Le gustaba contemplar como crecían. Por eso le ayudaba a su abuela regando el jardín. Poco a poco aparecían las antenitas y al menor golpecito se volvían a esconder. Ese olor a tierra húmeda le producía tranquilidad. Se alegraba cuando salían y se amontonaban los caracoles. Colocaba uno sobre la palma y al tomarle confianza sacaba toda la lengua de la concha. Le gustaba ver a los caracoles  recorriéndole la mano. Cuando el molusco llegaba al otro extremo del camino, Luis lo ponía al comienzo para que el caracol repitiera el paso. El caracol le hacía cosquillas y le dejaba un olor a hierbas. El sábado era Día Caracol.

A Los Lunes les decía Día Escuela. Le molestaba el uniforme y tener que llevar la camisa ceñida. Cuando levantaba los brazos se le salía del pantalón. A veces se olvidaba que la traía desfajada y la maestra se enojaba. En la escuela había un jardín, pero ahí no salían caracoles, ya los había buscado. Una niña de su salón le gustaba tanto como los caracoles.

Era muy bonita con sus ojos oscuros casi negros y muy grandes. Tenía las pestañas tan largas que parecían echar aire cada vez que parpadeaba. Su nombre era muy bonito también, Danae. La maestra ya lo había cambiado de lugar, alejado de Danae, se distraía mucho viéndola. Imaginaba que la niña llevaba una concha de caracol, llena de libros, se la quitaba para sentarse y escuchar la clase. Le gustaba mucho estar cerca de ella por su olor a flores.

-¡No entiendes Luisito, no puedes cambiarte de lugar cuando quieras! Hazme caso, deja de ver a la niña, la estás asustando. Mira cómo te ve, tiene miedo.-

Nunca antes la maestra le había hablado tan feo, a pesar de repetir tercero dos veces, ella nunca le había tratado mal. Se puso muy nervioso, todos los niños reían y le señalaban con el dedo, solo escuchaba un zumbido; unos mayates que le golpeaban la cien. Gritaba para no oírlos pero el sonido aumentaba.  Los niños sujetaban su pupitre mientras él gritaba. De la bolsa del pantalón sacó una concha. Con la mano extendida hacia Danae forcejeaba para que no lo alejaran. Sintió unos deditos suaves que tomaron la concha y cedió a la fuerza de los demás niños.

Después de ese incidente todo fue muy rápido, su madre lo llevó con un doctor para que lo tratara, le dijeron que tenía algo que sonaba como un auto: autismo. Luisito ya no va a la escuela, disfruta todos los días con su abuela, porque todos son Día Caracol. Lleva muchas conchas en su bolsa por si algún día vuelve a encontrarse con Danae.

Escrito por Mikail Delacroix

(Las Cruces Nuevo México, EUA) Vive en la frontera entre México y Estados Unidos, es miembro del taller literario (Pizca a las 6:30) Colaborador de la revista Arenas Blancas de la Universidad Estatal de Nuevo México. En el 2013, publicó el libro de micro-ficción Memorias de un Camaleón. Su trabajo aparece en diferentes revistas literarias y en antologías como: "Al este del Arcoíris"(New Jersey, 2011) Cursó la Licenciatura en Estudios Chicanos y Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Estatal de Nuevo México.

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