Comencemos por el final. En las últimas páginas de Madre mía (Caballo de Troya, 2017) nos encontramos con un historial clínico fotocopiado y tachado convenientemente en el espacio donde deberían aparecer nombres (paciente, médica). Madre mía es la segunda novela publicada en España por Florencia del Campo (Argentina, 1982). En esta novela los lenguajes se subvierten para crear una tensión formal que acaba resultando inquietante y también dolorosa. Ese historial clínico real le sirve a la autora para tensionar la literatura hacia esos límites que la crítica y la academia han dado en llamar “autoficción”. El lenguaje público, el médico, el científico, acaba siendo indescifrable y el lenguaje que se acaba convirtiendo en público, haciéndose novela, es el íntimo, el que no debería salir nunca a la luz. En ese sentido, esta novela es completamente posmoderna.

Del Campo nos cuenta la historia que ocurre entre el diagnóstico y la muerte de la madre de F., la narradora y protagonista, y los continuos viajes de esta, a veces leídos por su entorno en clave de huidas, y que nos despliegan una de las líneas narrativas del texto: la difícil relación madre-hija, singular y universal, y la culpabilidad por buscar la propia vida, el lugar, al mismo tiempo que se renuncia al deber ¿social, moral, histórico? de cuidar de una madre enferma. Es una situación en la que solo se puede elegir la manera de perder.

madremía

Es, lo sabemos desde el principio (o desde el final), el lenguaje lo que tiene verdadera importancia. Así como la literatura, en sentido formal, más que la historia que nos es contada. Que la narradora escriba las páginas desde España le sirve a Del Campo para expresar la violencia del lenguaje: del materno, del extranjero, del adquirido y del despreciado.

Son las conversaciones imaginarias, diseminadas por toda la novela, entre madre-muerta e hija, las que dan dimensión real, curiosamente, las que consiguen que nos hagamos una idea de las emociones reales ante una madre que sabemos que se está muriendo y le dan profundidad a un personaje que apenas se nos describe. Esas conversaciones, en las que a veces aparecen más de dos voces, las distinguimos visualmente por la cursiva; mientras que la redonda nos sitúa más en la narración cronológica de unos hechos, de unas tramas.

Hacer competir tu enfermedad con mi literatura. Decir eso en este libro…¡qué ironía!

A pesar del ejercicio formal sofisticado que nos propone Del Campo y de la dureza de la historia y de algunos pasajes en especial, la novela no deja nunca de resultarnos divertida y cercana. Como si F. fuera un poco cada una de nosotras y como si le guiñáramos el ojo ante la adversidad porque nosotras también sabemos de qué nos habla.  Es una narradora que usa la ironía para desmarcarse de su familia y el sarcasmo para digerir la pérdida. Pero no es un libro sobre el duelo. Es un libro sobre cómo nos colocamos ante la muerte y ante el cuidado y cómo usamos el lenguaje para matar o para no morir.

Además de la narración y el historial, Madre mía nos ofrece un ejercicio metaliterario que sirve para explicar y también para esconder, párrafos fulgurantemente poéticos y otros recursos como canciones infantiles que se vuelven crueles ante la alegoría de la madre.

Tomo este libro como lo que es, o como lo que quiere su autora que sea: una novela sobre la literatura y sobre el lenguaje, y no tanto sobre las relaciones familiares y cómo estas nos construyen y cómo estas nos encallan. Si lo tomamos de esta manera, resulta un artefacto literario brillante. Sin embargo, el juego de la verdad y la mentira (que es parte de esa intención experimental) resulta al final eso, solo un juego: lo que es mentira se desvela como tal o, al menos, como duda. Da igual que los nombres estén tachados o que la autora solo nos permita leer las iniciales. Sabemos que la manera de admitir algo es justamente mostrando que lo ocultamos.

Mi sensación encubierta e intermitente: que la familia era la última célula cancerígena de un gran tumor que ya había hecho metástasis. El gran tumor: tal vez la vida. Y la historia. La historia se cuenta con esta especie de historia clínica de una enfermedad mortal llamada familia. Morirse de familia.

Madre mía es una novela en cursiva (incluso el título lo está en la portada) porque en ese recurso se contiene lo no dicho o la voz que tanto se repitió y que ahora ya no más suena ajena. Porque la redonda y la cursiva las escribe la misma narradora pero no quisiera. Se pasa la vida (narrativa) en el borde de la hoja, en la doblez, sin ser cara ni ser contracara. Porque esa voz acaba integrándose, aunque sea distinta. De alguna forma, la voz acaba reconciliándose con el idioma materno, es decir, con su historia, con la narrativa materna, con el lugar que, ya sin culpa, tomamos a la muerte de los que nos antecedieron. Y solo puede ser entonces que empecemos a escribir sobre ella.

 

Escrito por Sara R. Gallardo

Periodista, escritora e investigadora. He publicado dos poemarios en España. También he sido docente en la Universidad Carlos III de Madrid los últimos cuatro años.