III

El canturreo de los pájaros despuntó junto con el sol de la mañana. Las calles comenzaron a llenarse. Los hombres se dirigían al trabajo, mientras las mujeres iban por el mandado. Los niños aún dormían, tan tranquilos, inocentes del infierno que comenzaba a surgir (a renacer) a su alrededor. Era el amanecer de la ciudad. Una mancha podrida de civilización, mezcla de dos razas, bastarda en su orgullo, violada. Los trajes se paseaban despectivos, indiferentes ante el sufrimiento del diferente, del otro. Las mujeres trataban de aparentar una nobleza que no era la suya, viajaban a Francia y volvían cargadas de joyas y perfumes. El olor rancio de la burguesía mezclado con la ignominia. Las calles tapizadas de polvo. El pobre que es polvo, el polvo que es muerte.

El voceador gritó las últimas noticias:

—¡El Presidente Díaz habla del futuro de la nación!

Sandoval miraba por doquier, como queriendo encontrar la aguja del pajar, ésa que todos han buscado y pocos han encontrado. Tenía los ojos bien abiertos, esperaba cualquier destello, insinuación o aparición. Podía ser hoy, podía ser mañana, podía ser nunca. Él podía estar en cualquier parte, no, es más, él estaba en todas partes. Era como el aire, sólo que un aire manchado de veneno. En eso radicaba su paradoja. Por un lado, era necesario; al menos para Sandoval lo era. Una bocanada de oxígeno puro en el abismo de un mar infinito, tan profundo como un beso roto. Pero también era veneno. Su regreso era tan necesario como despreciable, tan urgente como mortífero, tan inevitable como desafortunado.

La estación de ferrocarril lucía triste. “Es por la hora”, le dijo un empleado al teniente Sandoval, tratando de responder a la inquietud que mostraba éste. Mas a Sandoval eso le daba lo mismo, sus pensamientos y preocupaciones estaban muy lejos de ahí. ¿En dónde? Ésa era la primera dificultad, que ni siquiera lo sabía. Él nunca dijo de dónde venía, todo fueron especulaciones, que si su acento, que si sus facciones, que si el olor de su cuerpo. La versión más fuerte apuntaba a Veracruz, aunque también estaban los partidarios de Puebla, Tabasco y Tlaxcala. Pero él nunca dijo nada, casi nunca decía nada.

—¿Cuál es su nombre? le preguntó el teniente Eleuterio Sandoval

El individuo que estaba frente a él, un poco resguardado de la luz que entraba por la ventana de la oficina, era un buen ejemplar del mestizaje. Debía medir un metro con setenta, poco más o menos, su cabello era más negro que el hollín, sus ojos, semirasgados, carecían de brillo, como si su portador no tuviera alma, sus labios estaban secos, partidos, despellejados, su piel de un bronce oscuro se marchitaba, reseca, sudorosa. Pero lo más especial era su bigote, tupido sólo en los extremos.

—¿Es necesario contestar eso?

La voz era un tanto cómica, de un tono grave pero de una agilidad difusa.

—Claro que es necesario, ¿cómo pretende que le dé chamba si no sé ni su nombre?

—Diógenes Espinosa fue la escueta y apresurada respuesta.

Diógenes Espinosa había llegado así, sin más, a la Gendarmería. Nadie lo esperaba. Nadie lo conocía. Llegó y, con la misma celeridad con la que le había contestado al teniente hacía un momento, pidió hablar con él. Su secretaria por poco se ríe. ¿Qué no sabía aquel indito que para hablar con algún superior tenía que hacer cita? Estuvo a punto de echarlo, pero vio algo, un destello de odio, tuvo miedo. Por eso prefirió preguntar:

—¿Qué asunto lo trae?

—¿Es necesario contestar eso?

—Si no tiene una cita previa, me temo que sí.

María de la Paz del Refugio Contreras, secretaria del teniente Sandoval, tragó saliva, por alguna razón no quería hacer enojar a ese hombre. Se sentía oprimida, vulnerable.

—Quiero ponerme a sus órdenes.

María de la Paz se levantó enseguida y fue a buscar al teniente. Ella ya no quería saber nada. Quería regresar a su rutina, olvidarse de esa podredumbre, de esa pestilencia que la carcomía.

—Deme un momento fue lo único que atinó a decir antes de entrar con su patrón.

—Mire señor Espinosa… ¿o acaso debo decir joven Espinosa? Dígame, ¿cuántos años tiene?

—¿Es necesario contestar eso?

—Eso depende de usted.

Eleuterio Sandoval esperó lo más que pudo, quería escuchar algo, cualquier respuesta, pero no la hubo, así que se vio obligado a continuar con la conversación (¿interrogatorio?).

—Me refiero a ¿qué es lo que pretende usted aquí? Vamos, ¿de qué quiere trabajar?

—Quiero luchar por mi país.

La furia con la que Diógenes contestó sorprendió a Sandoval. No era tanto la respuesta. Había escuchado a muchos decir lo mismo. La mayoría hinchaba el pecho por su patria, al menos eso querían aparentar. No, esto era distinto. Lo importante no era la superficie, sino el fondo. Y el fondo estaba seco. Y eso lo hacía terrible. Una pasión terrible.

Sandoval contestó por inercia:

—Muy bien, entonces comenzarás por fregar el suelo, los baños, traerás mi comida y la de la señorita Contreras, atenderás los recados y volverás a limpiar el suelo.

Sandoval llegó a creer que ese tal Diógenes Espinosa se daría la media vuelta y se iría por donde vino. Este era un reto, quería poner a prueba su pasión estéril, quería convencerse de que eso no era posible. Además, tenía argumentos para sostenerse. El chico no debía tener ni dieciocho años, así que no podía ofrecerle algo más. Era una lástima que…

—¿Con eso estaré luchando por mi país? preguntó con la misma euforia.

—Sí, con eso lucharás por él.

—Muy bien, entonces estoy a sus órdenes jefe.

Diógenes Espinosa giró súbitamente y salió por la puerta. Sandoval creía haberle ganado (¿ganar qué?). Su autoridad se había impuesto sobre un chico rebelde de pueblo que sólo quiere fama y dinero. Uno menos que soportar. Tomó un puro y exhaló con fuerza. En ese momento, Diógenes volvió a entrar, pero ahora llevaba consigo una escoba y un trapo. Comenzó a limpiar el suelo.

La voz de un nuevo voceador estalló a lo largo de los andenes del ferrocarril. “Las mismas noticias de siempre”, pensó Sandoval. Había decidido dirigirse a Veracruz, ésa era su pista más segura. Una vez en el puerto, hablaría con la gente, con las sirvientas, con los policías, con el gobernador si era necesario. Llevaba suficiente dinero como para pagarles la risa. El Coronel no estaba dispuesto a un fracaso. Tenía quince días para encontrar al 777. La reaparición del Chalequero no podría ser cubierta por mucho tiempo. Los periódicos comenzarían a sospechar. La presión surgiría. El Generalísimo les pediría cuentas y eso sí que era preocupante. Nadie quiere terminar frente a un paredón de fusilamiento, ni mucho menos en la calle, muriendo de hambre.

El anuncio de la salida del tren se hizo con la suficiente anticipación como par que Sandoval pudiera pasar al baño a descargar un poco del miedo que le atravesaba la garganta. Un chorro de pis salió disparado. La orina roció los bordes del inodoro para después redirigirse al centro de su universo. Un fondo desconocido, agrietado, maloliente. Las náuseas de la mierda embarrada en el piso, abono de muertos y escoria. Un mundo subterráneo, ajeno, en el que sobra vida, la decadencia.

Sandoval se dio cuenta de que un hombre lo veía de reojo. Primero pensó en un joto, por lo que tuvo la intención de detenerlo por faltas a la moral. Pero después comprobó que su mirada no iba dirigida a su miembro flácido, sino a su persona misma. Un amigo quizá. Pero si fuese un amigo éste ya lo hubiese saludado. ¿Lo conocía de algún lado? ¿Un compañero de sus años mozos? Debió ser la situación imperante en su entorno; el teniente de nuevo tuvo miedo. ¿Y si era el Chalequero? El escalofrío de la venganza. Una pistola que roza los dedos, los acaricia con besos pródigos. Un espejo que refleja dos figuras en tensión, intoxicadas por el aroma a caca podrida. Pero nada, el hombre sale sin mayores aspavientos, no sin antes mascullar algunas palabras que nadie oye.

El tren arrecia la marcha, el mediodía se manifiesta allá en lontananza, risueño. Sandoval trata de atar cabos. Un hombre, un baño, una indirecta, un rostro desconocido. La ciudad comienza a alejarse. Es una mancha que se esfuma, ligera en el borde los árboles. Y se viene la reminiscencia. El campo es un buen lugar para recordar.

Escrito por Slaymen Bonilla

Licenciado en Filosofía (ULSA) y en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM), Maestro en Filosofía (CIDHEM) y Doctorante en Filosofía (COLMOR). En 2011 entra al Diplomado en Creación Literaria del “Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia” (INBA), en el que tiene la oportunidad de tomar clases con profesores de la talla de: David Olguín, Pablo Mandoki, Mónica Brozon o Jaime Augusto Shelley. Ha ganado cuatro certámenes de poesía: Grau Miró (España), Calaveras Literarias (México, FCE), CECIL (México, UAM-I) y Alejandría (México). Su Ópera Prima, El Cantar de Quetzalcóatl, Ehécatl, fue publicada, en su primera entrega, en 2014 por el Sello Editorial “Ediciones y Punto”. Ya para agosto publica Poemología (Textosterona), Rimisurdos –al lado de su gran amigo y hermano, el pianista Jorge Hernández Medrano– (Ediciones y Punto) y un ensayo sobre la Filosofía Náhuatl (Filosofar en tiempos de crisis, DelaSalle Ediciones). En 2015 da a luz su primer libro de aforismos filosóficos, Distófrasis, al lado del Colectivo de Los Filósofos Malditos, del cual es cofundador. Tras el éxito obtenido con el Cantar de Quetzalcóatl, prepara la edición completa del primer tomo. Además, es autor de más de treinta publicaciones (poesía, cuento, ensayo, etc.), tanto en revistas digitales como impresas, nacionales e internacionales.