“Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
Como una muchacha que comienza a menstruar,
Precaria, sin belleza alguna.

(…)

La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
Nos une el cansancio y el tedio de la convivencia
Pero también la costumbre irremplazable y el viento.”

María Mercedes Carranza. El corazón; Bogotá, 1982

Si tuviese que dibujar mi vida haría una línea discontinua

Nací un 23 de septiembre y lo primero que hice no fue justamente respirar. Mi madre lactó aproximadamente 10 minutos y ni siquiera era la hora de “cenar”. Nunca pude gatear de forma correcta pues una de mis piernas siempre estaba contra el suelo.

Crecí rodeada de seres vivos maravillosos, Ramón fue uno de ellos, un gallo pequeño y blanco que tuve a corta edad. El condenado se largó una tarde de abril. Mis vecinos le trajeron sancocho a mi abuela el día siguiente.

Viví en Santiago de Cali, y de eso sólo recuerdo una canción, un villancico tradicional del Chocó “Velo que bonito lo vienen bajando, con ramo de flores lo van coronando” repite una y otra vez mi memoria que no tiene (al parecer) otro recuerdo de esa edad.

Ese portón, el portón de la casa de mi abuela fue testigo de mis más íntimos recuerdos. Una pared azul y el labial rojo de mi abuela bastaban para que mi prima y yo jugáramos a besar.  Pensábamos que debíamos estar preparadas, y mi abuela, después de un tiempo se rindió y dejó de limpiar aquellos labios que perpetuarían en la memoria de una infancia.

En las noches el cacareo de las gallinas y el canto del gallo de las 2 y 5 de mañana siempre arrullaban mi entresueño,  me conducían a una oscuridad sesgada por la inocencia y el olvido, elementos que pronto asumirían mi deber-ser.

Entre canciones de taberna, dulces  y chispitas mariposa llegué a mi adolescencia, esa etapa donde todo es tan confuso. Mi abuela paterna enfermó y entonces tuve que vivir la cruel realidad de la muerte.

Una de “guaro”, mi primera de “guaro”, una botella que le habíamos robado a mi abuela de la tienda, estábamos borrachas por primera vez, después de bebernos todo y hacer un headbang que mi prima no pudo terminar, pues, ya mareada por el alcohol y el movimiento, caí de cabeza sobre ella, aplastándole con mi pecho. Tan solo tenía 13 cuando descubrí cuánto dolía un golpe en la “moimora” después de una caída  en una borrachera.

Ya era toda una mujer en desarrollo, el metal, los libros y el arte inundaron mi vida.

Pensaba que el cielo podría ser una foto de un charco atravesado por gasolina, y que los chistes de mis compañeros por fin me causaban gracia. Pensaba que quizás las personas no eran tan malas y que el mundo al fin y al cabo uno mismo lo hace mierda. Era la primera vez que estaba viajada. Había fumado y tenía miedo de que mi profesor lo notara, pues estaba segura de que debía tener los ojos en otro sitio menos en la cara.

Los aterciopelados en concierto, por fin se reunían de nuevo y yo estaba allí, viéndolos, con 17 años y a punto de graduarme del colegio. Al otro día debía presentar mi proyecto de grado que no tenía listo y ni siquiera quería exponer. Aunque al final presenté algo mediocre, no me arrepiento, pues la noche anterior fue uno de los mejores Rock al parque de la historia, se habían cumplido sus 20 años y en medio del mosh hasta con Molotov, se movió mi cuerpo y llegó al momento cumbre de lo que podría ser una crónica de una muerte anunciada.

Ruido, eso es lo que recuerdo después de mis 17, como cuando un televisor no tiene señal, justamente ese ruido. Las calles, los niños, las historias, las lágrimas que he derramado, todos los recuerdos se acumulan, uno tras otro, cada uno de un matiz diferente, generando así la estática de la que hablo. Detrás de cada primera vez contada está la mujer que hoy narra, a manera de espectador, cómo su vida ha transcurrido en una línea discontinua, intermitente, borrosa y desenfocada.

Escrito por Paula Pinillos

Paula Andrea Pinillos ( Bogotá, Colombia. 1997). Estudiante del programa Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia. Integrante del colectivo Burdel poético de Bogotá. Ha hecho parte del Taller distrital de poesía de IDARTES 2017-1 en Bogotá