Todos los días, más o menos a la misma hora,
espera su tristeza de la mano de un fármaco barato,
apenas terminaba su niñez cuando su siguiente paso lo llevo a entrar a un prostíbulo

lo miro;
y cruza la calle, pálido como siempre,
con sus ojos hundidos en los senos de alguna mujer y sus ojeras pegadas a su cráneo,
con el olor de quién estuvo semanas masturbándose en su cama,
tanto sexo, tantas mujeres y lo pienso virgen
es tan flaco que me deja ver sus huesos,
pero nunca sus venas,
oculta sus escasos pedazos de carne,
como quién teme a descubrirse débil.
El chico triste tiene más años que yo,
pero fue sensible por más tiempo,
frágil, y sincero.

El chico triste y yo nos miramos po apenas unos segundos y nos decimos todo,
creo que es mi doble,
la nostalgía y lo nuestro nació con apenas segundos de diferencia,
Ninguno de los dos vió mejor esperanza,
que hacer desaparecer nuestros cuerpos de la tierra,

con un simultáneo orgasmo.

Escrito por Tania Mendoza

México 1996. Licenciada en Estudios Latinoamericanos. CDMX.