Hace trece días, el cordón de mi zapato derecho comenzó un proceso emancipatorio. Cuando me arrodillé a atarlo, me di cuenta que no era un simple cordón desatado. Decidí no intervenir, dejarlo que haga lo que quiera. En esos días estaba manteniendo una política de no intervención sobre ciertos objetos para compensar de alguna manera la incontable cantidad de materia que transformaba en mi taller. Anduve dominado por los impulsos que me decían qué objeto secuestrar para convertir en pieza de arte y qué objeto de manipulación cotidiana abandonar a su suerte.

Habían desaparecido misteriosamente mis ganas de morir, dejando un gran espacio nuevo y bastante extraño en mi espíritu. Espacio que empecé a llenar pasando cada vez más tiempo en mi taller y dedicándole más pensamientos a Inés, que bien se los merecía.

Tuve que escuchar a un montón de personas avisarme que tenía el cordón desatado. Otros, directamente me decían “Atáte bien ese cordón que te vas a caer.” Para no tener que andar dando explicaciones, o avergonzado por la explicación verdadera, les decía que mi pie había sufrido un esguince y que con el zapato desatado me dolía menos. Confieso que han sido días bastante incómodos; andaba con el taco de a rastro, pisando mal y tropezando. También disminuyó notoriamente la velocidad promedio de mi marcha y siempre llegaba un poco más tarde que lo habitual. Al principio, con tanta flojera tuve miedo de dejar el zapato entre un paso y el otro. Justo cuando empezaba a acostumbrarme y aprendía a andar con más cuidado, tuvo lugar el lamentable desenlace. Como sea, puedo jurar que todo el tiempo tuve especial cuidado de no tocar en ningún momento el cordón.

Cuando conocí a Inés, una de las primeras cosas que me contó fue que no tenía lavarropas. Charlamos durante horas y una de las octavas cosas que me contó, fue que vivía a solo cuatro cuadras de mi casa. Yo no dudé en decirle que ponía mi lavarropas a su total disposición para cuando quisiera usarlo y también mi patio para colgar y secar su ropa. Después consulté con los de mi casa y su respuesta fue admirable: Sí, ¿por qué no? dijeron todos. Estuve muy orgulloso de los míos. Nadie hizo insinuaciones mezquinas sobre el gasto del jabón en polvo, el tiempo que la máquina iba a estar ocupada o su desgaste, o por la posible falta de espacio en las cuerdas. La lógica fue simple; nosotros tenemos lavarropas e Inés no. Aunque la lógica sea otra cosa.

Inés empezó a venir en las tardes. Cada vez me gustaba más que viniera, me gustaba tenerla en mi patio tendiendo y destendiendo. Me parecía una escena que le quedaba bien al mundo. Yo paraba un rato de trabajar, fumábamos algo y conversábamos. Era como una fiesta para mi mente. Nos reíamos fácil. Fue inevitable una tarde, que entre el olor a limpio, nos besáramos. Es feo y trabajoso lavar a mano y al tiempo yo estaba casi feliz por tanta Inés en mi patio.

Pasé un par de noches en su apartamento diminuto, ratonesco,  pero así desaparecieron los miedos que me perseguían. Había pensado que ella en realidad no tenía nada y cocinaba en la casa de otro hombre, se duchaba con agua caliente en la de otro, y lo peor de todo, pensé que era probable que tampoco tuviese cama propia. Desaparecidos estos miedos, fue novedoso sentir que de ser así, tampoco me hubiese importado mucho. Lo único importante era poder seguir viéndola. Solo no tenía lavarropas y yo me había prometido hacer todo lo posible para que nunca lo tuviera. Pero esa es otra historia.

Hace cinco días, secuestré por impulso los piñones de una bicicleta vieja y los convertí en una flor para Inés. A fuerza de fuego de autógena, golpes y palanca, deformé los engranajes metálicos para convertirlos en pétalos de flor. Después le soldé un varilla de hierro tratado, la cual hizo de armonioso tallo de la flor. Creo que es una de mis mejores obras de los últimos tiempos. La llamé “Flor de siete velocidades”. Es cierto que sin la base de madera que sostiene y exhibe la pieza, se parece a una pequeña arma medieval con la que perfectamente uno le puede dar muerte sangrienta y dolorosa a cualquier persona. Aclaro esto para disipar toda carga de cursilería que se quiera echar sobre el regalo a mi amada.

Anoche, después de tres días de lluvia constante en los que Inés no apareció, me desesperé y fui hasta su casa. Le llevé un lavado entero de ropa que personalmente le sequé al lado de la estufa, y la flor. No le gustó mucho la flor. Aunque me dijo que sí, me di cuenta por la cara que puso que le parecía algo monstruoso. Lo confirmé cuando vi como la olía con un gesto tierno muy forzado. Además, me dijo que no tenía mucho lugar en su casa como para tener algo así, y eso era en parte cierto. Tampoco me importó. Lo importante fue que pasé la noche con ella y a la mañana salí extático de su casa con la Flor de siete velocidades en la mano y el cordón derecho desatado.

Iba caminando por la avenida Centenario, sonriendo ante el paso humeante de los camiones de los verduleros. Me pregunté por qué las baldosas de Centenario eran todas de aquel color rojizo, tan diferente al de las veredas grises del resto de la ciudad. Recordé que una vez cuando era niño, iba de la mano de mi madre por el lugar y le hice la misma pregunta. Estaba tratando de acordarme cuál fue la respuesta fantasiosa que me dio mi madre para dejarme pensando y callado por un rato, y en eso sucedió: con mi pie izquierdo pisé accidentalmente la punta del cordón separatista, que sin oponer resistencia alguna se deslizó por los últimos dos agujeros que le faltaba superar para ser libre.

Me quedé quieto, como esos soldados en las películas cuando pisan una mina anticuerpo porque saben que si se mueven van a explotar. Mis manos empezaron a sudar de nervios. No me moví, pero temblé. Vi el cordón en el suelo y parecía una viborita muerta. Supe que había pasado algo realmente malo. Si bien yo no había participado en ningún momento para interferir con la liberación del cordón, había acelerado drásticamente el proceso emancipatorio en su etapa final. Tuve mil dudas sobre cómo seguir, qué hacer.

¿Y si la participación de mi pie izquierdo, ya sea accidentalmente, iba en contra de las reglas de intercambio de objetos que yo venía manteniendo con el mundo? Me culpé por la negligencia. Sabía que si enhebraba el cordón de nuevo en sus últimos dos agujeros sería una cosa sucia, una desprolijidad inaceptable en los procedimientos de rapto y abandono que regían mis días. Una interferencia desleal. No podía hacer eso y seguir como si nada. Yo solo tenía que dejar que el cordón se salga, se fuera, se perdiera solo. No sacarlo. Miedo y pena, sentí. Sentí que mi madre me soltaba la mano. No sé todavía cómo funciona el asunto, pero tengo un muy mal presentimiento. Porque cualquiera puede interpretar que yo sí saqué el cordón y no que éste se salió. Ahora la cagada ya está hecha. Insulté al cielo y detoné la mina. Y como tratando de arreglar algo, abandoné también la flor en el suelo de baldosas rojizas, al lado de mi cordón, como haciendo una ofrenda de disculpas ante esa entidad que tanto me había ayudado estos días.

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Hay algunos de sus relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.

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