Según el Diccionario de edición, tipografía y artes gráficas de José Martínez de Sousa, la composición figurativa de las páginas de los libros consiste en la «composición tipográfica que generalmente no tiene más fin que demostrar los objetivos artísticos que pueden lograrse empleando solamente materiales tipográficos. (También se llama capricho tipográfico, pasatiempo tipográfico)…».
Ese capricho tipográfico, que pareciera un mero «pasatiempo» del tímido hacedor de tipos, cajista o impresor de éstos (o plateros, que es mejor que prototipógrafos, ya que en éste último se lee todo el peso que lleva a cuestas la historia de la escritura, y la intención es aligerar el tiempo gutenbergeriano, sin olvidar el tiempo oriental que caminaba un paso adelante…), sale de los diccionarios para colocarse como un suceso de creación artística. Sin duda que Sousa ya lo atisba en su definición (o descripción), la tipografía surgida de la alquimia y mecanismo de la imprenta, se la ha intentado ubicar fuera de los márgenes del taller con el motivo de analizarla y valorarla como signo estético, más allá de su «fin esencialmente utilitario y sólo accidentalmente estético» —tal como lo sugiere un Manual de tipografía—, y sólo accidentalmente estético…
Es, por lo anterior, que precisamente en el blanco de estas breves páginas expongo la tipografía como signo independiente, con todas sus formas metálicas y fabriles, para ubicarlo como elemento estético. No es su recuento histórico el que propongo sino su presencia como artificio primigenio de uno de los proyectos culturales más longevos de la humanidad: la comunicación impresa, que recae en lo que posteriormente será la industria editorial y sus sesgos como arte editorial, cuyos objetos bifurcan en accidente estético…
Sin recurrir a más definiciones, me centraré entonces en esbozar la tipografía como artificio. Para abordarla desde este punto, parto del tono anecdótico (entonces sí hay algo de historia, pero una historia de accidentes estéticos). Pongo un ejemplo: Simon Loxley describe en su libro La historia secreta de las letras el suceso que vivió Frederic Goudy, «la primera estrella americana de la tipografía» que, como relata Loxley, «el diseño de tipos de letra, no la imprenta, fue el arte que le haría famoso». Y es que sus letras fueron utilizadas para «deletrear» los nombres de los bares de Gran Bretaña, donde sus asistentes estaban más preocupados por el líquido de malta que por el metal que dio forma a la tipografía, el arte que le dio fama. Vaya accidente estético… Y es que, ¿a quién le interesa un tipo como éste? (me refiero al arte, aunque también al señor Goudy), al respecto el crítico estadounidense Lewis Mumford afirmó: «esos profundos impulsos orgánicos a los que el arte sustituye y traslada a la vida de otros hombres, toda esa dimensión de la naturaleza humana, ha sido vaciada progresivamente de significado».
Esta arrojada sentencia de Mumford y el ejemplo «Goudy» sugieren un artificio de la tipografía para colocarla en el plano del arte y ésta no sea vaciada de su significado. Su mecánica (su poética artificiosa) es la de volver a sus orígenes: el medio fabril donde surgió, que bien vale elogiar la máquina puesto que ésta permitió, por un lado, lanzar dicha partícula móvil como mero elemento metálico que sólo comunicaba (reproducía —y lo sigue haciendo—) el mensaje a las masas, pero que no por ello se la aleja del verdadero avance tecnológico de la imprenta, y por el otro, esa partícula diversificada en sus formas y nombres y estilos, porque «¿qué es el estilo de un tipo sino un vestido para las letras del alfabeto?», tal como lo sugiere Loxley, ha expresado en la línea del tiempo «el carácter nacional de un país», sus revoluciones sociales, económicas, culturales, un artificio para crear arte, mejor dicho, el artificio de crear accidentes estéticos.
Más allá de la anécdota «Goudy», de los umbrales de los bares, el artificio tipográfico elabora un signo estético que se sostiene por los objetos que designa, ya sea el rótulo del bar, el tablero, el menú que ofrece el restaurante, las páginas sueltas que antiguamente ofrecían los impresores para que fueran resueltas al llegar a su comprador, o un bello manual para elaborar, precisamente, un estilo tipográfico nouveau, o los collages de los constructivistas rusos… tantos ejemplos como tantos estilos tipográficos existen. El artificio de la tipografía consiste, entonces, en hacer voltear la mirada para descubrir el valor estético de la letra, como un mero accidente que sorprende, algo así como una bella errata que resalta en el blanco de la página.

Escrito por Yadira Cuéllar Miranda

Aguascalientes, México, 1981. Correctora de estilo y cuidado editorial. Licenciada en Letras Hispánicas y maestra en Artes. Fundadora de Aureus. Revista trimestral de estudiantes de Maestría y Doctorado en Artes, de la Universidad de Guanajuato. Estudios enfocados en cultura impresa, industria cultural, economía de la cultura, vanguardias históricas (estridentismo), discurso gráfico, poesía y ensayo. Degustadora de sobremesas.