Después de una semana de permanecer en profundo estado de meditación, acepté la solicitud de mi primo Adolfo de salir a una discoteca diversa llamada Daleatodos. De todas formas, pensé, allí no habría mucha probabilidad de volver a resbalar por el fatídico y alcalino camino de la perdición masculina. Sin embargo, no había tomado en cuenta el componente seguridad. Me ligué a un agente, que estaba más bueno que el pan con chicharrón de Huaylas, pero que parecía guardar en su boca toda la cebolla de la mencionada butifarra. Adolfo, quien bailaba cargando sobre su pecho a un ligue, me miraba burlón, al percatarse que ese aliento abofeteador me hacía largarme al primer piso a perderme entre la multitud.

Luego de unos días de mi salida, pude conseguir trabajo en una empresa de seguridad llamada DESPARPAJO S.A.C., en la cual fungí como asistente de contabilidad, recepcionista, asistente de recursos humanos, mensajera, guardia de seguridad, equilibrista, pitonisa, entre otros. Y bueno… algo debía obtener de esa selva de explotación. Me compré un celular táctil con mi primer sueldo e instalé una aplicación para conocer hombres cercanos. Entre los perfiles seleccionados se encontraba:

Koochoy, 33

Redactor y fotógrafo en Perú20

A 10 km. de distancia

La fotografía de la ficha mostraba a un hombre de rasgos chinos posando con una cámara profesional, cerca de La Montaña de Colores. Me gustó, porque en la mayoría de perfiles había encontrado tarados posando con un perro, un gato u otro animal tierno, con el fin de despertar el llamado instinto maternal-animaloide de mis congéneres. Otros posaban en piscinas con una cerveza en la mano y con cara de Soytudaddy. Koochoy, por su parte, era un soldado terracota de las alturas. La bestia patuda dio su aprobación. Así que conectamos pronto, a través de un Match. La conversación con Koochoy fue inteligente, como lo suponía. Pero había mucha lentitud para llegar a mi propósito final. Llevaba 3 meses a pan y agua. Así que fui al grano, y él, temeroso de que lo drogara para robarle un riñón, pero también con ganas de alimentar a la bestia, aceptó el encuentro en un hostal de Barranco.

Todo estaba bien, hasta que un día antes del encuentro pactado, mi endometrio empezó a descender, tiñendo de sangre mis bajos instintos. Koochy saldría de la ciudad después del encuentro, así que no podía posponerlo. Tampoco decirle, porque lo desanimaría. Así que calladitamásbonita.

Nos encontramos en la iglesia de El Sagrado Corazón de Jesús. Era el primer peruano que inyectaría en mis venas. Koochy y yo nos saludamos, y seguidamente, me percaté de que de la iglesia emergía un tropel de soldados de barro y detrás el mismísimo Qin Shi Huang. Koochy, percatándose de mi aturdimiento me sacó del sueño diciendo: Taty, ¿te sientes bien? Yo le contesté afirmativamente y divisé que el tropel estaba conformado por asistentes a una boda y Qin Shi Huang no era más que un curita cachetón. Tome la mano de Koochy y caminamos lejos, pues esa escena resultaba peor que caminar bajo una escalera con seiscientos sesenta y seis gatos negros encima. Llegamos a un hostal. El trato era que él pagaría en este primer encuentro y yo en el segundo. Lo bueno es que casi nunca había segundo. El pobre tuvo que soltar 70 soles, sentí que un chorrito caliente de culpabilidad descendió a mi toalla, me sentí realmente apesadumbrada, miserable, abyecta…. Pero luego de unos segundos se me pasó y subí las escaleras hacia la habitación. Me metí al baño, mojé a la bestia patuda con abundante agua fría, amenazándole de que si no contenía el fluido, se iba a quedar sin comida por otros meses más. Cuando salí, Koochy estaba sentado en la cama, su desnudez y su mirada serena encajada en mis ojos, eran la invitación más sutil al sexo que había tenido en mi vida. Sentì como la sangre iniciaba a concentrarse en mis pezones y clítoris. Me senté cerca de él, miré con más pausa sus rasgos. Koochy tenía el cabello negro, lacio y duro, como las escobillas de lustrar zapatos, los labios delgados y rectos, y ojos caricaturizados por sus lentes para miopía alta. Cuando lo besé, sentí a Lipo recitarle un poema a mi ovario derecho para luego ahogarse en mi útero. Quise quitarle sus lentes, pero me dijo que sin ellos no podría apreciar mis formas. Continuamos explorándonos, con tranquilidad, hasta que llegó el momento de quitarme el calzón y entonces le comenté como si hablara del tiempo: Ah, por cierto Koochy, ayer empezó mi periodo menstrual. No te importa, ¿no…? ¡je! Su rostro se contrajo, como un globo desinflándose, y después de unos instantes dijo: Me va a molestar más si no hago nada. Así que me abrió las piernas con fuerza, mientras me miraba con seriedad a través de su miopía de -8.75, penetrando, haciéndome recoger todo el aire de la habitación en una aspiración profunda.

 

 

(No se pierda la Crónica II de la Choliperri).

Escrito por tatiana.loayza

Peruana-costarricense, 1986. Egresada del ITCR en Ingeniería forestal. Ganadora del primer lugar en categoría Poesía del IV Certamen Artístico Estudiantil Armando Vásquez. Ha publicado su primer poemario Piedrera (BBB Producciones) en el 2014. Participante del VII Festival de Poesía de Lima (2017). Además, cuenta con publicaciones de algunos poemas en las revistas y/o plataformas literarias: Miércoles de poesía, InterSedes, Ágora 127, Isla negra, así como Digo.palabra.txt. // ILUSTRACIONES POR: JULIA GARIBALDI: Artista plástica, 1986. Argentina-española-trotamundos.