Quien se rebela contra algún aspecto del mundo, ejerce con entusiasmo, como parte de esa rebelión, nuevos modos de libertad en torno al lenguaje. En forma de consigna o de canción, de poema, graffiti o tweet, la “marea feminista” impugna la normalidad desde su palabra. Aquí algunas notas en caliente para pensar la vitalidad de un lenguaje que se empuña como bandera.

PH: Cobertura colaborativa Asamblea Ni Una Menos Córdoba @AsambleaNUMCba

¿Sabe usted por qué la sigla “LGBTTTIQ” a veces tiene una T, a veces dos, otras tres? ¿No fue acaso sorprendente notar hace poco el poder de pronunciar un nombre propio en la esfera pública: Misoprostol? ¿Hace cuánto que ronda en las discusiones la palabra técnica “mansplaining”? Como feminista novata y adicta a los análisis discursivos, no puedo resistirme a la idea de asomarme a este mundo enorme de escrituras, palabras y lenguajes que hoy se encuentran poblando las bocas en nombre de un movimiento que son muchos movimientos buscando articularse. Escribo desde mi lugar: como hablante de castellano, argentina y cordobesa, blanca, cis, clase media universitaria. Interna al feminismo por enamoramiento, externa por no haber pagado todavía un derecho de piso. Hablo como su fan: expectante y con placer observo cómo esta manada salvaje desnuda al viejo castellano y lo saca a marchar por la calle.

Trazos de una poética desacatada

Aunque el macho de vista de izquierda, macho queda. Las tetas no son genitales, son geniales. La vida es corta, hacete torta. Ni yuta ni tuya. Saquen sus rosarios de nuestros ovarios. El patriarcado es una pija: hagámoslo concha. Abortaría por si sale policía. La puta que te paró.
Aquí rescaté, un poco aleatoriamente, frases potentes que, podríamos decir, son patrimonio del amplio espectro del (de los) feminismo(s). Las hay viejas y nuevas, de origen digital o callejero, en forma de consigna o de desafiante y breve poesía popular. Juntas todas, parecen un buen reservorio para trabajar recursos líricos en algún antro escolar: la fuerza con que los antiguos trucos del lenguaje poético, como la simple rima, hacen resonar la espesura de las reivindicaciones con que los feminismos buscan tensionar lo instituido, da cuenta de un lugar de enunciación emergente: un sujeto histórico que (re)nace.
Frente a otros sintagmas que rondan ámbitos similares (“mujer bonita es la que lucha”, “vivas nos queremos”, “mi cuerpo es mío”, etc) las primeras son brutalmente interpeladoras. En algún sentido, explícitamente se asumen discurso político: podemos ver en ellas la construcción clara de un prodestinatario (las feministas) y un contradestinatario (variable: varones, pakis, católicas y católicos, etc.), lo que las hace incómodas para el discurso homogeneizante del feminismo liberal. Incluso resisten la despolitización, desafiando a propios sectores que se identifican también como feministas, como en: “Si el Papa fuera mujer, el aborto sería ley” o incluso el muy coyuntural: “Con las telas de la Awada /vamo’a hacer una bandera / que diga con letra grande / yegua, puta y montonera”.
Al mismo tiempo que dicen su consigna, impugnan el intento del mercado de apaciguar el discurso feminista para convertirlo en un producto de marketing orientado. Se empecinan en desafiar y aun agraviar intencionalmente. Dicen: el feminismo no es dócil, no es para todas y todos, no es fácil, no es armonioso, no es tolerante, no es apolítico. Hace un uso estridente de su derecho a inflamar el carácter polémico de la democracia. Pero a su vez, buscan seducir un paradestinario (o mejor, unx paradestinatarix) a través del humor y la apelación al placer y a la autoafirmación. La cultura millennial está claramente a la cabeza de estas nuevas estrategias de gozar en el lenguaje.

Demandas incómodas

Una camionada de neologismos invade las calles, los bares, los pasillos reales o digitales que son habitados por los distintos feminismos: quizás muchas ya nos familiarizamos con las palabras compuestas y de aire científico (heteronorma, patriarcado, cisgénero), pero nos rodean de pronto otras más simples y populares: paki, machirulo, femininja. En esto, como en todo, no nos salvamos de los préstamos que algún día quizás castrellanizaremos sin darnos cuenta: queer, metamour, glitter, man-tears. Lo que no se nombra no existe, dicen las activistas, y lanzan a los cuatro vientos los nombres de lo que solía ser invisible: violación intramatrimonial, aborto, vaginoplastía, clítoris, intersex, violencia obstétrica. Podríamos decir que el lenguaje es una arena en la que luchamos todo el tiempo (queramos o no) de cara a la disputa cultural que se está librando.
Entre otras travesuras lingüísticas, el feminismo feminiza sustantivos masculinos que le quedan ya incómodos (aunque paradójicamente no el propio “feminismo”): dice mi cuerpa, la grupa, amora. El femenino es usado en muchos casos para un plural inclusivo, aun en grupos de sólo varones. Estalla la entera categoría gramatical del género, que solía ir desapercibida y acompañada en aprendizajes escolares: género y número, género, número y caso. Y cuando digo estalla, me refiero a un estallido que demuele muchas cosas al pasar.
Entre las edificaciones que buscan resentirse con las explosiones podemos contar con la institucionalidad: lingüística, estatal, empresarial, de partidos. Las instituciones comienzan a hacer aguas ante una demanda general de que el lenguaje reconozca la diversidad de personas que lo conforman. Nosotros. Nosotros y nosotras (o mejor, al revés: nosotras y nosotros). Todas y todos nosotros. Todas nosotras y todos nosotros. Nosotr*s. Nosotrxs. Nosotres. Una serie que nos resulta familiar y que ha conseguido desnaturalizar el masculino como neutro ya en muchos ámbitos. Pero en su devenir todavía convulsivo, se niega a una forma políticamente correcta que pueda instituirse como lenguaje estatal u organizacional. Una muestra de esto es la dificultad de plataformas como Facebook para customizar el formulario de registración de acuerdo a los parámetros de la diversidad.
¿Cómo se hace un formulario que incluya a todxs, y no ofenda a nadie? ¿Qué dejamos de preguntar (¿por qué preguntar por el “sexo”, en primer lugar), y dónde multiplicamos las opciones para huir de la trampa binaria? La incomodidad, hoy y desde hace tiempo, es intrínseca al lenguaje inclusivo. Y tiene sentido, ya que cristaliza una real desigualdad que no puede resolverse amigablemente desde el solo discurso.
Este texto incluso, va dejando quizás un reguero de ofensas a medida que nombra plurales invisibilizando unxs, empoderando otres. Es que una retórica de la diversidad va en contra de una de las famosas “leyes” del lenguaje: la economía. Es largo, es tedioso, exige enumerar, huir de sustantivos colectivos que busquen abarcarlo todo. Y a todxs.
Aquí en Córdoba, a un año y muchos preparativos de distancia del Congreso de la Lengua con su consiguiente visita del ilustre Rey de España, el feminismo y la institución lingüística parecen irreconciliables.

Semiosis desesperada para una consigna

Nosotras paramos el mundo, decía la consigna cordobesa del paro internacional de mujeres del 8M que en 2018 reunió en un hecho político a mujeres de distintos países y culturas. Busco una semiosis breve y desesperada para esta consigna, en el sentido de no poder esperar para hacerla: el tiempo y la paciencia investigadora de otras nos mostrará con más claridad los sentidos trazados en estos días de fervor. Pero arranquemos.
El “nosotras” es ya polémico: el paro es de mujeres, lesbianas, travestis y trans, enumeración que busca incorporar identidades disidentes de la heteronormatividad. Pero entre las tensiones internas del colectivo (si es que no es exagerado nombrarlo en singular) gana la enunciación en femenino. La mayoría, podríamos decir. El colectivo más antiguo del feminismo, podría ser otra razón. Lo cierto es que el paro se planteó para el 8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora, y así instaló esta figura y rodó por carteles, medios y bocas: nosotras, las mujeres. Quienes lo debatieron largamente no son ingenuas: fue una decisión, y como toda decisión, trae ganancias y costos.
Pero la semiótica de las imágenes nos dice algo más sobre este nosotras: las fotos en las marchas –al menos en Argentina- muestran muchas mujeres flacas, blancas y jóvenes, con uno o dos hijos como máximo, frente a una cantidad muy menor de indígenas, negras, pobres, gordas, ancianas, mujeres con muchos hijos e hijas. Esto puede hablar sobre la composición real de la movilización, pero también puede decirnos algo sobre la elección de quienes registran las fotos. De todos modos, al elegir algunas como protagonistas de la imagen están dando cuenta de que dicho protagonismo precede al hecho de su registro. Por lo tanto hay una ausencia simbólica que es innegable.
Tengamos en cuenta que la pretensión de realizar un paro se basa en dos supuestos que miles de mujeres no cumplen: en primer lugar, tener un trabajo, o una pareja, un alguien ante quien “parar” de realizar el trabajo remunerado y no remunerado. Y en segunda instancia, las condiciones para poder hacerlo, sin ser echadas, sin recibir violencia doméstica, etc. La participación en largas asambleas es también una condición negada de antemano a quienes viven en barrios periféricos y sostienen su hogar a cada minuto, o trabajan de noche y no pueden perderse ninguna.
Esto no invalida la fuerza del hecho político. De algún modo, los cuerpos presentes pueden representar a quienes no están. Pero para ello es necesario una visibilización intencional de las que no pueden llegar. Es una acción todavía pendiente, y estamos a tiempo de fortalecerla, si hablamos de esto, si nombramos la ausencia porque existe, si hacemos notar la ausencia brillante de las ausentes, la importancia de ellas, y las condiciones de injusticia social que hacen que esto sea así. Sin esta tarea, no habrá feminismo popular.
En fin. Con todo y estas notas, paramos el mundo.
Nosotras paramos el mundo.
Paramos, que en la voluptuosa lengua latina que masticamos de modos tan distintos significa detener
y también significa
poner de pie.

Escrito por niacabellos

Mi nombre es Nía y vivo en Córdoba, Argentina. Soy licenciada en Letras y tengo publicado un libro de poesía, El Final de La Respiración, editorial Llanto de Mudo. Confío en la escritura joven y en las redes que puedan potenciar las producciones independientes.