Jesús María Cormán es un artista, poeta, narrador y letrista vasco que ha escrito más de cien canciones junto a Mikel Erentxun. Reside en Pasaia (Guipúzcoa) donde tiene su estudio de pintor.
Estudió en la Universidad del País Vasco y ha obtenido reconocimientos tanto en pintura como en poesía y narrativa.

Como poeta aparece en la antología Vasca y Joven. Poesía y futuro de Félix Maraña y José Luis Padrón (2000) y en los libros que ha escrito en solitario: Poemas de octubre (1985); Dioses de cardenillo (2002); Unidad del dolor (2005); El Canibal (2008); Gabinete de crisis (2008), Bajo cero (2010); Formas de vida y muerte (2010); Peligro, perros sueltos (2013); Hotel Danilovsky (2014) y La leña helada (2015).

Como narrador ha publicado Dama del abanico rosado y otras damas (Relatos. 1986); Judas (Novela. 1986); La diadema líquida (Relatos, 1988) y Bye bye Manchester (Novela corta. 1986).

Su obra pictórica forma parte de importantes colecciones.

En esta entrevista charlaremos con él acerca de los temas recurrentes en sus últimos libros y de sus proyectos más inmediatos.

Pregunta: En sus dos últimos libros (Hotel Danilovsky y La leña helada) e incluso en sus pinturas de la colección Errare, se aprecian una serie de temas recurrentes que aparecen como punto de partida o como lugar de reflexión para construir los poemas: una preferencia por el frío (dudo que él entienda el idioma real del frío); un desdén por lo cálido (cuando intentas hablar con un desierto te conviertes en arena o Aquel amor/fue un collar de cuentas de hielo/que el primer calor/se encargó de disolver para siempre); una preocupación por el paso del tiempo y la memoria (mi memoria/ es un caballo salvaje/ muy difícil de marcar o el camino más corto entre dos puntos/es la memoria). ¿Son el frío, el tiempo y la memoria buenos puntos de partida para hacerse preguntas?
Respuesta: En mi caso, sí. El frío es, como tal, un elemento de conservación. Pensamos en su uso en la alimentación; es algo que todos hemos asimilado de manera natural. En ese sentido, el frío actúa como elemento distorsionador, como una anomalía en la actuación lógica del tiempo, sobre lo orgánico. Pensemos, por ejemplo, en un mamut que aparece en Siberia, congelado súbitamente hace 40.000 años, y que conserva comida en la boca. Creo que, de algún modo, este mismo proceso de conservación ocurre con la memoria. En muchos casos, ciertas emociones que hemos experimentado en un periodo concreto de nuestra vida, pueden permanecer intactas –y recuperables con el tiempo- “enfriándolas”, consciente o inconscientemente. Para bien y para mal.
Este asunto tiene presencia en casi todo lo que he estado escribiendo y pintando en los últimos años. Es lo que me gusta llamar “emoción fría”. La posibilidad de acceder a emociones encapsuladas tiempo atrás, revisarlas, reflexionar sobre ellas, manteniendo una distancia prudente para que no te nublen, y salir intacto del encuentro.

P: No elude tampoco las presencias del dolor ni de la muerte. Dice en un poema: no estoy intentando morir (…) sino apartarme de la vida. Porque la muerte no duele, y yo no quiero perder, en ningún momento, la perspectiva del dolor. ¿Qué enseña el dolor?
R: El dolor es un catalizador de lo humano. Una vara de medirnos, de acentuarnos, no sólo en lo físico sino en lo emocional. Del ser humano siempre me ha interesado, su capacidad de resistencia ante el dolor, su capacidad de respuesta, su capacidad para sobrevivir a lo insoportable. Nada nos hace más humanos que ser conscientes de nuestra propia vulnerabilidad, y cuestionarla, para rendirnos o superarnos, después de la lucha.
¡Cuántos poemas no existirán, en toda la Poesía, gracias al dolor! Tantos, me atrevo a decir, como los que ha inspirado el amor. Mi primer poemario, por ejemplo, se tituló Unidad del dolor. De alguna manera, a mí me puso en el camino de la práctica de la poesía, como forma de analgesia.

P: Y, sin embargo, el amor. El proceso de adopción de su hijo en Rusia le hizo escribir el libro Hotel Danilovsky. En él pueden apreciarse elementos de los que antes hemos hablado (frío, tiempo, memoria o dolor) pero también un amor atrapado en la palabra, contenido, descrito sin exaltaciones pero con la certeza de iniciar algo que da sentido a la existencia, que obliga a detener la huida y a reiniciarse. ¿Es cierto que, al final, el poema vence?
R: Hotel Danilovsky es probablemente el libro con mayor carga emocional de los que he escrito. Es un poemario vertebrado por una circunstancia biográfica –la adopción en Rusia de nuestro hijo- que plantea un recorrido no sólo geográfico sino sentimental. En el prólogo que escribí para abrirlo al lector, decía que es un viaje desde el hombre hasta el hombre. Y añadiría: un acto de amor por el hombre. Sigo viéndolo así. Un trayecto inacabable, lleno de paradas, de escollos, pero también de pasajes afortunados. Traté de huir de todo lo que pudiera convertir el poemario en un documento sensiblero; pensaba que si perdía el control en las formas, el libro iba a hacer aguas. Así que lo enfrié todo lo que pude, para que lo terrible -y también lo grato- pudieran leerse serenamente; en definitiva, para que el poema venciera como elemento expresivo, y no fuera devorado por su propio contenido.
Sin duda, en estos poemas hay una parada, un punto de inflexión. La incertidumbre de estar ante un cambio, un regreso a la casilla de inicio, con el pálpito de que se abre ante uno, un territorio tan inhóspito como feliz.

P: No le pediré que se decante por una de sus facetas artísticas (pintor, letrista o escritor) pero sí quisiera saber si todas ellas llevan a un mismo lugar o si, por el contrario, en cada una encuentra preguntas o respuestas diferentes.
R: Creo que lo bueno de poder expresarse con diferentes herramientas es que tienes más posibilidades de comunicación a tu alcance. Es parecido a hablar en distintos idiomas. Hay lenguas que pueden atinar mejor que otras, sobre algunos conceptos muy concretos de la vida; seguro que los inuit pueden hablar en su lengua sobre el frío de forma más pormenorizada, que un tuareg en la suya. Si pudiéramos expresarnos en todos los idiomas que existen, acudiríamos siempre al que tuviera mayores recursos para expresar aquello que queremos decir. De este modo, el arte –sus diferentes disciplinas, entre las que incluyo la palabra- a mí me ofrece la posibilidad de elegir el transmisor más adecuado dependiendo de qué cuál sea la pregunta.
No todos los caminos llevan al mismo lugar, son direcciones distintas. Pero esto es mucho más satisfactorio para mí; saber que puedo cambiar el recorrido –y el destino- en el momento que me apetezca, sin por ello perder las ganas de continuar en permanente tránsito.

P: Su próximo libro Hay una sombra que nunca se apaga saldrá este mismo año con la editorial Huerga y Fierro. ¿Podría adelantarnos algún detalle sobre él?
R: Su columna vertebral es el amor. Son poemas escritos en primera persona. Mis dos libros anteriores –Peligro, perros sueltos y La leña helada– mostraban, de un modo casi cinematográfico, personajes que trataban de hallar su lugar en una relación de pareja; en algunos casos, desequilibrados, totalmente perdidos y torpes, y en otros, desconcertados por momentos de felicidad. Yo permanecía en estos poemarios casi siempre como un mero observador curioso. En cambio, en Hay una sombra que nunca se apaga, doy voz a aquellos personajes, les dejo que se manifiesten, que digan lo que sienten y cómo se sienten. De ahí la primera persona; no es tanto mi primera persona, como una reunión de diferentes voces en primera persona. De alguna manera, es un libro coral.

Escrito por Sonia San Román

Sonia San Román. Logroño, La Rioja (España). 1976. Licenciada en Filología Hispánica. Escritora y profesora de lengua y literatura españolas. Ha publicado los libros de poesía 'De tripas, corazón'; 'Planeta de poliuretano'; 'Punto de fuga'; 'Anillos de Saturno'; 'Nosotros, los pájaros', 'La barrera del frío' y la antología recopilatoria de su obra poética desde 2004 hasta 2017 titulada 'De la palabra hacia atrás'. Forma parte del consejo editorial de Ediciones del 4 de agosto con quienes ha coordinado las obras colectivas 'Strigoi. 25 poemas vampíricos. Un homenaje a Bram Stoker'; 'Hay caminos. Antología homenaje a José Hierro'; 'Yo tenía tres modos de pensar: ciudades, ríos y rock and roll. Antología de Benjamín Prado' y 'Gloria a Gloria. Antología homenaje a Gloria Fuertes' así como el festival poético Agosto Clandestino. Algunos de sus poemas y relatos aparecen recogidos en numerosas antologías y revistas literarias tanto en España como en Latinoamérica.