Los que vivimos nuestra infancia y adolescencia durante los años 90 recordamos con cariño aquellos largos veranos, en los que conocíamos a alguien especial y nos intercambiábamos las direcciones de correo postal para mandarnos cartas, durante el tiempo en el que estuviéramos separados. En la película 5 centímetros por segundo, Makoto Shinkai consigue transportarnos a aquellos años en los que los teléfonos móviles e Internet todavía no se habían introducido en nuestras vidas.

En aquel entonces, la única forma de comunicación con amigos o seres queridos eran las cartas o una llamada rápida en la cabina de teléfono más cercana. Escribíamos a mano, la tinta azul invadía los folios y los dibujos de colores en los márgenes aportaban diversión a la historia. Cada vez que llegaba el verano comenzaban a circular las cartas para los amigos de la escuela y cuando terminaba la época estival, el buzón se llenaba de las de los amigos del pueblo o los efímeros amores de verano.

La novela epistolar

La primera parte del film 5 cms por segundo está construida al estilo de una novela epistolar, un género literario que consiste en una sucesión de cartas enviadas o recibidas por sus personajes protagonistas desarrollando así una trama.

Ahora que el correo electrónico y la mensajería instantánea han invadido nuestros modos de comunicación, la expresión de ideas y novedades mediante cartas u otros mensaje escritos se ha relegado meramente al ámbito romántico. Pero no siempre fue así.

Ya en Grecia y Roma se utilizaba esta manera de narrar historias. Autores clásicos como Marco Tulio Cicerón o Séneca dejaron extensos epistolarios sobre temas variados. El primer ejemplo español de novela íntegramente escrita en forma de cartas es Proceso de cartas de amores de Juan de Segura de 1553. Otros ejemplos de novelas epistolares españolas serían las Cartas marruecas de José Cadalso de 1789 o las Cartas desde mi celda de Gustavo Adolfo Bécquer de 1871.

Este subgénero de la novela conoció su auge a partir de la Ilustración, con obras como La nueva Eloisa de Rosseau de 1759 y Los sufrimientos del joven Werther de Goethe de 1774 en los albores del Románticismo o Drácula, de Bram Stoker de 1897. La novela epistolar llegará hasta la actualidad con las obras de Tabucchi, Saul Below, Miguel Delibes o Carmen Martín Gaite, entre otros.

Se trata de un recurso narrativo que permite ahondar en la psicología de los personajes. Escribir cartas es dedicar un tiempo a la otra persona pensando qué queremos contarle y cómo queremos expresarlo. Las cartas revelan sensaciones, sentimientos e ideas que provocarán que el destinatario piense también una respuesta a lo que ha recibido.

Es por tanto un género muy intimista. En las cartas el narrador es sujeto y objeto de los narrado. Los personajes se abandonan, se relajan y descubren sus secretos más guardados. Muchas veces estas expresiones adquieren una forma artística o poética. El narrador unifica de manera imaginativa sus propias vivencias y es entonces cuando puede considerarse esa correspondencia como un género literario con unas potencialidades expresivas propias.

Al igual que otro género tan íntimo como el diario, no posee una estructura establecida. Es una modalidad de escritura bastante informal que se aleja de la retórica. El lector o en este caso, el espectador se encuentra en una posición privilegiada, pudiendo disfrutar en todo momento de los secretos de la vida privada de protagonistas de la historia.

En esta película las cartas son un medio de transmisión de un mensaje con el que se superan las distancias entre el remitente y el destinatario.

5 centímetros por segundo

El film se estrenó en el año 2007 y recibió el premio platino de Lancia en el Future Film Festival a mejor película de animación. Se encuentra entre el mediometraje y el largometraje, ya que su duración es de 63 minutos. Se estructura en tres capítulos bien diferenciados que narran diversas etapas de la vida de un joven llamado Takaki Tōno. En este artículo nos centraremos en el capítulo primero: “Los pétalos de cerezo”, de 25 minutos aproximadamente, en el cual la historia se desarrolla gracias a la correspondencia entre dos de los personajes principales.

Los pétalos de cerezo

El relato comienza en Tokio, en la primavera de 1990. El día de su graduación de primaria, Takaki y su amiga Akari Shinohara, están viendo los pétalos de los cerezos caer. Los pétalos son una metáfora del ser humano, evocan la lentitud de la vida y los diferentes caminos que las personas vamos tomando a lo largo de nuestra existencia. “–Dicen que es a cinco centímetros por segundo. – ¿Eh? ¿Qué es eso? – La velocidad a la que caen los pétalos de las flores de cerezo. (…) ¿No crees que parece nieve?”

Desde este primer momento el film nos marca una velocidad: “5 centímetros por segundo”. La velocidad precisa a la que hay que contemplar la vida en su lento caminar, y aprovechar ese tiempo para perderse de vez en cuando y no preocuparse demasiado.

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Akari entonces echa a correr sin previo aviso y cruza las vías, se oye la campana del tren y se baja la barrera. Ambos personajes quedan separados por las vías y por el tren que actúa como elemento representativo de la distancia entre dos personas. Akari abre su paraguas y desde el otro lado le dice a Takaki que sería genial que el próximo año pudieran volver a ver juntos la caída de las sakuras.

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Pero nada más lejos de la realidad, ya que cada uno va a estudiar la secundaria en un lugar diferente. Akari se va a Tochigi y Takaki se queda en Tokio. Al estar separados solamente pueden mantener el contacto mediante correspondencia.

Durante los cinco minutos siguientes de metraje podemos ver cómo la chica va contando a Takaki su día a día a través de siete cartas breves. Escuchamos la voz en off de Akari acompañada de imágenes de su vida cotidiana y de la de Takaki, que también escribe cartas, aunque no sabemos nunca lo que dicen. Así, podemos observar cómo el tiempo va pasando y en consecuencia cómo va aumentando más y más la distancia entre los dos.

Pequeños detalles como cambios en la imagen física de los personajes (cortes de pelo) o percepciones sobre el clima y las estaciones, nos dan pistas sobre ese irremediable pasar del tiempo

En el final de la primera carta, con una imagen crepuscular de fondo, se oye la voz de Akari: “La última vez que nos vimos fue en la graduación de primaria. Ya ha pasado medio año desde entonces. Dime Takaki: ¿Aún me recuerdas?” Entra aquí en juego la duda que otorga la distancia y el no ver al ser amado.

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Cuando Akari escribe la segunda carta ya es otoño. Comienza con la frase: “Querido Takaki, gracias por responder. ¡No sabes lo feliz que me hizo!” Esto otorga al espectador un rayo de esperanza, aunque sigamos sin conocer la respuesta del chico. Mientras Takaki lee la carta en el colegio, irrumpe en la clase la profesora que le pregunta a ver si está leyendo una carta de amor y él le responde “claro que no”.

Con la tercera carta se ven algunos cambios más en los personajes que nos permiten ser conscientes del paso del tiempo. Akari dice: “Me corté el pelo, no sé si me reconocerías si me vieras (…) Seguro que tú también vas cambiando, poco a poco”.

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Llega el invierno y se oye a Akari leer una cuarta epístola, mientras se suceden imágenes de Takaki en el tren y en el instituto: “¿Cómo estás ahora que ha llegado el frío? Aquí ya ha nevado varias veces (…) En Tokio aún no ha nevado ¿verdad?. Aunque ya no vivo allí, sigo teniendo la costumbre de mirar el parte meteorológico”. Vemos como Akari tiene muy presente Tokio y no se quiere desvincular de los recuerdos que la unen a Takaki y a la ciudad en la que estuvieron juntos.

Después de la lectura de esta carta se ve a Takaki hablando con sus amigos, en un descanso del entrenamiento, sobre cómo llegar a Tochigi. Ya está pensando en ir a ver a Akari y se nos abre otro rayo de luz.

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En su quinta carta la relación vuelve a dar un paso atrás cuando Akari se entera de que Takaki se mudará a Kagoshima. En esta carta le dice: “¡Me ha sorprendido saber que vas a cambiarte de escuela! Aunque supongo que tanto tú como yo, ya deberíamos estar acostumbrados (…) Esta vez te vas tan lejos que no bastará un solo tren para ir a visitarte, y eso me hace sentir un poco triste”. Se ve la mano de Takaki trazando con una línea roja (posible alusión a la leyenda del hilo rojo del destino) los trayectos en tren que deberá hacer para llegar hasta Akari. Quiere hacer este viaje antes de mudarse ya que después será mucho más complicado que se vean. La escena termina con Takaki escribiendo otra carta a la chica.

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Durante la lectura de la sexta carta de una Akari llena de felicidad por el pronto reencuentro con Takaki, Makoto Shinkai nos ofrece una escena metafórica de un viaje. Una conexión entre dos lugares o en este caso, dos personas a través de un pájaro que vuela desde Tokio hasta Tochigo, donde lo ve Akari que está leyendo en un banco. Termina la carta con la frase: “Realmente espero que la primavera venga contigo, Takaki”.

Sin embargo, el día que Takaki sale del instituto al atardecer, para tomar el tren camino de Tochigo, empieza a nevar. Se escucha de fondo la séptima carta de Akari deseándole buen viaje, agradeciéndole que vaya hasta la estación más cercana y diciéndole que le esperará allí a las siete.

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A partir de aquí el capítulo se configura en torno al monólogo interior de Takaki que mientras viaja en el tren, recuerda los momentos compartidos con Akari durante su infancia: dando paseos, hablando sobre libros o comiendo en restaurantes de comida rápida. También habla de sus afinidades físicas y psicológicas con una sucesión de imágenes de esos momentos de fondo. Takaki revela que en ese tiempo pensaba que estarían juntos para siempre.

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Takaki como si escribiera una carta dentro de su cabeza sigue expresando sus sentimientos: “Mi corazón iba a estallar. Iba a ver a Akari de nuevo”. Se ven imágenes del tren por fuera y dentro del vagón, Takaki lleva un papel en el bolsillo, otra carta.

Aparece la imagen de Akari llamando desde una cabina de teléfono a casa de Takaki. Se trata de otro recuerdo: Cuando la chica le comunicó que se mudaría a estudiar la secundaria en Tochigi. El momento en el que sus caminos comenzaron a separarse.

El viaje se retrasa varias horas por el temporal, llenando al personaje de ansiedad y desesperanza porque no va a llegar a la hora acordada. Prosigue el viaje y afloran los recuerdos de su despedida al final del curso en el colegio.

Descubrimos entonces que esa carta que lleva en el bolsillo, es una carta en la cual le declara su amor a Akari. En una de las estaciones, mientras espera a un último tren, se le vuela dicha carta con el viento. Este suceso es el preludio de lo que sucederá más adelante.

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El último tren permanece parado en un descampado durante otras dos horas. Se resalta aquí el tema de la soledad y del paso lento del tiempo, mientras se sigue viendo la nieve caer en el exterior.

Cuatro horas más tarde el tren llega a la estación de destino y Takaki se baja ya sin esperanzas de encontrar a Akari. Pero por suerte allí está ella.

Tras el breve reencuentro, abandonan la estación y caminan pisando la nieve hasta un cerezo desnudo. Akari vuelve a darse cuenta de que esa nieve es muy parecida a los pétalos de cerezo cayendo. Se dan un beso bajo el árbol y a su vez se percatan de que su relación nunca podrá funcionar: “En ese momento sentí que sabía dónde se encontraban la eternidad, nuestros corazones y nuestras almas. (…) Y entonces, al momento siguiente, me embargó una tristeza infinita. (…) En ese momento supe que no estaríamos juntos para siempre”.

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Después de pasar la noche en un pequeño almacén, vuelven a la estación para despedirse. Takaki le dice a Akari que le escribirá cartas y le llamará por teléfono. Pero cuando las puertas del tren se cierran, entiende que eso no va a ser posible y que su destino desde siempre ha sido tomar caminos diferentes.

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El episodio termina con la alusión a dos últimas cartas. Se escucha a Takaki diciendo que nunca le dijo a Akari que había perdido la carta que le había escrito. En la imagen se ve a la chica con otra carta, dirigida a Takaki, seguramente expresando los mismos sentimientos que había escrito él en la suya. Ella tampoco se la había entregado a él durante su encuentro.

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Escrito por Marta Castaño

(Pamplona, España, 1988) Licenciada en Filología Hispánica y graduada en Información y Documentación. Bibliotecaria errante, apasionada por la literatura en todas sus formas, lectora siempre y escritora a veces.