En un pequeño café de Coyoacán, entre murmullos de platicas domingueras, David y Rebeca platican en una de las mesas. Llevan seis meses siendo novios y en una semana cumplirán el séptimo, recuerdan sonrientes. No cesa entre ellos el intercambio de palabras que procuran ser caricias, caprichos, temores que finalmente son fantasmas. Qué rico, dice David tomando el ala de la tasa con torpeza.

El café está repleto de clientes, ni una silla vacía. A lo largo del sitio se desarrollan frases entrecortadas como “es que… ¿sabes qué…? Como no traigo tenis, mano…” o “No… sí me siento bien. Es el sol, nomás”.

Dime una cosa, le pide Rebeca a David con mueca de oreja a oreja. Cuéntame algún secreto, ándale. Él da un sorbito más y la mira como si tramara algo. ¿Segura?, le responde acomodándose correctamente. Va, ahí te va. La primera vez que te conocí… te fui siguiendo por toda la calle de Francisco Sosa, Pingüinito. Ibas con la blusa roja que te pones cuando hace mucho sol. Pero ¡no te vayas a enojar, ¡eh!, termina con sonrisita traviesa.

Rebeca no parece sorprendida, le devuelve los ojos sobresaltados, relucientes. Recarga sus cachetes en las palmas de sus manos. Platican del tráfico, de que este año lloverá más, de los daños del terremoto en la Condesa. Tras un par de minutos, David le revela un video donde Rebeca aparece sentada en el vagón del metrobús con la cabeza recargada en el vidrio. Una escena nostálgica que roza en lo triste, con la delicadeza de ser filmada con intenciones perturbadoras. El cabello y las manos y luego zoom en el ojo.

— Esto lo grabé otro día en el que te vi entrando en la estación de La Bombilla y me dije a mi mismo: voy a seguirla, es el amor de mi vida. ¡No te vayas a enojar, eh!

¡¿Qué?!, contesta Rebeca, topándose la boca con sus manos, mientras observaba la grabación con la cara asomada en la pantalla del teléfono. ¡Qué fea me veo! ¡bórralo ya!, y se carcajean y él le toma los dedos y los besa saboreándolos.

El mesero se aproxima y piden otra ronda de cafés americanos.

Suena el chocar de platos. En la mesa de junto, la voz de un niño preguntando a su padres cuestiones filosóficamente evidentes. Toca ahora hablar de la horripilante película Wes Anderson que es como un desganado pastel de quince años, luego del trabajo de Rebeca, por centeava vez de lo impactante que se sintió el terremoto. Pero al volver el turno de David, las revelaciones tornan más agudas. En exiguos minutos le confiesa con la manos en el aire:

— Mira… es bueno decirlo todo, ¿a poco no? Ya que nos queremos tanto Pingüinito te voy a confesar algo más: me robé tus calzones la última vez que hicimos el amor en tu cuarto. ¡No te vayas a enojar, ¡eh!

Rebeca le dice con sobresalto algo así como: ¡¿Qué te pasa por la cabeza?!¡Ay, Pingüino!, alargando la última silaba. Se ríen. Pero en los ojos de Rebeca se alcanza a ver algo que comienza a parpadear.

— Ahí te va. El último: al segundo mes de ser novios me lancé para Acapulco porque quería seguir viéndote. Renté una habitación en la costera. Me eché los siete días enteros. A la hora del desayuno estaba siempre puntual comiendo en el hotel donde te hospedaste con tus papas. Con mis lentes de sol y mi traje de baño y toda la cosa. Es que te amo tanto, Pingüinito. Quería protegerte ¡No te vayas a enojar, eh!

Silencio. El niño filosofo pregunta a sus padres qué quiere decir epicentro. Lo que hasta entonces fue un pequeño pellizco, se volvió jeringazo en el pecho. Una mínima vibración explotó microscópicamente en el ojo izquierdo de Rebeca. Cierto pajarito que volaba por el ventanal del café debió de haber oído el crujir provocado por semejante fenómeno de la naturaleza. El semblante angustioso de Rebeca, su gesto enjuto. No entendía cómo su Pingüinito llegara a tales niveles de perversión sexual. Un hombre con el perfil de un asesino en serie. Se le vino a la cabeza la foto del asaltante del Oxxo, envuelto como el gordito Michelin.

¡Alguien que era capaz de violar a un niño!

¡A lo mejor hasta traía una navaja en la bolsa!

Salen enseguida con el pretexto de que la jefa de Rebeca la necesita de vuelta en la oficina. Rebeca se excusa peinándose ansiosa. No te vayas a enojar, ¡eh!, le repite David abrumado cuando se despiden. Rebeca lo bloqueó de todas las redes sociales. Los nervios se le curaron tras semanas de insomnio.

 

 

 

Ilustración: Intérieur, Hesnes, Norvège -1925. Albert Marquet

Escrito por Alejandro Arras

Alejandro Arras (México, D.F. 1992) Egresado de la carrera de Ciencias Políticas por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha sido publicado por las revistas Punto en linea UNAM, Amberes, Opción ITAM, Circulo de Poesía, La Rabia del Axoltl, entre otras.