Nunca he considerado que Venezuela tenga las playas más bellas, las mujeres más lindas o sea el mejor país del mundo. Eso sería comparable a creer que somos los únicos en el universo, y que en ese espacio, no existan más civilizaciones, planetas habitables y horizontes. Ante esto, probablemente los nacionalistas me tildarán de traidor o anti patriota, y como está de moda la neo lengua que rige los destinos de aquellos que se empapan en “revoluciones” o “socialismos”, lo ideal es dejar que los verbos ilusos no nos capturen y ser fieles a lo que sentimos.

Sin embargo, no soy inmune a la nostalgia. Y algunas veces -más de las que quiero admitir- me encuentro ensimismado por algún recuerdo. Por alguna sensación que me traslada de vuelta a Caracas. Siento en mi rostro el viento que baja del Ávila, las campanas del heladero que marcó mi infancia y el olor de la sopa que mi mamá hacía todos los domingos. La risa de los amigos y las travesuras que desarrollé en una ciudad que me marcó la sangre.

Entonces, no extraño el lugar, extraño lo que me hacía sentir. La seguridad que me brindaba la inseguridad. Es incoherente, lo sé. Pero sí revisan las cifras de inseguridad ciudadana que mantiene Venezuela, entenderán que uno vivía cada día bajo esas incongruencias. Cuando te movías a tu ritmo, a tu paso, con tus contactos y en la confianza de conocer el sitio donde naciste para sortear alguno de los demonios que acechaban tu integridad. No podías con todos, era imposible, pero sabías que tu fortaleza en la batalla del bien el mal (un cliché necesario en esta oración) crecía con cada experiencia. Con saberte sobreviviente de las pesadillas.

Lamentablemente ese fue nuestro error: acostumbrarnos a la supervivencia y no aprender de las experiencias. Dejamos que las etiquetas de la nacionalidad y el “orgullo patriótico” nos engullera como Saturno a sus hijos. Sólo que aquí no existe ninguna madre que golpeé al monstruo en el estómago para que nos devuelva. Para que veamos la luz de la esperanza. No soy fanático del pesimismo, y siempre escudo mis comentarios derroteros con la certeza de hablar desde la realidad, desde lo tangible; pero muchas veces eso es una máscara débil para no enseñar mis verdaderas ansías por salir corriendo, por coger a mi familia y montarnos en un cohete hacia el infinito. Allá donde las estrellas nos cobijen y los ángeles naveguen a través de la estela que vamos dejando en el viaje de nuestros sueños.

Sí, no extraño mi país. Extraño lo que me hacía sentir.

Comprar chicha -con canela y leche condensada- al chichero a tres cuadras de mi casa. Cada vez que salía del colegio, me iba derechito a su puesto donde ya me conocía y sabía lo que iba a pedir. Jugar fútbol con mis amigos en el parque del Este y repartirnos la misma botella de agua cuando atacaba la sed. No importaba la salubridad, sólo la camaradería. Pasear por el bulevar de Sabana Grande de la mano de mi esposa. Sentarnos en una banca a comer pizza. Ver lo hermosa que es y prometer que nunca me cansaría de sus ojos. Son esas sensaciones las que conforman mi Venezuela.

Sensaciones que muchas veces me dejan en lugares oscuros. En rincones donde la pesadez del destino puede jugar en mi contra y me borra la sonrisa del rostro. Me quita las ganas de levantarme de la cama y sólo me pide que me reduzca a un pequeño suspiro de lo que pudo ser mi vida. Es difícil luchar ante la marea de los inciertos que pueden arroparnos en determinado momento: los fantasmas del hambre, la tragedia de los recursos finitos y esa inconformidad de los pies al tantearlos con los zapatos rotos y sin trenzas. La lucha se da todos los días, y mientras no seamos conscientes de la piel que nos protege los músculos y los huesos, mientras no se fortalezca como el cuero curtido, nos queda lidiar con la locura e intranquilidad de una nostalgia que es malvada y cruel.

Sí, no extraño la geografía.

Ahora toca acostumbrarnos a los saltos de fe.

A dar pasos en manos de la oscuridad con la certeza de lo que sabemos, de las experiencias y de lo que podemos derribar con nuestras manos. Caracas me vio nacer.

Aún no le daré la oportunidad de verme morir.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.