Suéñame cuando ya no quede nada en tu habitación. Cuando hayas limpiado los bordes. Cuando ya no tiriten los pasos del que fuiste. Estoy a punto de abrir mis muñecas en florecimiento. Evapora tu límite. Ya no queda lugar donde no ir. La rabia fue mucha. El sitio cobarde. Pero ahora ya no queda nada en tu cuarto. Ven a buscarme, ahora, que me he encontrado.

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No tiene sentido y me arrastro por la luz como una sombra. No tiene más vértigo que el de un ala persiguiendo a la otra. No tiene pies ni corona y se desmorona cuando intento alcanzarla. No tiene distancias porque estás lejos y tu nombre está en la palma de mi mano. No tiene estructura y se desarma frente a mí como un cuerpo de agua. No tiene otro vaivén que el de acurrucarse frente a mí cuando estoy acostada. No tiene nombre ni forma de ser concebido. No tiene dedos pero su caricia me estremece como un fantasma.

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LOS CAMINOS VACÍOS

He tenido que abandonar una antigua vestidura. Se parece a mi sombra cuando doy vueltas en la cama sin lograr el sueño o la conciencia. A veces abro los cajones o descascaro un entendimiento que olvidé. A veces ninguna estrella sirve de consuelo y el frío te arrastra por el suelo de una tierra demasiado negra demasiado profunda demasiado peligrosa. Pero tu sangre podrá descansar en la certeza de un dios de carne y hueso, un dios de sexo y hambre. Un dios vacío y lleno como tú. Un dios mujer, un árbol, un correr descalzo bajo la lluvia torrencial sobre areniscas o valles. Un borrar todas las palabras que voy escribiendo con un grito, con el silencio.

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Latir. Observar tu espíritu debatirse en los estados del día y en la noche ingresar a las recámaras secretas de la gran inconsciencia. Bella llaga en la herida recién concebida. ¿Como se borra un sueño secreto? ¿Como se llama a las aguas emergidas del presente? ¿Cómo se comprende lo que no se puede comprender? ¿Cómo vuelco mi rostro en la caricia? Lo extraño se aleja. Lo íntimo me abre.

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Dejar ir. Soltar la larga trenza de las posibilidades. Observar las miasmas deshacerse entre las nubes. Respirar largamente como una conclusión. Soplar lo invisible que atrapa los tobillos enterrados. Mirar y crecer en el movimiento de las calles donde todos parecen nacer y morir y recorrer sus caminos secretos hasta el borde de sus camas. Ahí me siento como un vagabundo a contemplar todas las que he sido y ya no me amarran.

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Volví a escribir con mis ojos con mis manos. Volví a doblar las palabras para apretarlas, macerarlas y dejarlas escurrir bajo la sombra de la luna. Se abrieron de a poco como dos alas pegadas por un beso, y eran palabras nuevas como nácar como humo. Palabra por nacer de mi boca, recién despierta.

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Caminando sobre el temblor. Descubriendo las cáscaras las casas los temores. Somos pequeños como manos con migajas o granos de arena o aire incoloro. Estamos en coma, estamos cerrados, estamos dormidos. Entonces tiembla y el aullido de las ciudades abre nuestros centros. Somos pequeños granitos de arena que no hemos alcanzado a ver a trasluz. ¿Cómo pudimos quebrar las gamas de nuestros mitos? ¿Cómo pudimos olvidar lo que tanto costó? Conservar el fuego encendido. ¿Cómo pudimos quemarnos los ojos con culpa? La culpa es un demonio haciéndose añicos contra la intemperie donde somos salvajes y bellos y nada nos puede proteger de la naturaleza.

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RESPUESTAS

En los brazos las cicatrices se inclinan y las venas se entumecen mientras el sol resplandece nuevo sobre nuestra ventana abierta. Apenas despiertas y ya abres los ojos hacia mí y besas el futuro ¿Es que los milagros extienden también sus pasos hacia el silencioso peregrinar que hemos andado? Estoy cansada y nueva. Nuestro futuro es una mesa recién tendida con alimentos nuevos pero que siempre hemos comido. Los poemas son nuevos como es nuevo el mundo. Las palabras salen aletargadas de un largo invierno, sin embargo salen con alas. Salen despiertas y contentas y vuelan. En nuestro vientre está la respuesta. Cuando el poema circula hacia la cabeza y es amor. Cuando el poema circula hacia los omóplatos y se desenreda en el más dulce porvenir. Cuando el poema es una lata de huellas oxidadas y hiere.  Cuando el poema no sabe escribir pero dice. Cuando el poema sale de mis manos calientes para tocarte. Cuando el poema no dice hacia donde ir pero lo seguimos. Se abre una tarde oscura sobre nuestras espaldas cansadas y estamos ahí, a medio ir entre lo inseguro y la noche, pero el poema sigue en nosotros. Guiando. Llamando. Escuchamos el latido de la sangre. La más poderosa de las aguas humanas.

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LOS POEMAS SALVAJES

Se durmieron dentro de mí. Pero por las noches sonaban. Mientras yo escuchaba sus sueños ellos se movían como un manantial muy grande y precioso. Sus movimientos eran pasos circulares sobre el agua uterina. Dentro de mi soñaban y yo escribía sus suspiros como gotas. Cuando al fin despertaban yo me dormía y ellos salían uno a uno por mis bocas y mis manos, encandilando la habitación a oscuras con mi paso submarino. Quien sabe cuando nos vimos despiertos cara a cara. Observando nuestros rasgos conocidos a tientas por el sendero olvidado de las estrellas. Quien sabe cuando recobramos las partes originarias de nuestra sangre mezclada. Nuestro poema nuevo y certero. Nuestro beso.

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Entran uno a uno mientras por los cielos las colas de los pájaros invisibles remueven el color crepuscular. Se encienden de a gotas, gimen para nosotras. Escuchemos atentas. Los hombres duermen, pero aquí latimos despiertas. Respiramos a ciegas, caminamos descalzas por la casa encendiendo velas, moviendo las plantas para que emanen su semen clorofilo. Mientras ellos, entran uno a uno por las ventanas. Escuchemos atentas, desatan nuestros nudos. Tienen voz angelical. Y tienen alas. Pero no son ángeles. Son nuestros sueños desnudos. Son los poemas que escribiremos esta noche. Estemos atentas. Acá todo comienza.

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Este atardecer tiene manos de mujer que ha labrado sus cabellos y los de su marido. Tiene un aroma delicado que se esconde detrás de los árboles del arroyo. La he seguido para arrinconarme en sus perfumes, pero aún no la he encontrado. La lunación se avecina y estoy corriendo. Escucho las canciones que me cantaban mis padres. Me preparo para una caída pero me elevo. ¿Dónde están las manos que me alzan como a un pájaro que aún no vuela? Las ondulaciones son montañas. Los secretos hieren mis madrigueras. Quiero salir. Pero las manos me acunan. Soy como una niña emergiendo. He salido de un espacio tibio y sin palabras. He creído que ese mundo era la Tierra. Pero las manos que trenzan el pelo de mi cabeza me calman y emiten sonidos que no comprendo pero que se tatúan en el centro de mi corazón, recién nacido.

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Fotografía: Mariela Amadio©

Escrito por OLGA LEIVA

Olga Leiva (Lund, Suecia,1981) Ha publicado los libros de poesía: La lengua del viento (Catafixia, 2010; La Propia Cartonera 2010); Bagrejaponés (coautora Editorial Mental 2009); Bruja Boreal (Editorial Mental, 2012); Diamantismo (Trópico del Sur, 2013). Actualmente trabaja en la Editorial Dios Dorado.