Fotos: Patricia Gadea.

Aquel equipo de básquet llamaba mucho la atención, no sólo por el azul y amarillo de las camisetas, sino por la habilidad de los jugadores que las vestían. El calor de enero se sentía en la transpiración de los protagonistas de ese torneo apertura. Luque se enfrentaba a Cerro Porteño en el Rowing Club, un centro deportivo de Asunción que – a partir de las seis de la tarde – atraviesa sus paredes con ecos, evitando que la calle Washington quede en silencio hasta entrada la noche.

Gerhard Groehn (23) había entrenado para ese partido con la misma destreza que mostró la primera vez que entró a una cancha de básquet. De eso, hace como ya quince años. No recuerda los detalles, pero sí cómo y por qué llegó hasta ella. “Probé fútbol en el Club Sajonia, pero no me había ido muy bien. Mi mamá me alentó a que pruebe con el básquet. Nunca fue mi intención jugarlo, pero como me gustó, continué”, explica.

Dice que en los partidos era el que más saltaba, el que llegaba más alto. Sus 1.92 metros confirman que aquella habilidad lo hacía invencible tras la pelota naranja. Su historia con el deporte incluye horas y horas mirando partidos por la tevé, de niño; aunque quizás no, la transmisión de la salida de uno de los mejores jugadores del mundo: Michael Jordan. “Era muy chico yo, cuando él se retiró. Me gustaba porque era muy atlético. Es simplemente el mejor”, comenta.

Pensar en Jordan lo llevó de nuevo al partido del torneo apertura, en el que su equipo, Luque, venía ganando ante el ciclón. El mismo partido que – en segundos – se convertiría, hasta entonces, en el último antes de su enfermedad. Los dolores de cabeza aparecieron días previos al enfrentamiento deportivo, eran de esas jaquecas que se alivian con unas cuantas aspirinas “y ya”. Pero al parecer no fue así, las molestias estaban de turno y, mientras ocupaban su rol, trataban de decirle que algo no andaba bien.

El primer síntoma lo sintió minutos después de que el arbitro de por finalizado el encuentro: no sentía sus piernas. En el deporte, el tiempo es casi tan fundamental como el desempeño de quienes lo llevan a cabo. Así como, también, lo es fuera de la cancha. Gerhard salía de un juego, pero entraba a otro, uno más difícil quizás. Sólo necesitaba tiempo para ganarlo, aunque eso signifique hacer un tiro triple sobre la hora.

Encontró en las gradas un refugio momentáneo, se sentó en ellas con fuerza – como si se tratase de un sofá (después de un largo día de trabajo) – , tomó su teléfono y marcó el celular de su papá. Pero para cuando llegaron a la casa, aquel síntoma había cesado, así, sin motivo alguno, y los dolores de aquellos días previos, para entonces, eran un recuerdo.

Una vocecita pequeña se escuchó de repente, en medio de la anécdota. Era Nahir, su novia, que mientras escuchaba el relato, ayudaba a Gerhard a terminar el helado de dulce de leche que habían ordenado. “Le dejé un mensaje al WhatsApp antes del partido, le dije que le avise al entrenador si se sentía mal, porque me había contado que en las prácticas se le nublaba mucho la vista”, cuenta.

De hecho, en el partido contra Cerro me pasó, mientras corría no, pero cuando me quedaba quieto en medio de la cancha, veía doble”, agrega, en un tono ágil, cual si fuera un detalle que no se quiere dejar pasar. Las conjeturas trilladas “me habrá dolido por esto” o “seguro lo sentí así por aquello” que pretenden minimizar un estado de salud, no tenían lugar en la casa de los Groehn. Al contrario, la visita al médico debía hacerse pronto, sobre todo porque los dolores de cabeza habían vuelto y, ahora sí, con más intensidad.

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En búsqueda de un diagnóstico

2015”, responde él, cuando el año surge como tema. El Club de Básquet de Luque era su equipo en ese entonces, pero la verdad es que desde los 12 años el Olimpia lo vio jugar. Fue una necesidad económica y la falta de tiempo para las prácticas en el Decano, las causas que lo obligaron a cambiarse de equipo. Y es que había iniciado la carrera de Ingeniería, en la Universidad Católica, y la cuota era el objetivo que cubría gran parte de su sueldo.

La primera visita al doctor había llegado en medio de todo ese caos de síntomas que las aspirinas no resolvían. El médico le hizo algunas pruebas de vista y lo derivó a un otorrinolaringólogo. El especialista de las nueve sílabas le tomó una radiografía que, nuevamente, caería en manos del médico de cabecera. Para entonces, el diagnóstico se titulaba “sinusitis”, pero a decir verdad, esta vez, ninguno de los caminos conducirían a Roma.

El dolor de cabeza volvía y cada vez “más insoportable”, según Gerhard, quien en un gesto con sus manos explica cuán intenso era. La siguiente parada fue junto al oculista, quien con unos estudios dedujo que las manifestaciones en el cuerpo eran provocadas por las neuronas. La causa no estaba clara, pero pese a esa incertidumbre, la orden de internación ya era un hecho.

La habitación del Sanatorio Americano estaba a oscuras, sólo una puerta entreabierta dejaba ver parte de la luz que iluminaba el pasillo. “Me molestaban mucho las luces”, recuerda sobre el avance de la enfermedad, que se mantenía en incógnita. En aquella sala de paredes blancas, ni el televisor interrumpía el silencio, testigo también de las idas y vueltas de la cama al baño, en las que Gerhard debía ir acompañado ya que los mareos lo inestabilizaban.

En el hospital había recibido la visita de uno de los mejores neurólogos del país: el Dr. Guido Martínez. Los estudios que ordenó le permitieron pensar en dos posibles resultados: esclereosis múltiple o tumor cerebral. Pero el descarte de ambas enfermedades llegó (por suerte) tan pronto, como la medicación que aliviaría los dolores de cabeza: el corticoide.

La vuelta a casa lo sorprendería con una rutina diferente a la que llevaba como deportista: permanecía – por los mareos y dolores – más tiempo en la cama que sentado en la sala. Un estudio tras otro, una hipótesis tras otra y, en medio de eso, un sólo remedio que no lo curaba del todo. Cuando al fin descubrieron los médicos que era una hinchazón del cerebelo, empezaron a buscar las causas. “Cuatro neurólogos lo vieron y ninguno quiso tomar su caso porque no sabían qué era realmente, nadie entendía lo que causaba esa inflamación”.

Entre los posibles culpables estaban los tumores, algunas venas fuera de lugar y algún que otro energizante. Dichos sospechosos quedaron en libertad cuando no respondían al hecho principal: la inflamación. Para entonces, el sueño se sumaba a las cosas que le costaban hacer. “Dormía un rato y después ya se mareaba”, relata Nahir, mientras sus ojos imitaban la desesperación que provocaba aquella situación.

Por las noches, le solía dar una sobreoxigenación. Una silla de ruedas lo movilizaba hasta el destino de las batas blancas y las consultas, donde le trataban aquel episodio. El calendario continuaba arrancando días y ¡nada!, no se encontraba el diagnóstico, era angustiante para todos, y más, porque el dolor de cabeza volvía, como si el corticoides no hubiese hecho su trabajo nunca.

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Tras una recuperación

Uno de los neurólogos que lo vio le recomendó visitar a un experto en imagenología, quien había estudiado en Francia y era uno de los pocos que hacía expulsión del líquido cefalorraquídeo; líquido que se encuentra en la columna. Tras este procedimiento, el médico descubrió que se trataba de una enfermedad autoinmune, es decir, que sus propias defensas lo atacaban. La letra poco legible – propia de los médicos – en el papel sugería seis dosis de inmunoglobulina al día, durante aproximadamente cuatro semanas. El medicamento, que está elaborado a partir del calostro de la vaca, costaba algo así como siete millones cada frasco. Y nuevamente, otro desafío estaba en puerta: ¿Cómo conseguirlo?

Por momentos, la desconexión de Gerhard con la realidad, con el mundo de afuera, era tal que hasta tenía manías, como escuchar una música incontables veces, sin cansarse. Consiguieron cama en el Hospital de Clínicas para que le pudieran inyectar los primeros frascos. Los obtuvieron gratis gracias a que le habían sobrado a un paciente. Después de estas aplicaciones, mejoró notablemente y el alta fue casi inmediato. Eso sí, las dosis debían continuar.

Eran 30 botellitas del medicamento las que pudieron conseguir de aquel paciente, frente a las 150 que necesitaban. “Estaba mejor, pero los mareos no se iban del todo y me costaba mucho la deglución”, narra. Perdió peso, estaba flaco, por lo tanto la visita de un nutricionista fue oportuna para que su estado mejore. “Me recomendó batidos”, agrega.

Sus padres, preocupados, decidieron internarlo de nuevo en Clínicas. El llamado de una médica del Hospital Nacional de Itauguá, tía de una amiga de Gerhard, daría la buena noticia: tenían una cama disponible para él y las dosis del medicamento que faltaban. Un mes bastó para que la historia cambiara de curso y lo peor, pasara.

Siempre sale el sol

Mucha fisioterapia, como tres o cuatro veces a la semana, y visitas a la psicóloga, lo ayudaban en una nueva etapa de la enfermedad. Aquella parte del cerebelo que se había hinchado, volvía a nacer con él; ejercitarlo pondría – con el tiempo – todo en su lugar. Y en ese período, la motivación era tan importante como lo es días antes de un partido.

Solía estar bajoneado, sobre todo porque no me gustaba estar en esa situación de dependencia, de no poder hacer lo que hacía antes, como jugar básquet o una simple caminata hasta la sala. Eso siempre me frustró”, destaca.

La fisioterapia, hasta ahora, lo sigue ayudando a mejorar los movimientos. En su momento, se anotó a remo, deporte que – al estar sentado – le hacía trabajar cada músculo que permanecía dormido. El 2017 fue un año de avances y nuevas aspiraciones de estudio. “Iba a volver a Ingeniería, pero pensé en todo lo que me ocurrió y en las personas que viven con algún tipo de discapacidad. Por eso, me interesó la arquitectura. Me gustaba pensar en la posibilidad de hacer construcciones inclusivas”.

Nunca le gustó afrontar la enfermedad, porque “no es lindo estar un día saltando y, al otro, en una cama de hospital”, dice. Pero aun así, la experiencia lo marcó, especialmente, por las lecciones: “Valorás más todo, desde las personas que están contigo siempre hasta lo que es una simple caminata al parque”.

Mientras llegaba al fondo de su helado, y en medio del ruido que caracteriza a las heladerías un viernes por la noche, contaba cuán ansioso está por recuperarse y hacer todo lo que le gusta. No se le escapó el detalle que resume lo que hoy – en parte – ya es anécdota: “Después de esto, entendí que un segundo basta para que tu vida cambie (y para siempre)”.

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Escrito por micaela cattaneo

Periodista. Redactora en revista VOS. Blog en Tierra Mojada. Asunción, Paraguay.