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Las manos blancas del invierno, su hechizo de lluvia y de sal. Desde aquí puedo oler el mar. El viento rompe contra las murallas como si fuera una ola, como un océano de espectros que vuelven una y otra vez a la ciudad, buscando el recuerdo o la huella del naufragio. Desde aquí puedo oler el mar. Puedo olvidar las murallas y escuchar el ritmo de las mareas.

Recuerdo la torre de Gruissan, su piedra sagrada en el centro del laberinto. Allí los tiempos se funden y el presente no es más que un sueño perdido en la memoria. Desde aquí puedo oler el mar. Puedo sentir la luz del crepúsculo sobre las aguas de Gruissan.

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El viento rompe contra las murallas, pero esto no es Gruissan. Esto es Albi, la dama de ladrillo, y el mar es un acorde que tiembla en la distancia.

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Camino por las murallas del Palais de la Berbie e imagino las vides en flor. Miro hacia arriba: sus ramas se entrelazan con el metal de la pérgola. Sus ramas como venas oscuras atravesando los cielos. Imagino las vides en flor y las uvas cubiertas de nieve. Los pétalos blancos como las manos del invierno. Miro hacia abajo: las aguas del río Tarn reflejan la llama roja de los puentes.

4azul

Cada vez que vengo a Francia busco a Renée. La busco en los parques, en el vuelo de los pájaros, en los templos a medianoche. Todos los lugares me llevan a otros lugares. Todos los rostros me recuerdan a otros rostros. Abro los ojos en el claustro de Saint-Salvi. Una luz parpadea en la noche y escucho la voz de Renée: «Des feux follets courront le long de nos vertèbres, / Car l’âme ressucite au profond des ténèbres, / Et l’on ne redevient soi-mëme que la nuit». Una luz parpadea en la noche y las violetas arden bajo la luna creciente.

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Cada vez que vengo a Francia busco a Renée, pero nunca la encuentro. Escucho su voz a medianoche, su canto entre las ruinas, pero sus libros nunca están en la sección de poesía. Pedimos dos cervezas: «deux Leffe Rouges, s’il vous plait». Eneko habla de otros mundos: lugares en los que las yeguas cabalgan sobre el agua, bosques besados por la niebla, ciudades en las que las mujeres se transforman en lechuzas y atraviesan los cielos. Cierro los ojos e imagino que soy un pájaro nocturno. Imagino que mis manos no son manos sino garras, que mi voz se transforma en canto y mi piel desparece bajo el plumaje, como la tierra bajo la nieve. «Cette nuit, des oiseaux ont chanté dans mon coeur…». Sonrío. Pedimos más cerveza.

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Bosques besados por la niebla. La lluvia nos lleva a Najac y a sus calles habitadas por fantasmas. El silencio es blanco y podemos tocarlo. Podemos acercarnos a él y acariciar su rostro, besar sus labios de escarcha, podemos escuchar su aullido. Najac y la niebla, Najac y los bosques, Najac y los signos en los muros. Todas las paredes hablan. Todas las casas cuentan una historia. Y sin embargo el silencio, y sin embargo la niebla. Subimos al castillo y escuchamos la respiración de los espectros.

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«Signos en los muros narran la bella lejanía». Pero la belleza está aquí, en los bosques, la belleza es la niebla. Todo lo demás no importa. Solo importa el pulso de las trepadoras en la piedra, su abrazo de araña, la urdimbre silenciosa de las plantas. La belleza son las aguas del Aveyron y la belleza es no poder decirla.

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Llegamos a Belcastel. Eneko corre hacia la iglesia que hay al otro lado del río, pero yo me detengo en medio del puente. Escucho la respiración del río y pienso que el agua es tan oscura que podría ser sangre. «Agua negra, animal de olvido», dice Alejandra. El agua es tan oscura que podría ser la sangre de una loba oculta en las montañas. Un milano sobrevuela el campanario. Su canto es como un cuchillo cortando los vientos, y pienso que ese mismo cuchillo es el que rasgó el vientre de la loba. Eneko pronuncia mi nombre. Cómo puedo decirle que he visto una loba herida en las montañas.

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«Agua negra, animal de olvido», dice Alejandra. Renée responde: «Le souvenir est beau comme un palais détruit…». El recuerdo es bello como un palacio destruido. Tal vez sea eso: estos lugares son recuerdos, imágenes de la memoria o visiones de un sueño antiguo. Belcastel es una hoguera que arde bajo nuestros párpados, un pantano de aguas oscuras, animal de olvido. Desde aquí puedo oler el mar. Puedo olvidar el bosque y escuchar el ritmo de las mareas. Desde aquí puedo recordar cómo el canto de un milano rasgó el vientre de la loba, puedo recordar a las mujeres transformadas en lechuzas, el parpadeo de la luz en la noche, los fuegos fatuos recorriendo nuestras vértebras.

Desde aquí puedo oler el mar. Puedo sentir la luz del crepúsculo sobre las aguas de Gruissan.

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Escrito por Iosune de Goñi

Iosune de Goñi (Burlada, 1993) es escritora y fotógrafa. Tras finalizar sus estudios en Filosofía, realizó un Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento. Actualmente es estudiante de doctorado en la UNED, donde realiza su tesis en Género y Literatura. Sus textos han sido publicados en las revistas Lekore, Triadæ y La Espiral, así como en las antologías Los muchachos ebrios. Antología de poesía jovencísima transoceánica (La Tribu, 2016) y Hatsaren Poesia Olerki Bilduma (Hatsa Elkartea, 2017). Sus fotografías han aparecido en godArt Lab y en las revistas Aldiri y Lomography. En diciembre de 2017 presentó su proyecto Gorputzak en Astra (Gernika-Lumo), una exposición de fotografía que busca romper con los límites del cuerpo a través de las imágenes. En marzo de 2018 Gorputzak se expuso en la galería ARTgia de Vitoria-Gasteiz.