Ernesto Sabato por Aldo Sessa

Hace 16 años llegué a un Buenos Aires que no era cierto, es decir a uno imaginado, vislumbrado en los cuentos de Julio Cortázar, de Roberto Arlt pero sobre todo en las novelas de Ernesto Sábato. Un Buenos Aires literario, que se rompió cuando llegué al real.

La ingenuidad de un chico que cree que una ciudad está habitada por sus personajes literarios, hizo que en mi primer día vaya del hotel hacia el parque Lezama, el mítico parque donde Alejandra y Martín (personajes de Sobre Héroes y Tumbas) comienzan una de las historias de amor más tormentosas de la novela universal.

El parque está entre los barrios San Telmo y Barracas. Yo estaba en calle Corrientes. No me quedaba más que tomar el subte. Luego de confundirme de línea llegué a la Estación Constitución. La misma donde en 1977 habían perseguido a balazos a Rodolfo Walsh, periodista que enfrentó directamente la dictadura militar. Allí lo emboscaron y al final terminaron desapareciéndolo. Pensaba en eso mientras caminaba las -ya algo peligrosas- cuadras que separan la estación del parque.

Las mujeres son apariciones de una belleza vedada y yo pienso si alguna de ellas ha leído a Sábato y más aún: si alguna quiere ser como Alejandra.

Pero llegó al parque y parece una feria, es domingo y toda la ciudad está aquí, los chicos juegan fútbol, las familias alrededor de las parrillas, cientos de niños en bicicletas, patinetas y demás objetos de juego. Las pocas parejas se besan o caminan bajo un sol que aparece cuando desembocó en la vereda que da a las bancas, cerca a las estatuas (alguna de ellas debe ser la Ceres -recuerdo haber pensado).

No sé  bien qué busco pero la bulla me estresa y no puedo más que caminar, rodeo el parque hacia el bajo, donde una tienda de comida rápida me retorna y termino por ir hacia el otro lado,  de regreso al micro centro porteño. Luego de dar un par de vueltas más. Regreso al hotel algo decepcionado.

Pasan los días y sigo queriendo ver lugares y personas. Me encuentro con el poeta Antonio Requeni quien me recibe varios días en su casa del barrio  de Caballito. Yo quería conocerlo por su poesía y sobre todo porque había sido amigo de Pizarnik (la otra Alejandra que me obsesionaba). Una de esas tardes le comenté mi experiencia en el parque Lezama, mi interés por Sábato.

–Che´ sho trabajé con él, un maestro. ¿Por qué no vas a visitarlo?

Le respondí que no tenía idea de cómo ir, que solo sabía que vivía fuera de la ciudad. Entonces Requeni  se levantó del sofá y sacó su libreta del escritorio.

–Aquí está, shamalo, hablá con Martín, quien le ayuda, es un buen pibe.

Salí y en la primera cabina telefónica que encontré, marqué por primera vez su teléfono. Nadie contestó. Tomé el bus hacia El Abasto, donde vivía, y al bajar en Anchorena entré a un locutorio. Está vez si contestarían. Me contestó Gladys, que volviera a llamar, que Martín era el que le podía dar más información, que el señor Ernesto ya no recibe visitas pero que en todo caso llamé más tarde.

A los días, cuando logré hablar con Martín y luego de que me diera la dirección de Ernesto Sábato, a un par de cuadras de la Estación de Santos Lugares, me puse muy nervioso, me aterré. Vení pero no te aseguro que te reciba, si como decís querés dejarle algo, vení. 

Me costó mucho escribirle al autor de El Túnel. Martín me dijo que lo más que podía hacer por mi es leerle la carta, entregarle mis poemas, las revistas que traía conmigo desde Lima y darle mis saludos. Luego de un par de días estaba listo y fui. Por un azar que no busco comprender, todo fue contundente. Volví a ir un par de veces más a esa casa antigua, hermosa, de grandes árboles y enredaderas.

Luego me fui del país.

Pero cuando la tristeza o la desolación me invadía (en Santiago, Rosario, Potosí u otra latitud), cuando andaba extraviado, me asaltaba la certeza de poder llamarlo y que me escuche, marcar otra vez el 05411 47571373. Saber que podía reencontrarme con alguien que me había salvado con su libros y que además -y sobre todo- había escuchado mi voz, me reconfortaba. Tener el teléfono de Sábato durante muchos años me sirvió como me sirvieron sus libros.

Ahora, 16 años después, el teléfono sobrevive en mi agenda.

 

*Fotos: Aldo Sessa.

Escrito por John Martínez Gonzales

Balsa de instintos.