Mi vecina solía decir que los gallos, de viejos, empezaban a cantar en las tardes, ya no en las mañanas. No se sabe, decía ella, si por pereza o porque ya no son capaces de reconocer las horas del día y de la noche solo con ver el cielo. Pero así era, según mi vecina. Treinta y tres años después de haber tomado por primera vez el micrófono en el salón de actos múltiples del colegio municipal número tres, puedo decir que al menos una parte de esa teoría es real.

Hace unos pocos meses que prefiero cantar en la tarde. En cualquiera de sus dos versiones hay un encanto que aún despierta en mis cuerdas vocales la necesidad de moverse. Tanto durante una tarde carmínica, de esas en las que los gruesos rayos del sol se proyectan sobre las montañas como si una deidad imaginada estuviera obrando a favor o incluso en contra de la ciudad para acabar el día, como en esas otras durante las cuales da asco sacar la cabeza porque los vidrios de las gafas se enredan de un agua amarillenta, nuestra lluvia poluta; en ambas adaptaciones de la tarde necesito cantar.

Pero es cierto, justo como a un gallo viejo, la mañana me devora mucho más rápido que antes. Debo empujar más amargamente la flema que se muda en la madrugada a mi garganta y obligarla a salir, quizás a mudarse a mi estómago, al inodoro. Me temo que algún día esa población sea tan reticente que no pueda embargarla y que a la vez se multiplique sin ningún pudor, que termine invadiendo el espacio imaginario e ilimitado de mi voz. Tantas veces he debido escuchar a la gente del común decir a propósito de algún cantante viejo: “Ya no canta ¿no?”, “De joven nadie se le comparaba”. Y sí, muchas veces es también parte del ritualístico hecho de envejecer, la perdida de algunas facultades que durante la juventud e incluso la madurez eran tomadas por sentado como propias e inalterables.

Mi madre me vio sobre un escenario por última vez hace doce años cuando ya había consolidado una carrera en lo que parcamente llaman “esta industria”. Mi padre era locutor de radio, de ahí que muchas personas han tendido a calificar mi debut como “facilitado”. Verdaderamente, mi padre me escuchó pocas veces y cuando murió había estado “facilitando” la entrada a la “industria” de un músico extranjero que pensaba haber descubierto, para entonces, la fórmula de la pegajosidad musical. De hecho, así se titulaba su primer sencillo comercial: “Pegajoso”.

Pero realmente muchas cosas durante mi itinerario arriesgado por las notas musicales han sido inesperadas. No voy a enlistar esas experiencias personales para, a la vez, compararlas con uno de mis hitos profesionales porque sinceramente, nunca ninguno tenía que ver con el otro. El azar me amañó muchas veces de una manera absurda y cuando estaba recibiendo un disco de plata en la capital de cierto estado, también me encontraba en la preparación para una cirugía de riñón al otro lado del continente. Al mismo tiempo, celebraba que ese riñón no fuera un pulmón y que esa cirugía no fuera alterar más que mi dieta diaria. El día que asaltaron los estudios de grabación de Rodrigo, mi productor, yo concebí con desgano la canción que ayer sonaba en varias estaciones para conmemorar los veinticinco años de mi segundo y más exitoso álbum. Ese día estábamos intratables y ni se nos ocurría que esa misma canción tediosa (aún no nos termina por convencer la segunda estrofa) nos devolvería todo lo robado con creces.

Es terrible, no puedo describirlo de otra forma. Tener el reconocimiento en las manos, llevarlo a dormir cada noche con uno, saberse famoso, es decir saber que a doscientos kilómetros alguien reconocería tu nombre, es maravilloso. A uno se le hincha el pecho, siente cosquillas en las manos y hasta se le ruborizan las mejillas solo de pensarlo. Pero también es repugnante porque al estar en esa posición, el registro del tiempo es más vil y riguroso. Mi madre, por ejemplo, ya ha olvidado por completo su niñez y juventud e incluso para mi es difícil hacerle recordar. Las roídas fotografías de ese pasado son muestras dudosas de algo que se rompió y que si se reconstruye nunca volverá a sonar como cuando fue presente. En mi caso esas muestras, esas piezas no solo que existen (y en abundancia) sino que pueden armar al menos veinte versiones de un mismo pasado, de una misma copa que se va llenando con el licor del recuerdo que todos, absolutamente todos los que me han conocido (quizás solo visto), tienen de mí.

Me asusté y encolericé la primera vez que se inventó una historia extravagante sobre mi carácter. Un asistente de cámara vociferó el chisme (que duró unas tres semanas) que grabar un video musical conmigo era lo mismo que tratar de evitar que un muñeco de nieve se derritiera llegado el verano. Recuerdo que me agradó la alegoría por lo pintoresca que era, pero a la vez me partía la cabeza pensando que habría podido yo decirle a ese pobre hombre para que dijera algo así sobre mi trabajo pues generalmente yo sí actuaba como un muñeco, pero bajo la tutoría del director, guionista y productor que me decían que hacer y donde colocarme mientras en mi mente reunía palabras para entablar versos, o desestimar acordes.

No sé, pasaron demasiadas cosas, algunas coincidencias, otras desgracias. Hace mes y medio me cancelaron una presentación, de esas en las que reúnen a antiguas glorias para entre todos (porque ya ninguno alcanza por si solo) ir empujando una enorme bola (bueno, quizás solo mediana) de nostalgia sobre las cabezas de también ancianos abrumados por el peso de la novedad, de los sonidos computarizados y los bailes peligrosos. La asistenta de la compañía organizadora me llamó, pronunció mal mi nombre y con tedio me informó que el evento se cancelaba porque tenían entre manos un evento masivo de música de otro estilo, así me lo dijo, sin rodeos y casi como vengándose de mis años, arañando ese número fatal, me aseguró que eran cuestiones meramente lucrativas pues el segundo evento traería muchos más réditos a la empresa. Lo acepté y no me molesté en averiguar qué muchachos (o muchacho) habría venido a reemplazar nuestras voces agachadas.

Cuando la vecina decía que no sabía con exactitud porqué ciertos gallos viejos se despiertan a las cinco menos cuarto de la tarde a cantar como si a esa hora el sol empezara a calentar sus crestas, yo pensaba que tal vez era solo cuestión de pereza. Ahora entiendo todo mejor y lo sé porque soy el gallo viejo al que le cuesta levantarse. Ahora entiendo que, si los gallos viejos deciden cantar tarde, muy tarde cuando el ruido del tráfico y de las teclas de computador ocultan sus voces, no es por pereza ni por olvido, sino porque temen que su canto sea opacado por los de los gallos más jóvenes y vigorosos, esos que se burlan de los números y se apropian de conciertos que alguna vez fueron nuestros.

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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