Oigo pasos que se acercan, mi pecho despierta como un perro hambriento que oye a su amo freír un filete en la cocina. La estaba esperando y, no obstante, el sonido me encuentra desprevenido. Mi respiración se detiene, mis manos tiemblan al tratar de colocar la pequeña llave en la cerradura diminuta del primer cajón del escritorio. Al tercer intento lo logro, giro la llave, el reflejo de la lámpara de noche estalla en el mango del objeto. Un crujido cercano me hace levantar la mirada. Está aquí, frente a mi habitación. Una sombra infausta se alarga en el suelo, naciente de la rendija inferior que deja la puerta cerrada.

La primera vez que la vi supe que ella sería mi ruina. Llevaba la fatalidad inscrita en el rostro: Lucy, mi Átropos. Aquel día, entré al bar más o menos por error, sin saber dónde esconderme de un calor inesperado, una tarde en que el cielo no acababa de decidirse. Huyendo del sol y del aburrimiento me topé con ese hueco del diablo, donde la misma canción suena casi siempre a la misma hora. En aquella calle sucia, atiborrada de ebrios tambaleantes y olor a orines, era mi mejor opción. Al menos, nadie me reconocería.

Me senté en una de las pocas mesas vacías y pedí una cerveza. La tercera vez que me llevé el vaso mugriento a la boca, mis ojos se quedaron en ella. Estaba sentada al fondo, con la ventana abierta a sus espaldas, por donde se escapaban las volutas de humo del cigarro que tenía en la mano. La luz exterior encendía las hebras desordenadas de su cabello, enredadas vulgarmente en un moño a la altura de la coronilla. Su mirada distraída se posaba en la nada, al pestañear se demoraba en abrir los párpados, cubiertos de abundantes pestañas grumosas. Tenía los ojos de un marrón opaco, casi turbio. Sus labios, finos y pálidos, se posaban de vez en cuando en el cigarro y se fruncían. Cuando hablaba, dejaban entrever sus dientes frontales, demasiado grandes para el perfil de su boca diminuta.

Esperé pacientemente a que su mirada brumosa se detuviera en mí. En cuanto la vi sola, me acerqué y caí en cuenta de su mano vacía, así que le ofrecí un cigarro. Salimos, me pidió que la llevara en mi auto a su casa, me invitó a entrar y se quitó la ropa. Yo ni siquiera me había atrevido a besarla. Cuando todo acabó, hasta pensé en preguntarle cuánto le debía. Lucy era así, se dejaba llevar; pronto comprendí que, si quería verla, debía habituarme a no significarle más que un amorío casual.

Varias veces caí en el mismo bar y la encontré en brazos de otro; entonces ella desviaba la vista, daba los últimos besos y salía; yo la esperaba con el corazón oprimido y los nudillos blancos de rabia en el auto. Íbamos a su departamento y le arrancaba la ropa con furia, le jalaba el cabello enredado, hincaba los dientes en sus senos. Ella se dejaba hacer, yo enfurecía más al ver que no se resistía. Nunca gritaba, nunca apartaba el rostro; ella gozaba en silencio de mi ira. Cuando mis ojos se encontraban con los suyos, no veían más que cruel indiferencia.

Otras veces me llamaba, me invitaba a invitarle un café. Entonces se dejaba el cabello suelto y se ponía un labial bermellón, que dejaba pintado al filo de la taza y del tabaco. Le gustaba fanfarronear de cosas que no entendía mientras dibujaba espirales con la uña en una servilleta. Hablábamos durante horas, hasta que la noche caía y me llevaba con dulzura a su regazo. Mi loca obsesión fue tan fuerte que una noche de esas, metido entre sus piernas, llegué a decirle que la amaba. Lucy, como siempre, permaneció en silencio.

El tiempo pasó y dejé de vivir; abandoné mi casa, me alejé de los amigos, quienes no me soportaban tan ansioso y distante. Perdí el trabajo, dejé de afeitarme la barba y cortarme el pelo, en donde empiezan a aparecer irremediablemente las canas. Lucy nunca quiso vivir conmigo, nunca quiso siquiera pensar en tomarse mi amor en serio. Hace unos días le pedí que me matara. Ella ha sonreído, como pocas veces lo hace, se ha subido las bragas y se ha largado. Estar con Lucy es eso, enfrentarme al olor de su cuerpo en la cama vacía. Fue entonces cuando no aguanté más, salí en plena madrugada a errar por las calles hediondas y oscuras del centro hasta encontrar lo que buscaba. Al cabo, entregué hasta el último dólar que tenía en mi haber a un hombre pequeño y harapiento, quien introdujo el revolver en una fundita vieja que olía a comida rancia.

Hoy la espero, sentado entre las ruinas del cuarto donde ahora vivo. Ella ha aceptado verme, aunque sea en mi pocilga; supongo que, después de hoy, planeaba no dejarme saber de ella en meses. Ya ha desaparecido antes, creo que disfruta el encontrarme cada vez más perdido. Sabe que una parte de mi alma se queda en ella, ahogada en esos gritos que nunca salen de su boca.

Ella da un paso hacia delante, la sombra crece bajo el marco inferior de la puerta y se extiende en el suelo semejante a una ola negra, repta entre los pocos muebles, las libretas y papeles hasta posarse en mi pecho, agazapada como un íncubo. Veo girar la manija de la puerta, mis manos saltan hacia el revólver y lo sostienen en alto, los nudillos blancos de miedo. Debe ser ella, me dicen, debe ser mi muerte que llega.

 

Fotografía:  ~ Erebos “Urlo inumano” (CC BY-NC 2.0)

Escrito por Abril Altamirano

Escritora ecuatoriana. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Univesidad Católica del Ecuador. Realizó, junto con el poeta ecuatoriano Juan Romero, el libro "Despertar de la hydra, antología del nuevo cuento ecuatoriano" (Ed. La Caída, 2017). Forma parte de las antologías "Señorita Satán, nuevas narradoras ecuatorianas" (Ed. El Conejo, 2017) y "Reunión de muertos” (Ed. Infinito, de próxima publicación). Actualmente trabaja como correctora y editora independiente.