Me juego mis labios a tu aliento tiene espinas.
Me juego tu sangre a que se quiebran si las miras.
Ahora te miro la nuca con mis trescientos dos ojos,
lo digo por si te tiembla el alma bajo las mejillas,
lo digo por si te queman las pupilas por detrás,
lo digo por si te fundes en silencio
al susurrarle a tu cuello que no se debe girar.
Lo digo por no olvidar, ahora.
Lo digo por si la poesía es corrosiva y el deseo mentira,
lo digo por si se disuelve la voluntad.
Ahora lo digo por las ganas de gritar.

De gritarte que me juego mi salud entera
a que preferirías que me destruyera de manera más bonita,
tolerarías mi autofagia si fuera placentera,
si acariciara a la vista,
fuera fácil de tragar,
si no te asqueara mirarla,
seguro que amarías a una caída que se dejara follar,
a una palabra que fuera corrupta solo de día,
seguro que se te deshacen las papilas al oler mi oscuridad, ahora.

Y oscura me juego todo lo que quiero y todos sus nuevos nombres,
me juego la tierra que poseo como poseen los hombres
y porqué no, me juego los hombres, a que la tierra no me vendería su respeto,
ni me lo regalaría a muy buen precio,
ni me permitiría comprarlo con derechos.
Me juego el mover de mi pecho.

Me juego movimiento de cejas durante canción favorita
a que mis huellas desean más hondo que tus huecos.
Me juego las dos manos que tengo
para aplastar las encías de mis miedos
a que si pruebas a adivinarlos
acaba el juego sin aciertos.
Me juego tu honor a que, aun así, me quedo.

Y aun aquí me juego esta lengua antigua y desgastada
a que soy tan ininteligible que parezco descarada.
Me juego tus sueños a que cuesta descifrarme
mirándome de cerca la cara.
Me juego tres milímetros a que mi piel y tu saliva no se tocan.
Me juego mi vida, o mi piel, o tu saliva,
a que no existe el exilio que espero que conozcan.

Me juego nuestro sexo a que si lo tocaras habría, a trozos en el suelo,
todas tus ganas de ser perfecto.
Me juego la perfección a que puedo quemarla viva.
Me juego el océano a que preferirías ahogarte gélido,
antes de verlo, a ella hecha cenizas y a mi sonrisa enloquecida.
Me juego cada segundo en que no pienso en tu cráneo ni en su peso
a que me encajaría perfecto aquí, entre pecho y pecho.

Me juego el silencio repleto de sonidos ignorados de tan familiares,
me juego el aire compuesto de prejuicios opacos,
me juego promesas postradas sin poder en pálidos susurros,
a que nadie llama a la puerta de donde de noche salen
los gritos y los gemidos que olvidamos,
hasta que, junto al sol, dices:

“Bonita, de tanto jugarte todo,
de tanto apostar la vida, tal vez, un día,
te quedes con nada”.

Me juego la vida a que tu habilidad por descubrir obviedades me tiene cansada.

Escrito por Ona Salvat Febrero

Ona Salvat Febrero (Barcelona, 1997). Estudiante de Llengües i Literatures Modernes a la Universitat de Barcelona, poeta y slammer.