Stray dog gives us sweets

Rule of Rose

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Prefacio. Primeras impresiones

El amor es una inicial. La memoria y la escritura “protegen” al mundo. El clonazepam puede ser un santo grial. Antes de que la realidad exista, está el silencio. Y a veces, en el silencio habita un perro de ojos negros que, según el día, paraliza o hace girar la rueda sobre la que nos movemos.

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I

Perro de ojos negros es la primera novela de la escritora peruana María José Caro, publicada en 2016 bajo el sello de Alfaguara. La historia repite protagonista: Macarena, cuya versión infante estuvo en manos de la crítica desde las páginas de La primaria (Alfaguara juvenil, 2012), ópera prima de la autora.

En esta nueva entrega, el personaje es adulto y sumerge al lector en los grandes “hubiera” que permite la ficción para consolar y reconstruir un momento donde, quizá, no se tomó la decisión correcta. Solo el lector conoce las posibilidades que se esconden detrás de los silencios de Macarena. Poco a poco, se asimila la piel de esta muchacha que recurre a su infancia y a sus recuerdos de mayor impacto emocional a fin de revisar con cuidado personas y situaciones pasadas para darles otra visión —siempre en su cabeza— y así tener control sobre lo que la rodea y sobre sí misma. Mientras para familiares, amigos e intereses románticos, Macarena resulta un piso aislado de la torre de Babel, para el lector es casi transparente, desbordante en sus reflexiones, en sus duelos inconclusos, y sobre todo, en su dolor, sus inseguridades y su lucha por lograr la comunicación efectiva con el Otro.

II

El dolor

¿Cómo te relacionas con el mundo cuando parece que tu propio cuerpo te pone la zancadilla cuando menos te lo esperas? Macarena tiene una particularidad: padece de migraña. Un malestar físico que suele mantener a raya con pastillas. Las pastillas anestecian, adormecen el dolor, que sigue allí, latente, en alguna parte de su cabeza pero con un switch para ser ignorado. No parece haber otra manera de enfrentar esta condición más que “evitarla” con fármacos. Al pasar a la esfera de lo emocional, sin embargo, la conducta se replica: cada oportunidad en la que el personaje, niña o adulta, se ve inmerso en circunstancias dolorosas o difíciles de llevar para su personalidad introvertida, su respuesta es mirar hacia otro lado. El “medicamento” en este caso es la ficción.

Hay una escena específica que permite ejemplificar lo anterior y se da con la muerte del abuelo de Macarena. Afectado por una enfermedad degenerativa, Máximo acaba sucumbiendo a una solución final: el suicidio. La nieta absorbe la imagen de la sangre derramada, una puerta de baño entreabierta y los gritos de su abuela. Con todo, su reacción ante lo ocurrido es encerrarse en una habitación a ver películas.

Pero ni siquiera así logra estar a salvo. La psique siempre logra sacar a flote estas colisiones y en Macarena adquieren una forma peculiar: un perro de ojos negros. Cada instante negativo acumulado (inseguridades, cosas no dichas… etc) fortalece al perro, que en ocasiones puede hasta “morder”.

III

La memoria

Hay otro can en este relato: Patán. La mascota de la casa. Al regresar a Lima después de cursar una maestría en Madrid, Macarena solo tiene una preocupación y es que su perro la recuerde. Lo cual no ocurre inmediatamente. «Me siento un fantasma que intenta llamar la atención en su propio funeral», dice la protagonista. Al final, se cumple el reconocimiento y ella lo celebra en su fuero interno como si hubiera resucitado: «Estoy viva». Este momento de la novela, situado entre las primeras páginas, da cuenta de lo importante que es la memoria para el personaje que conducirá la narración durante el resto del relato. La memoria es existencia fuera del silencio que envuelve la mayoría de los actos de Macarena en el plano de lo real, donde ella parece caer en el papel del sujeto periférico, mirando la vida fluir en una corriente ajena.

Cabe acotar que Patán es una figura ligada a la infancia y a los recuerdos positivos sobre el abuelo, factor que lo reviste de una carga semántica relevante porque puede ser considerado el opuesto perfecto de todo lo que representa el perro de ojos negros que acecha constantemente a la joven.

IV

El amor

Una fantasía derivada de una acción no ejecutada en el momento preciso:

«. . . Le quito los anteojos y lo tomo de las manos. Le hablo del llanto de perros felices que siento dentro de mí cada vez que está conmigo y que junto a él todo cambia para bien».

(Macarena sobre C).

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En medio de la isla anímica de Macarena está C. Interés amoroso de la protagonista. Un venezolano que también tomó la maestría en Madrid y que ella refiere con esa única consonante. C es el desafío, la intención de redoblar esfuerzos para salir del cascarón y tocar al Otro, todo ello opacado por una falta de confianza que tiene vieja data y que empuja al personaje a experimentar un triángulo amoroso del que solo ella es consciente y que, por supuesto, acaba en conflicto.

Una vez más, la ficción será la tangente que le facilite a la muchacha manifestar “con más claridad” sus pensamientos y sentimientos, ello desde un ambiente controlado y en el que se puede editar y borrar lo escrito antes de enviarlo: la computadora.

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Añadido: La letra C, en numerología equivale al 3 (número de la divinidad y el equilibrio) mientras que en el campo del esoterismo se la vincula con la transformación y la alegría.

V

Otras consideraciones

La autora, además de emplear el narrador en primera persona, juega con los planos temporales: la acción puede tener lugar en días determinados («Lima, 10 de agosto»; «Lima, 14 de agosto») manteniendo un curso lineal; luego cambiar el registro hacia la epístola digital o inclinarse por la analepsis.

También se ve el artificio de la metaficción en tanto que Macarena usa la escritura como manera de ficcionar ciertos episodios de su vida o la de los otros, esto se observa, por ejemplo, en el modo en que narra la historia del matrimonio de sus abuelos bajo esta clave, indicando que se trata de un cuento desarrollado durante la maestría, el cual no se atrevió a enviar (C acaba haciéndolo por ella).

En líneas generales, se percibe un estilo fragmentario cuyo punto en común suele ser la interioridad del personaje principal, lo que a su vez genera las condiciones para la apreciación del cronotopo.

Por último, se destaca el uso de frases cortas marcadas por punto y seguido, y metáforas bellamente construidas, entre otros aspectos que quedan a juicio de cada lector. En síntesis, es un libro con buen gancho que no se agotará en una sola leída.

 

 

 

Escrito por Natasha Rangel

(Caracas, Venezuela, 1994). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Correctora de Estilo en @cronicauno. Colaboradora en la revista «Liberoamérica». Ha publicado en los portales «Qué Leer», «Digo.palabra.txt» y «Revista Philos». Administra el blog personal «Coyote de ventanas». Un pensamiento retorcido de la infancia de Freud. Escribe porque es más barato que ir al terapeuta. No toma café.