Escribe únicamente de aquello de lo cual quiere desprenderse. No porque sea capaz sino porque necesita arrancarlo, de la manera en que se arranca una curita o la piel sobrante sobre una ampolla. ¿Acaso lleva todo ese tiempo haciéndose cicatrices? Las ampollas sanan solas, pero la piel sobrante le incomoda y a veces no espera a estar bajo el agua tibia para poder quitarla. Se la arranca cuando está descalza, sentada en el sofá azúl, pensando en todo lo que no se debe pensar. ¿Qué estará haciendo él ahora? ¿Debería nombrarlo? ¿Debería escribirlo para por fin desprenderse? Escribir sobre él, no escribirle a él. A él lleva mucho tiempo escribiéndole, incluso cuando no era para él lo que escribía, pero era él el lector que debía revisar todo, debía aconsejar y calificar, marcar cada coma y anotar sobre los errores frecuentes por falta de cuidado, sugerir lecturas, manchar los bordes de las hojas. Todavía tenía guardado el cuaderno donde estaba su letra. No volvió a tener esa letra, manuscrita, nunca más, pues los mensajes pasaron a ser un asunto de correos electrónicos y chats y audios grabados.

En los mejores días le hablaba aunque no estuviera allí. Le había dicho hacía uno o dos años, conversando de fantasmas, un tema que a él le gustaba y a ella le gustaba, por aparte y por motivos distintos, que él se había vuelto su fantasma. Presencia-ausencia, decía ella. Una figura que acompaña sin que realmente esté allí. Sin embargo, lo que está allí es su ausencia, por ende, una parte suya. El efecto: se queda, permanece la parte que falta. ¿Tiene eso sentido? Se ha vuelto popular inventar palabras para nuevos viejos comportamientos que se hacen más evidentes con la ilusión de contacto. “Ghosting”. Una luz titila en un chat. Ella lee un artículo en otra ventana. La BBC indica que el “ghosting” ocurre cuando alguien con quien se comparte de manera íntima en el plano de lo textual deja de responder los mensajes. Habla de llamadas, habla de desaparecer sin explicación, habla de citas. Pero “hacerse el fantasma”, como traducen, es un asunto en donde se necesita que exista al menos un difuso punto de contacto. “Leído”. Marcador azul. Imagen de un ojo que indica que se ha visto un contenido. “Fantasmear”, el vocablo del año según el diccionario Collins.

Es muy sencillo porque en realidad no hay nada más en medio, nada ata, nada une excepto la voluntad de ver la unión y eso, es claro, queda sólo en una de las partes. El fantasma no puede aprisionarse, no puede llamarse para que venga cuando así se desee. No se le puede reclamar presencia a algo cuyo reino es el reino de lo virtual. Así ha sido siempre para los fantasmas. Entonces ella sabe que ni siquiera se trata de un chat, o un correo, o la última actualización de su página unos segundos atrás sin que haya contestado por horas. No. Se trata del modo en que su voz se acomoda en las almohadas aun cuando lleva mucho tiempo sin oirla, la manera en que cuando quiere sentirse acompañada le pide que la abrace y puede describir exactamente cómo se sentiría ese abrazo, con diminutuvos, porque es pequeño y oculto, es una transacción que no parece tal: ella se queda quieta respirando lento aguardando las señales y él se mete entre sus costillas y por unos segundos ese calor humano que ya no puede regresar existe entre los dos.

El día en que se fue, que fue el mismo día en que llegó, tomó un bus. Tomó un bus para encontrarlo por casualidad y tomó un bus para irse de por voluntad propia. O al menos eso quería creer. Habría bastado con la invitación a quedarse sentada en la incómoda silla, hecha de algún material que se asemeja a una semilla y que toma la forma del cuerpo que en ella se hunde, para propiciar la rendición de la supuesta voluntad. ¿Por qué? ¿Qué había allí para quedarse? ¿Un colchón sobre el piso y una mesita de escritorio y un cactus con el cual pincharse los dedos cada vez que intentaba abrir la cortina eran de repente una promesa de no tener que ocuparse del mundo? Ella también querría ser un fantasma, desaparecer debajo de la cobija y arrastrarse por el mundo así, como los fantasmas que simulan ser los niños. Un fantasma que no tuviera que ir al baño cada cierto tiempo porque se siente incómodo de no haberse cambiado de ropa, del sudor que se pega cuando duerme, del sabor que se queda metido cuando uno se lava los dientes con el dedo a falta de cepillo. Así que cuando se fue, por voluntad compartida, convengamos, se fue como si llevara ya no una cobija sino un bulto de edredones y sábanas, incluso hasta una toalla, puestos encima, deseando hacerse invisible, deseando que los mil trescientos cincuenta pesos mal contados no le molestaran al conductor del bus.

Y los días después de esos días fueron extraños, llenos de otros buses, coincidencias, voluntades, idas, venidas, paraderos y sólo su sábana, su sobresábana y sus cobijas. Y el desesperado intento de decir sin decir para ver si con ello parte de la sensación del peso prestado se iba, pues ya no alcanzaba a arrastrarse mucho más. Dijo entonces, sólo a él, inventando claves para encriptar aquello de su mensaje que la avergonzaba tanto como no poder ser un verdadero fantasma y tener un cuerpo con memoria de cuerpo y  contacto. En realidad no había nada de lo que hablar porque nada había pasado. Como ellos, que se desvanecían a veces, él más que ella, ella mejor que él, el evento era un evento fantasma, marcado por todo aquello que no había ocurrido. No se hicieron promesas, no se acercaron demasiado, no se llamaron, no se besaron, no hicieron almuerzo, no se sentaron a tomar el sol, no hablaron el plural, no se escondieron, no desearon otro tiempo y otra manera, no se olieron demasiado, no se tomaron de la mano, no se hicieron preguntas difíciles, no asumieron, no condenaron, no marcaron la fecha como algo memorable. Escribir era una tarea en el borde de la invención, el anhelo y los pedazos de realidad mal editados, tachados porque seguro parte de ellos eran producto de tomar bebidas alcohólicas, tener ataques de pánico, estar solo, tener miedo, preferir el agua de coca al té con bergamota. Esa era la única manera de lidiar con un nombre para que dejara de tener tanto poder: fabricarlo en la literatura aunque hubiese que reducirlo a una letra, a una cifra, a un símbolo, más manejable y menos obvio.

Escrito por Laura Andrea Garzón G

Poeta en proceso. Literata y maestra en arte. Escribe para vivir. Investigadora de la cotidianidad. Jardinera, panadera y encargada de la casa. Come con cuchara los domingos, lee cómics a deshoras y viaja cuando nadie se da cuenta.