Jazmín es una princesa de castillo, custodiada su torre por sus estrictos padres, quienes la han transportado en su carruaje real durante los 17 años de su vida, a donde sea que fuere. La joven doncella, luego de mucha insistencia, consigue permiso para pasear por el valle encantado con amigas o algún novio de ocasión. Está en su último año escolar y nunca se ha subido a un micro.

Sus amigos, los plebeyos, se escandalizan al enterarse de que la infanta no conoce el transporte público, por lo que comienzan a pasearla por los anillos de la ciudad. Ella no se preocupa por el número del micro ni la dirección en que va, siempre bien acompañada.

Sus padres, pendientes de cada paso, le provocan una asfixia que solo incrementa sus ganas de salir sin decir a dónde. Ignora los reproches de que Cualquier cosa te puede pasar, te subís a cualquier transporte y ni sabés dónde acabás, y tan distraída que vas, te van a robar, te pueden secuestrar, y antes de que terminen con la última maldición, Jazmín ya está de nuevo en la calle.

Y para colmo de males, le gusta un forastero. Cualquier cosa por complacerlo. Él le recomienda ir a tomar un jugo de cupuazú porque según, es el más refrescante de la vida, y ella acata como la más importante de las misiones. Pero tienes que ir en micro, añade el chico, elevando el desafío.

Cómo llego, le pregunta Jazmín, sonrojada, y recibe una vaga indicación de calles y líneas de micro a la que no entiende nada, pretendiendo tener la figura clara para no quedar mal.

Jazmín se ensarta los audífonos, sale de su gran casa y camina dos cuadras hasta la avenida por donde parecen pasar todas las líneas de micro de la ciudad. Lee a prisa los letreros de los parabrisas en busca de una avenida cercana a destino. Alza el brazo casi por instinto cuando lee Isuto en un cartón fosforescente y se trepa al micro al ritmo de una melodía en Do mayor.

El transporte va casi vacío, el cielo empieza a despejarse y la brisa trae el alivio para el sopor de la tarde. Es un día adorable. Cuando Jazmín vuelve a la realidad, se da cuenta no sólo de que se pasó por mucho, sino de que está a punto de salir del área que conoce de la ciudad.

Se baja de inmediato y al pisar la acera, visualiza el nombre de la avenida que busca en el parabrisas del micro que viene detrás. Alza el brazo y este se detiene a su señal.

Mientras el sol se despide, Jazmín nota que el área urbana se va quedando atrás. A la señora que está sentada a su lado, le pregunta si el micro pasará por tal avenida, y ella le responde que ya pasó, tenías que haberlo agarrado del lado contrario. No tuve tiempo de pensar, piensa Jazmín.

Todos se bajan de golpe en una calle lodosa segundos antes de que el micro se estacione en una playa junto a sus semejantes. Se abre la puerta. Jazmín, sentada sola en el fondo, le pregunta al chofer que si tenemos que hacer trasbordo y él le responde que no, ya llegamos a la parada. Fin del viaje. Y dice para sus adentros, los micros no dan la vuelta.

Con los últimos rayos de luz, la ciudad empieza a transformarse en una máquina viva y monstruosa que exhala vapor por los rincones oxidados. Calles, avenidas y edificios se articulan para componer esta horrenda criatura de lodo bañada en luz amarilla y habitada por serpientes, peces, sapos y demás seres de este ultramundo lejano al que Jazmín ha venido a parar por accidente.

El miedo y el frío le erizan los huesos. Es como estar en el fondo del mar o en una máquina mágica, o en una ciudad fantasma donde las personas son sombras traslúcidas que trocaron buses por largos monstruos marinos.

Es apremiante salir de aquí, por lo que la muchacha extiende el brazo ante la primera serpiente veloz que ve, con el número 89 en la frente. Mientras el monstruo se arrastra por las calles lodosas, Jazmín mira por la ventana cómo la oscuridad se traga todo a su paso. La ciudad máquina suspira humo negro y sus articulaciones se quejan con chirridos desesperanzadores.

Otra vez hay una señora sentada a su lado, pero esta es oscuridad, como todas las personas que viajan en serpiente. El micro volverá al centro, le pregunta a la señora. Ya no, responde, tenías que tomar el que va en dirección contraria.

Jazmín, odiándose, baja en la siguiente avenida, una explanada lodosa iluminada con pobres lucecillas amarillas, idéntica a la anterior avenida, o a todas las que se extienden del Cuarto Anillo para afuera.

Cruza hacia la vereda que, según la señora, va al centro. Hay una estación de servicio que parece abandonada pero tiene luz y, guardándose bajo esta, una oscura mujer joven con dos oscuros niños de la mano.

Para evitar más viajes sin sentido, Jazmín le pregunta si este carril va al centro. La respuesta es un simple y lento asentir con la cabeza, así que a la próxima serpiente, blanca con rayas verdes, Olivia levanta la mano.

Esta vez el transporte va lleno. Ella paga con una moneda y se acomoda adelante, parada junto a otro muchacho sombrío al que le pregunta si este micro va al Cuarto Anillo. Sí, responde, yo me bajo ahí, así que te aviso cuando lleguemos.

Atraviesan varias avenidas, todas idénticas, todas extremidades de esta ciudad colosal que se arrastra por la extensión de su propia planicie. Llegan al Cuarto Anillo, lo sabe gracias al muchacho que baja con ella, pero la máquina sigue respirando humo y los monstruos siguen deslizándose por la gran avenida que tiene delante.

Está parada en medio de otro barrial y las luces más cercanas provienen de una choza de madera llena de chatarra, desde la cual, tres grotescas pirañas la devoran con la mirada, como ansiando un banquete entre bestias salvajes.

Nerviosa, aguarda sobre la calle a que aparezca un taxi, alejándose todo lo posible de las pirañas panzonas, pero solo serpientes, peces y monstruos transitan por ahí, amenazando con atropellarla. Al cabo de unos minutos, aparece un pez amarillo con un letrero brillante al que reconoce con alegría: el trufi vueltero del Cuarto Anillo que la dejará justo en la avenida.

Apenas se acomoda en el asiento, repara en que no sabe si va en la dirección correcta, tantas veces le ha pasado, pero cansada de tanto monstruo y barrial desconocido, se queda callada con la esperanza de llegar a destino. No quiere que nadie más se dé cuenta de que está perdida.

Para su suerte y con mucha dicha, llega a la avenida Banzer. Ha recuperado el ánimo, pues de lejos, la ruta se ve llena de luces, letreros y grandes tiendas donde ampararse. Empieza a caminar y se da cuenta de que la distancia entre las luces es mucho más larga de lo que parecía. Mientras sortea los charcos y basurales de esta ciudad sin aceras, piensa, Lo bueno es que estoy tan concentrada en no embarrarme que no presto atención a los peligros que me rodean. Lo malo es que me estoy embarrando.

Comienza a lloviznar y sus ropajes de verano no hacen ni el intento de abrigar a su tembloroso cuerpecillo que sufre con el agravante de este alumbrado público, que parpadea y se apaga justo cuando pasa la muchacha.

El jugo de cupuazú se encuentra unas cuadras adelante, en línea recta, pero estas son demasiado largas para seguir caminando. Espera a que la avenida se despeje un poco y corre hasta el camellón del medio, esquivando monstruos brutales que atentan con dejarla estampada en el pavimento. Toma aire y corre de nuevo para llegar a la acera donde tendrá que esperar a la serpiente que la lleve en línea recta.

Pasan muchas, todas llenas, y no se anima a subir a ninguna. Mientras tanto, oscuras pirañas conduciendo monstruos marinos le lanzan bocinazos, silbidos, improperios… Jazmín, entre furia y nervios, no sabe dónde ocultar las piernas.

Camina media cuadra más hasta un palacio plateado, protegido por portentosos leones chinos de concreto. Al instante, pasa una serpiente azul que escupe pasajeros por la puerta, pero aun así para ante la mano de la muchacha que se sumerge entre los cuerpos de sobras y pide a alguien que le alcance su moneda al chofer.

Durante los treinta segundos del recorrido, Jazmín es una sola masa con los cuerpos oscuros. Llegan al semáforo y ella vuelve a escabullirse hacia la puerta para salir como disparada. Cuando la serpiente sigue su camino, deja ver el pequeño puesto de jugos por el que se escribió esta travesía y que está justo en frente de la joven, cruzando la calle.

Mientras una licuadora tritura el cupuazú congelado, el rostro de Jazmín va recuperando el color, y luego, mientras el apreciado brebaje sube por la bombilla y baja por su garganta, la luz vuelve a las calles, los monstruos vuelven a ser motorizados y las sonrisas, al rostro de los humanos.

Escrito por Isabel Suárez Maldonado

Isabel Suárez Maldonado (1994) nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Actualmente estudia Comunicación Audiovisual en Diakonía, de la Universidad Católica Boliviana, y trabaja como fotógrafa y audiovisualista en su propia empresa publicitaria, Mothership Multimedia. Su pasión por la lectura nació con El Principito y sus primeros cuentos fueron escritos sobre el pupitre del colegio, a sus 15 años. Desde entonces se ha dedicado a expresar en letras todo cuanto ha podido. El 3 de febrero de 2012, cumpliendo 18 años, fundó el blog Caja de Zapatos, destinado a contener todos sus escritos, los que merecen ver la luz y los que no tanto. En abril del 2016 ganó el Concurso No Municipal de Literatura 2015, organizado por Alexis Argüello, quien fundó su editorial Sobras Selectas con la primera obra de esta autora. Caja de Zapatos es el título del primer libro de cuentos publicado por Isabel Suárez. Su obra completa se encuentra en https://pitilumpi.blogspot.com/