Inicios de diciembre de 2017. Entrevista realizada por correspondencia virtual a la escritora Brenda Lozano (Ciudad de México, 1981); autora de Todo Nada (Colección andanzas, Tusquets, 2009), Cuaderno Ideal (Alfaguara, 2014) y Cómo piensan las piedras (Alfaguara, 2017).

En tu experiencia como viajera, has tenido la oportunidad de conocer a otras escritoras y de verte envuelta en distintos ambientes literarios.
¿Es esperanzadora la situación para las mujeres que se dedican a la literatura? ¿Cuál es tu reacción y acción ante el despertar femenino experimentado en un canon tradicionalmente machista?

Quiero pensar que es esperanzadora la situación para las mujeres en cualquier ámbito de las artes y en cualquier ámbito laboral aunque nos toque luchar todos los días para alcanzar la más básica igualdad de género.

Intentando correr el velo invisible de la historia que posees como lectora ¿Cómo ha configurado tu forma de situarte ante el mundo la literatura? ¿Cuáles géneros, revistas y medios han marcado época en tu experiencia lectora? Actualmente, ¿qué lecturas te obsesionan y a cuáles tienes planeado acudir en el futuro?

Creo que la lectura te da un lugar, los libros leídos son el punto de vista que tienes, como unos lentes con los que ves todo. Me gusta leer narrativa, ensayo, filosofía, pero le debo mucho más a la poesía, especialmente a Fernando Pessoa que me cambió cuando tenía 13 años. Me regalaron un par de libros de Pessoa, más bien un roperazo de una tía, tenía que regalarme algo, no sabía qué hacer con esos dos libros y me vio la cara de nerd y listo, me cambió la vida. Le soy fiel a esos dos libros y al género pues me hizo darme cuenta que eso era lo que me gustaba, aunque nunca he escrito poesía trengo la fantasía de escribir una novela breve que sea un intento fallido de poema que se llame Poema gemelo, algo así como el gemelo perdedor, jajajajaja, suena a película ochentera, como el hermano perdedor que toma refresco y come palomitas frente a la televisión mientras el otro trabaja en el hospital. Estoy leyendo libros de escritores de mi generación. Amo el libro de cuentos de Liliana Colanzi “Nuestro mundo muerto”, y estoy con las joyas “Un reino demasiado breve” de Mauro Libertella y “Los revolucionarios lo intentan de nuevo” de Mauro Javier Cárdenas.

Y situándonos en el terreno del dilema patrocinado por el cliché (que a su vez halla patrocinio en cierta pasión)… entre leer y escribir ¿qué experiencia resulta para ti más placentera? ¿Son dos procesos muy distintos en esencia o van unidos irremediablemente?

Encuentro el mismo placer en leer y escribir. Cuando algo me emociona en lugar de seguir de corrido, me detengo y salgo a caminar, me compro algo, un refresco, por ejemplo. Los refrescos fueron el termómetro que me decía que es igualmente chingona la sensación de escribir que de leer. Algo así como el viernes y el sábado por la noche, no es que una sea mejor que la otra, una le sigue a la otra o es parte del mismo fin de semana, pero tal vez no es buen ejemplo si a mí lo que más me gusta es la indecisión de qué poner el viernes en la noche.

Brenda Lozano (Foto de Pablo López Luz)

[Imagen: Brenda Lozano por Pablo López Luz]

Como escritora, hay un recurso que aparece como centro en tus tres libros: el monólogo. Si somos, como capturó en su Muerte sin fin José Gorostiza: islas de monólogos sin eco… ¿Cuál es la importancia de expresar en tus obras una interioridad?
El monólogo interior como una forma de escritura que tiene el pensamiento y el monólogo en voz alta como una forma que tienen los personajes para conversar a solas cuando se está acompañado. Dos posibilidades entre muchas. ¿Por qué decides volver, conscientemente, a utilizar dicho discurso narrativo? ¿Sirve como una forma de filosofar y ensayar dentro de la novela?

Me encanta esta pregunta. Al escribir mi primera novela me preguntaba mucho por los diálogos. Le di muchísimas vueltas al tema del diálogo entre los personajes y resolví que no quería escribir sino monólogos que de pronto se cruzaran. Los diálogos tienen algo artificial, a veces en pareja pasa que tenemos dos monólogos que se cruzan y se afectan el uno al otro. Me problematizaba poner a dialogar dos personajes, las muletillas, la forma de hablar de cada uno, los desvíos y desvaríos en los diálogos. Ahora en Cómo piensan las piedras pude explayarme con algunos monólogos en los cuentos, en varios de ellos me imaginaba que la voz se dirigía a alguien más, como cuando cuentas algo por teléfono o como cuando escuchas sólo una parte de la entrevista. En todos los cuentos hay un interlocutor fantasma que me ayudaba a llevar el relato, como si mi papel fuera transcribir una entrevista borrando las preguntas.

¿Qué despierta en ti la fascinación? Vemos transitar en tus textos historias sobre animales, abuelos y nietos, relaciones amorosas propias de este siglo y todas ellas involucran entre sí un gusto por el presente, las lucubraciones, la ciencia y la poesía. ¿Por qué hay un imán entre dichos temas y tu escritura? ¿Y qué rescatas de esa exploración?

Es curioso, hace poco un amigo me preguntaba de dónde vienen las historias. Es algo a lo que le he dado muchas vueltas. De pronto escuchas alguna historia o ves alguna noticia y algo se activa, algo se prende. Y ahí se queda instalada esa historia o esa noticia y te toca hacer algo con ella. Me acuerdo que en un bar un amigo me contó que en el avión le tocó en medio de un grupo de niños mexicanos y un rabino. Me fascinó esa situación, pensé que ahí podía haber algo en esa relación arbitraria y espontánea de los aviones, y escribí un cuento que se llama Todo lo prestado en el que un rabino viaja de emergencia en medio de niños que echan desmadre, se avientan cosas de un lugar a otro.

Volviendo a asuntos más terrenales, me interesa saber la opinión que te da el centralismo. En una de tus novelas, Cuaderno Ideal (2014), tiene lugar una fiesta a la que asiste “el artista más importante de México”, se trata de un artista visual. De esta escena me importa retomar las frases que vienen después “El secreto (…) está en la palabra “importante”. En el DF podríamos fundar la secta a esa palabra”. Tú has vivido muchos años en la Ciudad de México ¿representó tu ubicación una ventaja a la hora de difundir tu trabajo? Y ¿a qué se enfrentan los jóvenes (y no tan jóvenes) escritores que desde otras ciudades y comunidades quieren dar a conocer su trabajo literario sin, necesariamente, apostar a los trampolines culturales de la capital del país?

Es muy buena pregunta. Nací muy cerca de donde vivo actualmente, no de una forma planeada, sino accidental. He vivido principalmente en la Ciudad de México y también en Estados Unidos. Aunque uno no hace absolutamente nada por el lugar en el que nace, creo que ahora es mejor. Cuando yo estaba en la universidad había unas dos revistas y dos suplementos culturales, no más, y todos principalmente llevados por hombres que tenían la edad de mis papás o mis abuelos, es decir, no había forma. Y aunque estábamos cerca de que internet explotara, eso ahora es muy distinto, los medios son muchos, por fortuna, y hay espacio para todos. Internet en ese sentido borra el centralismo tanto territorial como cultural, así como horizontaliza la información y sin duda podemos ver lo que se escribe en tantas partes, al lado de tantas voces que antes no hubieran podido existir una al lado de la otra y quizás tampoco habrían encontrado espacio de publicación. 

Y sobre esa línea, como escritora ¿hay un compromiso de tejer redes? Además de los amigos que van surgiendo por casualidades y causalidades… ¿Existe un interés por compartir las propuestas que como lectora e investigadora vas descubriendo?

Los amigos surgen en las casualidades más azarosas y arbitrarias, como que la primera letra de tu apellido concide con la de tu compañero en el colegio o con el que está enfrente, o como que te invitan a un encuentro de escritores. Recientemente estuve en Cartagena, Colombia, como parte del Bogotá-39, y fueron días muy divertidos, no paré de reírme en una semana, regresé sin voz, con gripa y con algunos chistes locales, con algunas teorías como billetes de Monopoly, con una maleta llena de libros, nuevos amigos y un chat de todos.

Escrito por Brianda Pineda Melgarejo

Xalapa, 1991. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana.