El timbre del teléfono sacó del aletargamiento al detective Velázquez. El inigualable investigador dormía cubierto por un montón de periódicos y revistas viejas. Un improvisado gorro de papel cubría su rostro y una pistola vigilaba su santo sueño; fajada al pantalón parecía mirar toda la habitación. Pero cuando el teléfono sonó, Velázquez se sacudió rápidamente. Saltó sorprendido y se dirigió a contestar la llamada.

—Velázquez y asociados —dijo mientras reacomodaba los papeles de alrededor. Tapó la bocina del teléfono y bostezó simulando un rugido. Entonces el León Velázquez continuó hablando—. Servicio de investigación privada.

El León Velázquez había estudiado con detenimiento las series y películas gringas sobre detectives que a lo largo de su vida atesoró en viejas cintas de VHS. Sabía a la perfección los movimientos precisos: cómo hablar, cómo mirar a los clientes, cómo beber café, cómo leer periódicos mientras clavaba los ojos en los sospechosos y, sobre todo, cómo tenía que vestirse para ser un investigador privado con todas las de la ley.

—Disculpe señor, ¿en qué le puedo ayudar? —preguntó Velázquez.

Del otro lado de la línea, imaginó Velázquez, un cliente desesperado gritaba, tal como los clientes lo hacían en las series y películas gringas. Una o dos lágrimas y un sorber de mocos. Luego Velázquez, asintiendo y murmurando, golpeaba el escritorio con su pluma y simulaba tomar notas.

Al finalizar la llamada el León Velázquez volvió a bostezar sólo por el gusto de reafirmarse como felino. Estiró los brazos casi hasta abarcar por completo el lugar y después tomó sus periódicos y los puso en el sofá; en la noche los necesitaría para cobijarse del frío. Además tendría que dormir tranquilamente para investigar. Siempre buscaba descansar y despejar la mente. Velázquez solía repetirse en voz baja una frase tan sabia como los griegos que la dijeron: mente sana en cuerpo sano.

A la mañana siguiente Velázquez salió de su oficina antes que el sol despuntara. Abandonó el cuarto —una habitación de tres por tres—  y agarró rumbo por la avenida que estaba enfrente del trabajo. Recorrió todo el camino hasta toparse con la calle Revolución y dobló por la Venceremos: ahí, supuso, vería a su cliente.

Velázquez esperó por más de una hora pero nadie llegó. Impaciente, comenzó a elaborar en su cabeza una gran teoría conspirativa. Inclusive era mejor que las que salían en el canal de documentales de historia. Pensó que se enfrentaba a uno de los más peligrosos asesinos seriales. O por qué no; se enfrentaba a alguna criatura que escapó de un laboratorio secreto del gobierno. Quizá se trataba de alienígenas. Lo que sí sabía era que se trataba de un caso único.

Velázquez, feliz por ser considerado apto para aquel asunto y sin esperar por más tiempo a su cliente, se dirigió a su oficina para comenzar la investigación y adelantarse a los hechos. Así como los detectives gringos. Llegó a  su escritorio y tomó los periódicos para buscar el indicio de aquel crimen que tendría que investigar.

Seguramente se trataba algún caso extraordinario: tal vez era como el del hombre que había matado a su amigo, una joven promesa de la literatura, para robarle el dinero que obtuvo al ganar uno de los premios literarios más importantes del país. O era como el de la mujer que harta de sus ex novios, los había mandado asesinar uno por uno de la forma más cruel posible. Quizá esta vez se trataba de lo mismo: de una joven promesa literaria o de un exnovio asustado.  Quizá de una joven promesa literaria que tenía una exnovia asustada que trabajaba en un laboratorio secreto.

Pero el único indicio que Velázquez encontró, fue la fecha en que había ocurrido el primer incidente que daba pie a pensar lo complicado del caso. Después de eso su teléfono volvió a sonar, como todos los días y a la misma hora, con la alarma que lo hacía pensar que respondía llamadas en las que le encargaban resolver los mejores casos que días antes leía en el periódico.

Escrito por Luis Fernando Rangel Flores

Es egresado de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente es miembro del comité organizador del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea y editor asistente de la revista Metamorfosis. Es autor de Hotel Sputnik (Tintanueva, 2016), con el que obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Rogelio Treviño 2015, de Conversación de dos gatos (Sangre ediciones, 2017), segundo lugar en el Premio Nacional Sergio Pitol de Relato y Poemas para un Lugar Común (ICM, 2018). Textos suyos aparecen en revistas como Tierra Adentro, Himen, Hybris, Morbífica, entre otras, así como antologías de cuento breve. Recientemente obtuvo el Premio Estatal de Poesía Joven Rogelio Treviño y fue becario del Noveno Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la F, L, M.

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