Llegó a las puertas del lugar, era un paso vertiginoso. Sin embargo habló, porque callar nunca. Dijo hola vengo a exponer mi alma.

Llene esta planilla respondió una mujer, las puertas del museo de abren a las ocho y se cierran a las cinco sin excepción.

Caminó derribado por el impacto de dar paso a semejante acto de vulnerabilidad, pero no lo dudo porque dudoso siempre y así el destino le fue a pagar, con ingratitudes humanamente estúpidas.

Cruzó por las vallas y no siguió precauciones ni leyó los carteles, tampoco se tomó el trabajo de saludar al conserje ni al hombre que lustraba los pisos, de todas formas que importan las formalidades cuando uno se abre a todos los finales, cuando se esta a punto de resetearse; de parirse en sí mismo.

Será un parto neptuniano, ya que los astros en plena luna vibrante se posicionan en piscis leyó esta mañana y ahora lo recuerda banalmente.

Cruza la vaya como quien esta cometiendo una infracción pública, entra al cubículo del olvido, cierra los ojos pero le tiemblan las manos, es triste ese altar inmunizado a titubeos.

En su norte hay un cuadro más horrendo que él, al menos la desgracia le hace ciertos favores.

Allí se coloca, se siente maqueta, su camisa esta abierta, que idiota olvido enchufar el interruptor. Vacila un segundo… Una partícula de tiempo que reflexiona que está harto de reflexiones.

No obstante se enchufa porque cobarde nunca.

La pantalla rebotó en la pared, algunos pocos intelectuales de museos nocturnos tomaron asiento.

 

<<Que pocos primos. Sus ojos de verdes a pardo.

A los ocho renuncia, a los veintiséis se convierte.

Solo uno más en el mundo, en el espectáculo gravitacional, en el círculo infinito de descendidos terrestres.

Todo lo transgeneracional que desconoce; su inevitable tendencia al arte. Vegano.

Siempre tuvo la sospecha de que al saberse enamorado en realidad no lo estaba, solo eran efectos de sus propias carencias de amor intentando saciarse.

Dos hermanas rivales, el campo y su fascinación por los girasoles>>.

 

Termina la función, quien sabe con lo sucede con los que firman y no leen las letras pequeñas. Nadie aplaude, ni un solo choque de palmas. Quien lo mando a exhibir su alma, con tan caras que salen en este mundo hoy en día. Otro más con los pelos pintados de azul, cuando este sea momia embalsamada sus sucesores no podrán creer la incultura de estos tiempos.

Y sin embargo son  intelectuales los que asisten al despliegue… Talvez  por puro morbo.

 

Escrito por Brenda Ananquel Anaya

Brenda Ananquel Anaya, nació en Buenos Aires en 1991. Actualmente viaja por Latinoamérica redactando sus experiencias.