Antes de que terminara el año 2017 una persona me regaló un libro muy especial que le había gustado mucho, me lo regaló porque ese libro trata sobre un tema que para mí (y para todos, de hecho) es muy importante: el tiempo.

«Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa en ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.»

El libro es Momo, de Michael Ende, un escritor de origen alemán al que no conocía ni de casualidad, pero que es probable que muchas personas con cultura literaria lo conozcan. Michael, según pude enterarme después de leer la breve biografía que trae el libro, fue el único hijo de Edgar Ende, pintor, quien influyó grandemente en su vida; nació en 1929, fue actor y trabajó en el cine por varios años, posteriormente se entregó a la labor literaria y publicó su primer libro infantil en 1960. Sus obras tuvieron gran éxito y algunas de ellas fueron llevadas al cine. Vivió en Roma durante quince años, pero regresó a Alemania antes de su muerte, la que se produjo en agosto de 1995, más de un año antes de que yo naciera (perdón por robarte repentinamente el protagonismo, Michael).

La novela Momo fue publicada en 1973, y según lo comprobé buscando comentarios sobre ella, tuvo un éxito inmediato. Narra la historia de una niña llamada Momo, una niña anónima, sin edad, sin familia y sin hogar. Ella llega un día a una ciudad de la que no conocemos el nombre, llega sola y se instala en un anfiteatro abandonado; su aspecto es desaliñado, viste ropas usadas y demasiado grandes para su cuerpo flaco y pequeño. Cuando las personas que habitan la ciudad se dan cuenta de la presencia de esta niñita extraña, deciden ayudarla a instalarse lo más cómodamente que sea posible en el viejo anfiteatro, no sin antes insistirle en que cuente de dónde viene, quién es, e incluso, en ir llevarla de nuevo al hogar de niños de donde pudo haber salido. Sin embargo, después de darse cuenta de que Momo puede vivir allí tranquilamente y cuidándose sola, la ayudan como pueden, brindándole comida, yendo a visitarla y a jugar con ella, así descubren que Momo tiene una capacidad hermosa que en estos tiempos es más que apreciable: Momo sabe escuchar.

Todos aquellos que van a verla y a saludarla encuentran en ella a una amiga que oye sin interrumpir, sin juzgar, y así mágicamente los problemas o el malestar que los llevó a hablar con Momo van desapareciendo, pues ella, con solo escuchar, hace magia. Momo se convierte en poco tiempo en amiga de todos; de niños y de grandes, y especialmente de Beppo Barrendero y de Gigi Cicerone, dos personas que la amarán mucho, pero que en poco tiempo se separarán de ella, como todos…

La tranquilidad y armonía con que Momo y sus amigos disfrutaban sus días es corrompida tras la llegada de los hombres grises. Estos seres, grises por dentro y por fuera, con sus cigarros que expiden un humo gris y tenebroso, y el aire frío que traen y llevan, serán los encargados de robar el tiempo a los amigos de Momo y a todos los habitantes de la ciudad. Convencerán a los adultos que han malgastado el tiempo a lo largo de sus vidas y que como solo les quedan unos años más, lo mejor que pueden hacer es ahorrar el tiempo, ahorrar dejando de hacer cosas “inútiles”, como leer un libro, visitar a sus madres o a familiares enfermos, conversar con los amigos, jugar y cuidar de sus hijos; ya no más derroche de tiempo en actividades semejantes, los hombres grises han llegado para cegar a todos con la idea de que el tiempo debe ser ahorrado para “cosas importantes” del futuro, por lo tanto, hay que depositarlo en los bancos que los hombres grises administran. Estos bancos, tal como lo que guardan, son incorpóreos, intangibles, y en común con otros bancos poseen la característica de que los beneficios obtenidos son fugaces, prácticamente invisibles, inexistentes. Esto no quiere decir de ninguna forma que por tal motivo los adultos dejarán de depositar allí su tiempo, ahorrándolo, muy al contrario, los habitantes de la ciudad en donde Momo vive, se vuelven con el paso de los días cada vez más mezquinos, todo el tiempo piensan en el tiempo, llevan relojes y calculan todo quehacer minuciosamente, midiéndolo y racionalizándolo todo, hacen el trabajo con apuro, para hacer más en menos tiempo, sin disfrutarlo, sin amarlo; por más que ahorran sus tiempos no tienen tiempo para conversar, para disfrutar sus almuerzos, no tienen tiempo para jugar con sus hijos, así que les compran juguetes y aparatos electrónicos, les dan dinero, los depositan en escuelas y guarderías de edificios grises, como todos los edificios de la ciudad, hechos del mismo material gris y con la misma formas, sin identidad ni particularidad, sin ventanas, cual depósitos en los que la gente trabaja, vive, sin tiempo, sin ganas.

Es Momo, la niña del viejo anfiteatro, la única que nota todo este cambio radical. Ella sigue viviendo sin nada más que hacer que vivir, jugar, cantar, escuchar. En el anfiteatro espera a sus amigos para escucharlos, para saber de ellos, los espera pero los adultos ya nunca llegan. Solo los niños siguen yendo, y cada día son más, ya que sin padres que los cuiden o que limiten sus horarios, los niños andan solos por las calles, intentando jugar con esos juguetes que solo sirven para algo exclusivo: los autos a control solo para andar a control, las muñecas barbies con accesorios de moda solo para llenarlas de accesorios; no se les permite crear. Y cuando un día ellos también desaparecen (porque han inventado los depósitos de niños y los han enviado allí), Momo –con demasiado tiempo disponible– siente algo que no sintió jamás: aburrimiento. Entonces sale en busca de sus amigos y les pide que vuelvan a visitarla, a ir a jugar con ella, ¡en un momento hasta lo logra!, pero en seguida los hombres grises actúan, y Momo recibe la visita de uno de ellos. Este, muy a su pesar, cae en cuenta de que Momo es una niña especial, a la que jamás podrán sacar su tiempo porque tiene poderes especiales como paciencia, amor, la tranquilidad y la valentía de guiarse por su corazón. Los hombres grises deciden deshacerse de ella. Aquí comienza la verdadera aventura. Momo deberá enfrentar a los temibles hombres grises, seres a los que solo ella puede ver llevándose todo el tiempo de los hombres, fumando sus cigarros y llenando de humo gris la ciudad, mientras sus amigos, incluidos Beppo y Gigi son arrastrados por esa epidemia mortal que les roba el tiempo, les miente y los aliena a vivir apurados, cansados, sin tiempo para los demás.

Momo conocerá a Casiopea, la tortuga que viaja en el tiempo y que la conducirá hasta el maestro Hora, personaje enigmático y fantástico que dará a Momo las respuestas a todas sus preguntas sobre el tiempo y cómo se puede detener a los hombres grises (multiplicados por mil para ese entonces). Momo decidirá lanzarse a la gran aventura de salvar a la humanidad, a sus amigos, y con ayuda de Casiopea seguirá las instrucciones del maestro Hora arriesgando su propia vida.

Momo es una de las novelas más bellas que he leído, con una crítica fuerte a la sociedad y a la forma de vida que llevamos, y que Ende conoció ya con el surgimiento del capitalismo y el consumismo en Europa, que terminó expandiéndose, como un humo gris y un aire frío, a todo el mundo. Ende habla a los niños y también a los adultos a través de este libro, nos incita a que miremos el mundo, nos detengamos a pensar a qué estamos dando mayor importancia en nuestra vida, nos pide que no nos apuremos demasiado, que permitamos a las escuelas ser más que un depósito de niños, con paredes de colores uniformes y sin vida, que disfrutemos de nuestros almuerzos, que salgamos a jugar con cajas de cartón, retazos de tela y mucha, mucha imaginación. Una historia hermosa, llena de aprendizajes acerca de lo cotidiano, del tiempo que no sabemos de dónde viene ni a dónde va, pero que cada día se renueva para nosotros.

Conmovedora, hecha para hacernos valorar la amistad, para reflexionar sobre el poder de escuchar y de estar para los demás, sobre cómo una niña sin nada más que ropas sucias y enormes, pero con un poder inusual, puede ser capaz de ver con mucha más profundidad la realidad gracias al amor que hay en su corazón.

No es solo una novela infantil llena de fantasía, es un libro repleto de realidad, de personajes que nos representan como sociedad, entre los que encontramos personas hermosas desde siempre, como Beppo Barrendero, y otras que terminan siendo arrastradas por la fama y el control total de los hombres grises sobre sus vidas. La historia de Momo y los hombres grises que puede parecer, tal vez, muy triste o muy impactante, pero está cargada de esperanza, la esperanza que Michael Ende nos dejó en este libro, creyendo que reconociendo los valores que hemos perdido como sociedad, como humanidad –y que se representan en las historias que componen la gran historia de Momo– podremos volver el tiempo atrás, alejados del capitalismo y del estilo de vida que nos impone, para ser libres de nuevo, dueños de nuestras horas y de lo que queramos hacer con ellas. Es esa esperanza, hermosa y muy pura, la que me hizo derramar lágrimas al final del libro, más la magia de haberme sentido parte de la historia todo el tiempo.

Después de un tiempo le pasé el libro a mi mamá, hace unos días me dijo que lo terminó y que le pareció hermoso. Hoy quise compartirlo con todos aquellos que tengan tiempo para lanzarse a la aventura de Momo, la niña que devolvió el tiempo a la humanidad.

 

Escrito por Majo Ramos

Asunción, 1996. Estudiante de Lengua y Literatura Castellana (ISE - Paraguay). Escribe cuentos y algunos poemas. Trabaja en corrección de textos y es lectora más que cualquier otra cosa.