro, lo subrayó con el lápiz, lo leyó de nuevo, y de nuevo sintió las cosquillas y de nuevo utilizó el lápiz.

Mascó la goma, escribió dos párrafos más, terminó su trabajo y se rascó la panza dos veces más.

Subió al minibús, y en cuanto se sentó le molestó el estómago, inconcientemente renegó, buscó el lápiz en la mochila, pensó en sacar una llave antes; pero ya había encontrado el palo.

Llegó a la Facultad y continúo rascándose la barriga. Se quiso comprar un alfajor y fue al quiosco.

– Señora, ¿Me vende unito de esos?
-Alzate no más, casero.
-¿Cuánto es?- se punzó dos veces.
-Un peso.
-A ver, espera. Tomá.

Subió las escaleras picándose la camisa al ritmo de los pasos que daba. Llegó a clases tarde, tomó asiento, se rascó y escuchó la clase.

La picazón se hizo más intensa y fue recién en ese momento que se dio cuenta del escozor y se lo rascó con las uñas.

Miraba al docente, pasaron diez minutos, se dio dos puntadas con el portaminas y sintió dolor. Detuvo su masoquismo.

A la hora del almuerzo el ardor de la herida hizo que le picara hasta el ombligo, rascose con el tenedor.

De vuelta a clases, agarró el bolígrafo, se desabotonó la camisa. Se rascó y rayó la espalda por diez minutos.

Al salir no paraba de lastimarse, su piel estaba adormecida. Quiso tomar un bus, pero le urgía llegar a casa para verse en el espejo. El taxista le preguntó:

-¿Tiene alergia, joven?
-No, no sé.
No creo que sea la pelusa del asiento ¿no?
Esto es desde esta mañana.

Llegó a su casa, su gato le lamió la camisa.

Santiago se la quitó y vio que su abdomen completo estaba rojo, le dieron más cosquillas de sólo verse, se rascó con las dos manos, los diez dedos, pero era insuficiente; agarró su lápiz, no le bastó. De pronto, la picazón se hizo más intensa en el punto en el que había empezado. Comenzó a pincharse, a pincharse, a pincharse, a pincharse; no le bastó y sacó la tijera, siguió pinchándose, pinchándose, pinchándose, pinchándose más, más, más, más, más, más, más, más, más, más…

 

El gatito encontró un pedazo de alfajor con jugo gástrico y ya no lo quiso comer.

Escrito por Jess Velarde

Jess Velarde, nació en La Paz, Bolivia en 1990. Es actriz, cineasta, compositora y artista plástica transgénero. Ha participado en diferentes largometrajes, de los cuales vale la pena destacar "Las Malcogidas" de Denisse Arancibia, "Averno" de Marcos Loayza y "Los Últimos" de Nicolás Puenzo. En momentos de descanso se dedica a escribir cuentos cortos y a la fotoastronomía.