CENIZAS DE CUERPOS LUMINOSOS

Viajemos imaginariamente a septiembre de 2017 y presenciemos recuerdos de cosas que nunca nos han pasado. Es una tarde de primavera en la chilena ciudad sureña de Puerto Montt y la sala Hardy Wistuba de la casa de arte Diego Rivera abre sus puertas para presentar la obra Herida, del artista visual Cristo Riffo. El espacio está oscuro, a la espera de un público que desplegará un recuerdo colectivo hasta entonces suspendido, en estado de latencia.

Herida reúne tres vidas cuyo final converge en un sólo acontecimiento: se trata de tres personas que han quemado intencionalmente su cuerpo en la vía pública en Chile como señal de protesta, como purga y exteriorización de una previa muerte interior, como única y desesperada salida a la opresión de un poder político y económico capaz de arrasar con todo signo de humanidad.

Al ingresar los espectadores, un sensor capta el movimiento de sus cuerpos y enciende tres máquinas ampliadoras de fotografía, instaladas en una mesa. Cada ampliadora revela sobre una superficie de polvo fotoluminiscente un retrato distinto, conformando una trilogía en que se reúnen rostros interconectados, como señala el texto de presentación de la obra, «por la sucesión de relatos históricos, sociales, económicos y políticos. Los tres, gritando con su muerte la falla de un sistema nacional que ahoga y quema.» (Acosta, L. 2017).

(Video de Herida)

Las tres ampliadoras fotográficas continúan encendidas durante un minuto, para luego apagarse por cien segundos, durante los cuales los retratos permanecen encendidos por la luminiscencia del polvo y los asistentes a la muestra pueden tocarlos, remecerlos, soplar, empujar las partículas de estas cenizas luminosas hasta desfigurar la imagen proyectada. Concluidos los cien segundos, sobre la pared opuesta y pintada con un químico fotoluminiscente, se proyecta durante cuatro minutos la imagen de una casa en llamas. Esta casa no es parte de la biografía de ninguno de los retratados y podríamos leerla como otro cuerpo que se quema; el mundo personal, el refugio de nuestra identidad, un lugar amoblado por nuestros hábitos, pensamientos, afectos, emociones y deseos, que es a la vez nuestra casa y la casa de todos. Luego de esta última proyección se apagan todas las ampliadoras y sólo quedan las imágenes luminosas. Este estado marca el fin de la secuencia, hasta que el desplazamiento de las personas reactiva el sensor y el ciclo de la memoria vuelve, revelándose nuevamente, estas imágenes sobre superficies que reciben y reflectan.

Los retratos incluidos muestran sus rostros íntegros, en un estado inicial al que sólo pueden regresar en la memoria de quienes los recuerdan y del cual no se puede deducir su drástico final, ya que el tema que reúne a estas vidas en Herida sólo está descrito en el texto de presentación de Luna Acosta (2017), que adosado a una pared narra tanto las tres muertes como las circunstancias que están detrás de ellas, excluyendo de la obra todo documento visual que ilustre los hechos. Este gesto permite que la audiencia recuerde sus rostros en el estado del que nunca debieron extraviarse. Las fotografías no están fijas en el espacio; esta Herida está compuesta más bien por acciones que activan y desactivan una impresión en la mirada, una imagen que aparece, se fija y luego al desvanecerse es sustituida por un fantasma que evidencia su desaparición. La levedad de estas imágenes es entonces una representación de la fragilidad que nos constituye.

El acontecimiento colectivo convocado por Herida tiene tres instancias:

1. Cuando Sebastián Acevedo roció con combustible y prendió fuego a su cuerpo en las afueras de la catedral de la ciudad de Concepción el día 11 de noviembre de 1983, luego de dos días buscando a sus hijos María Candelaria y Galo, quienes fueron detenidos por la policía secreta de la dictadura de Augusto Pinochet. Luego de este suceso, Sebastián Acevedo fue trasladado al hospital regional de Concepción donde murió a pocas horas. Actualmente, una cruz de piedra y una placa lo recuerdan en la entrada de la Catedral de la Santísima Concepción.

2. Cuando Eduardo Miño, ex trabajador de Pizarreño S.A (empresa que en 2008 sumaba 1.589 muertes por asbesto), desempleado y padeciendo asbestosis, reparte entre los transeúntes de la Plaza de la Constitución una carta que denuncia la impunidad de la empresa, para luego enterrar un cuchillo en su abdomen y prender fuego a su cuerpo. El hecho ocurrió el 30 de noviembre del año 2001 durante un acto de la Comisión Nacional del Sida en que participaba la entonces ministra de salud Michelle Bachelet. Estuvo cinco minutos en el suelo hasta que una ambulancia los traslada a la Posta Central con el 71% de su cuerpo quemado, donde muere pasada la media noche.

3. Cuando Marco Antonio Cuadra, dirigente sindical y chofer del Transantiago, tras ser despedido, interponer un recurso legal y presentar infructuosamente su situación en el Ministerio del Trabajo, el día 2 de junio de 2014 decide quemar su cuerpo en un terminal de la empresa de transporte para la que trabajaba, muriendo al cabo de 25 días de agonía en la Posta Central de Santiago. Marco Antonio fue notificado de su despido por altoparlante «Para que fuera una humillación pública», como declaró su esposa, y a la vez como una forma de amedrentar a los demás trabajadores respecto a los riesgos de participar en actividades sindicalistas.

Tanto el abuso de parte del Estado, instituciones y empresas, como la ausencia de mecanismos efectivos de justicia, fueron capaces de transformar la serena expresión de sus rostros en ese último estado de sus cuerpos, ardiendo en el espacio público, en un acto que es a la vez renuncia y afirmación de la propia humanidad. Como hecho social, las muertes ocurren a una distancia de más de diez años entre sí, dibujando una línea de tiempo que aborda dictadura y la nueva democracia en Chile, desestabilizando la idea de la vuelta a la democracia como instauración de una forma organizacional que protege a los ciudadanos contra la violencia y la injusticia social.

GALAXIAS OSCURAS DE DOLOR PLURAL

Guillermo Núñez, artista chileno que ha trabajado el dolor como eje principal de su obra, nos habla de la existencia de un «dolor plural (…) que se eterniza perpetuo vacío» en la larga «espiral de la historia» (Núñez, G. 2000). Entenderemos el dolor plural como un padecimiento compartido entre un grupo de personas que se encuentran bajo el mismo contexto de injusticia, violencia y amedrentamiento social, siendo víctimas directas o seres cercanos a ellas que se convierten en dolientes secundarios. El artista instala este concepto en su libro-objeto Galaxia Oscura desde un espacio concreto; los campos de concentración que han existido a lo largo de la historia en distintos lugares del mundo, comparándolos con una galaxia cuyas oscuras estrellas se extienden más allá de la distancia próxima y del tiempo inmediato.

Núñez plantea desde su propia experiencia como sobreviviente de un campo de concentración durante la dictadura instaurada en Chile en 1973, y desde ahí realiza preguntas abiertas a diversos sucesos históricos, pasados, futuros, inmediatos, preguntas que nos invitan a mirar de frente esos dolores plurales que fueron, son y serán parte de la espiral de la historia, quizás con la secreta ilusión de poder salir de ellos, no evadiéndolos, si no traspasándolos.

En Chile, actualmente los campos de concentración y las casas de tortura de la dictadura han desaparecido o se han convertido en museos, pero ¿eso significa que desapareció el dolor, o simplemente se ha trasladado a otros lugares de la sociedad? ¿Cuál es el legado actual de ese dolor plural, dónde se ubican ahora las estrellas de la galaxia oscura de Guillermo Núñez? Sebastián Acevedo, Eduardo Miño y Marco Antonio Cuadra nos indican algunas constelaciones.

Hace un poco más de cuatro años se conmemoraron los 40 años del golpe de estado de Augusto Pinochet en Chile. En esta instancia se llevó a cabo una necesaria retrospectiva de la producción chilena en materia de arte y memoria, convocando tanto a artistas consagrados como a jóvenes talentos y a la ciudadanía en general, en diferentes actos conmemorativos, muestras y conversatorios, entre los que destacamos: A 40 años del Golpe, Museo de Arte Contemporáneo; Fragmentos/Memorias/Imágenes a 40 años del golpe, Museo de la Memoria; Imaginarios de la resistencia. a 40 años del golpe de estado, Museo de la solidaridad Salvador Allende; Conmemoración 40 años golpe militar- mesa de conversación: Expediente Ochagavía, Red Cultural PAC; Chile 40 Años del golpe Militar, Espacio San Isidro; Historias del objeto, Galería Gabriela Mistral, entre otras.

La cantidad de miradas fue tan amplia como necesaria, y junto con la reflexión en torno a los crímenes de dictadura se encendió a la vez la crítica sobre la institucionalización de la memoria y su contracara en la falta de reconocimiento de violaciones a los derechos ciudadanos cometidas en la nueva democracia y la re-afirmación, también en la nueva democracia, de un sistema neoliberal instaurado en dictadura, el cual oprime a la ciudadanía mediante el aumento de la brecha salarial (entre ricos y pobres, hombres y mujeres, adultos y jóvenes, población urbana y población rural, etc.), de la precariedad laboral, de la mercantilización de la educación con el consiguiente deterioro de su calidad, el progresivo deterioro de los derechos ambientales (la explotación indiscriminada de los recursos naturales por parte de la industria minera, pesquera, forestal, etc., el clasismo y racismo ambiental manifestado en los efectos directos de la industria y la instalación de vertederos de basura en sectores de residencia de pueblos originarios y campesinos pobres, etc.), la falta de regulación del mercado inmobiliario, la implementación de una política de vivienda social que incrementa la segregación y naturaliza (en conjunto con los proyectos inmobiliarios de la empresa privada) los espacios precarios de habitabilidad, la falta de un sistema de salud eficiente y digno para toda la ciudadanía y el fortalecimiento de uno elitista, la insuficiencia de los organismos encargados de resguardar a la ciudadanía, etc. Factores que generan aislamiento y estimulan la infructuosa búsqueda de refugio en el individualismo, ya que las personas pasan a ser consumidores de aquello que había sido y debería ser un derecho social. Aunque también podríamos hablar de «clientes» en lugar de personas, utilizando el mismo término con que se refieren los medios de comunicación masiva durante las catástrofes ambientales para señalar a las personas que pierden el suministro eléctrico, el suministro de agua o las conexiones a las redes de telecomunicación.

El resultado de esta situación es una sensación de inseguridad e impotencia que no podemos dirigir hacia ningún organismo concreto ya que, como señala Braulio Rojas (Rojas, B. 2013):

«El poder ya no sería localizable, sino más bien difuso; no sería una propiedad, sino una estrategia y sus efectos ya no serían atribuibles a una apropiación por parte de un sujeto privilegiado —la clase, la vanguardia, la elite—, sino un emplazamiento de disposiciones, maniobras, tácticas, técnicas, funcionamientos que atraviesan e involucran a todos los individuos inscritos dentro de un campo social. Dicho brevemente: el poder se ejerce, no se posee.»

Al no poder determinar las fuentes, interiorizamos el dolor, guiándonos por la idea de que todas las personas pueden salir adelante con su esfuerzo y dedicación, por lo que cada cual es culpable de su propio fracaso. Discurso que es extendido tanto mediática como educacionalmente y que invisibiliza la acción de los múltiples mecanismos de opresión y discriminación que nombramos anteriormente.

En Herida, Sebastián Acevedo, Eduardo Miño y Marco Antonio Cuadra nos muestran los mecanismos con que se transfigura el poder, manifestado en la persecución política de los hijos de Sebastián Acevedo por parte de la CNI, la extrema precariedad laboral en que trabajaba Eduardo Miño, quien fue expuesto a una enfermedad de riesgo vital tanto por su empleador como por la institución de salud que protegió los intereses de la empresa, y por último, en la dificultad de organizarse como trabajadores para demandar mejoras laborales sin recibir el despotismo de la empresa, lo que en el caso de Marco Antonio Cuadra, se manifestó en un humillante despido en que se desconoció el fuero sindical sin ninguna amonestación para el empleador. Acabamos de nombrar entonces algunos de los organismos, disposiciones, y tácticas que conforman las estrellas de nuestra galaxia oscura, a los que debemos sumar la falta de justicia y reparación como factor transversal.

Reunir estas tres historias es un gesto sencillo y brillante, que implica encender un retrato colectivo de la sociedad en que vivimos, iluminar nuestras propias heridas, habitar la dualidad de la imagen que es simultáneamente símbolo e identidad individual, en un eterno recorrido que va y vuelve entre lo personal y la memoria compartida, conectando lo político con la historia de la intimidad.

UN ARTEFACTO DE MEMORIA

Herida funciona como un dispositivo mnemónico, recordando a otros artefactos, como el atlas Mnemosyne de Aby Warburg, descrito y analizado por Didi Huberman (2009), y el Teatro de la memoria de Giulio Camillo; pequeño escenario construido físicamente para almacenar acontecimientos y respecto al cual Frances Yates (2005) expresa lo siguiente:

«Pretende (Giulio Camillo) que todas las cosas que la mente humana puede concebir y que no podemos ver con los ojos corporales, una vez que se las ha congregado con diligente meditación, puedan ser expresadas con determinados signos corporales, de tal suerte que el espectador pueda al instante percibir con sus ojos todo lo que de otro modo quedaría oculto en las profundidades de la mente humana.» (P. 55).

Recordar mediante el uso de artificios o artefactos tecnológicos ha sido una constante a lo largo de la historia para revelar y otorgar un espacio determinado a nuestros pensamientos. Los intermediarios a utilizar pueden ser tanto artefactos concebidos para memorizar como objetos emotivos, amuletos, cuerpos. Ordenar, relacionar, conectar, analizar la causa y efectos de distintos acontecimientos por medio de una memoria externa que escenifica nuestros recuerdos nos permite no sólo comprender mejor lo que ha pasado, si no también proyectar lo que puede suceder a futuro. El recuerdo está, por supuesto, también lleno de ficciones, pero recordar nos permite a la vez despejar las interpretaciones torcidas, mentiras, omisiones u olvidos con que los poderes pueden imponer versiones unilaterales de la realidad y establecer una verdad rígida e impuesta cuya consecuencia es el “aplanamiento social” del que habla Le Goff (2005). De esto se desprende otro aspecto que debemos recordar: que lo real se determina socialmente, y por ello, la realidad no debería ser ejercida sobre las personas, si no construida y re-construida en conjunto.

Herida es una memoria externa en la que transitamos, que está compuesta a la vez por distintos tipos de memoria: «Memoria Personal» y«Memoria Colectiva» (Halbwachs, M. 1968);«Memoria Histórica», concepto planteado por Pierre Nora (1984-1993) como un esfuerzo social e individual por conocer y reencontrarse con el pasado y que comprometería cruces entre lo real y lo imaginario, entre un acontecer histórico y diversas interpretaciones posibles;«Memoria Política», la cual se debe, según Lifschitz (2012) a la existencia de pueblos que, por un lado reniegan de su pasado y por otro se resisten al olvido. En Herida, estas memorias se encienden e interactúan mediante la disposición espacial de archivos recopilados y puestos en relación por un acto de voluntad. Estas imágenes que se pliegan y despliegan para permitir la emergencia del acto de recordar, son a la vez una herramienta para localizar los espacios en que se ejerce el poder, iluminando el velo que los oculta, volviéndonos más conscientes de la envergadura de su presencia, previniéndonos de su alcance en nuestro cotidiano colectivo y planteando la pregunta sobre qué realidad queremos construir. Los rostros que componen esta obra y las situaciones que nos relatan seguirán extendiéndose y propagando su experiencia en nosotros; las y los espectadores, nuestros familiares, amigos, el entorno social, la comunidad.

Referencias bibliográficas:

Acosta, L. (2017). Herida, de Cristo Riffo. No publicado.

Halbwachs, M. (2004). La memoria Colectiva. Zaragoza. España. Prensas Universitarias de Zaragoza.

Didi-Huberman, G. (2009). La imagen superviviente. Historia del Arte y el Tiempo de los fantasmas según Aby Wargburg. Madrid, España. Abada Editores.

Le Goff, J. (2005). Pensar la historia. España. Editorial Paidós.

Lifschitz, J.A. (2012). La memoria social y la memoria política. Revista Aletheia de Maestría en Historia y Memoria de la Fahce, 3(5).

Nora, P (1984). Les lieux de mémoire. Francia. Gallimard.

Núñez, G. (2000). Galaxia Oscura. Santiago de Chile. Edición independiente.

Rojas, B. (2013). Neoliberalismo y Dictadura: el conflicto entre ciudadanía y totalitarismo económico. Revista La Cañada, (5), 105-135.

Yates, F. (2005). El Arte de la Memoria. Madrid, España. Biblioteca de ensayo Siruela.

Escrito por Marcela Parra

Marcela Parra (Temuco, 1981) es compositora e intérprete musical, poeta, Doctora en Creatividad y Licenciada en Artes Visuales. En Música, tiene un proyecto personal, con el cual graba "Astronautas en la playa" (Estudios Banana 2015) y actualmente prepara un segundo disco llamado "La barrera del sonido". Es también bajista y vocalista de la banda de rock Clarens y colaboradora del proyecto de poesía y música Orquesta de poetas. En poesía, publicó "Silabario, Mancha" (Ediciones del temple 2008, reeditado en España por ediciones Liliputienses en 2012) y "Ambulancia" (Ediciones Cuadrodetiza 2010, reeditado en Chile-Argentina por Cuadrodetiza+Vox 2012). Como investigadora es especialista en memoria chilena y artes visuales del siglo XXI. También es docente en Creatividad.