Hay algo seductor en el dolor, en ese olor a plasma que desprende y que a veces abunda en la barra de este bar. En ese dolor que se esconde entre las luces tenues cuando las noches se hacen muy largas, el que se aturde entre el ruido de canciones y vasos y voces.

El animal huele la sangre y acaso sea eso lo que despierta su sed: su deseo de lamer la herida. Huele la sangre en las risas y los gestos, en las miradas furtivas, en la otra cerveza, y la siguiente. Ver la herida, reconocerla, y qué sed. La sed de la sangre nueva, caliente, que hierve entre los dedos.

Pide otra, yo te invito.
Pero qué dices, si las tías no invitan las cervezas.
Yo sí.

Déjame olerte, intuirte. Despierta a la bestia y aliméntame.

Me preguntas qué hace una mujer en un bar como éste. No sé bien cómo explicarte que mientras algunas juegan toda la vida a las muñecas, yo prefiero jugar a las putas. Pero a cambio te doy una sonrisa y eso te basta. Sabes que hoy es tu noche de suerte. Noche de callejón oscuro, de túnel que termina entre dos piernas.

Das rienda suelta al canibalismo, a esas frases repetidas que ambos hemos escuchado. Embriágate de ritos, dulce intrascendencia. Juega: estira y encoge la cuerda.

Una vez tuve una chica como tú.
¿Sí?
Sí. Bueno, pensaba yo que la tenía.

Tú también tienes otras caras. Tarareo tu canción aunque no me sé la letra. Qué más da eso, el detalle, ese capricho de la memoria.

¿Y te gustaría tenerla otra vez? Porque esta noche puedes.

El choque es inminente, irreversible. Agárrate fuerte que hay curvas. Cuando los restos se encuentran, se compactan, se hacen uno. Y por fin los animales engullen, gimen, rozan, destrozan, sudan, desmenuzan, muerden, se ríen. La carne es el alma del instinto.

El espejo se empaña y tú te empeñas. Los golpes son dulces, me dejan sin aire y me devuelven la vida. Un, dos, tres. Así. Mi música te envuelve y tú te empalmas, te pierdes en mi sonido de gata. Tus dientes se clavan en mi cuello cuando te derramas y un segundo después te derrumbas a mis pies. Abrazas mis piernas, acaricias tu cara con ellas, las besas. Antes de salir del baño, me dices que son hermosas.

Pero ignoras que son largas.

Escrito por Gabbi Consuegra

Mi papá me decía gaviota.