I
Préndase el fuego de la vital irreverencia,
hijita de brazos cruzados,
nacida en ritual paralelo al espectáculo de los tiranos carceleros
grises regadores del espanto.
Indómita irreverencia como aliento de fantasma,
diminuta presencia de desalineado monigote,
desmesura soplada desde algún sitio por la lengua de la tierra fecunda y libertaria.
¡Criatura rota buscadora de los ojos de agua, mundos hijos del apareamiento de lunas y brujos!
Irreverencia chiquita,
tropezón de avenida,
paraguas como arma,
café tinta de camisa,
historia apaleada.
Sabañón de cara al viento,
sublevado germen que late en las rasgaduras de la tísica ruina diaria.
Préndase el sol que entibie la panza de aquella bandolera por tradición, asaltadora desnuda de los caminos, agazapada irreverencia hambrienta de lo crudo.
Temblorosa Irreverencia portadora del jadeo de los peregrinos,
de un futuro sin bóveda, propietaria.
Trotamundos de expectativas imaginarias,
ábrase para ti la corteza de la tierra,
húmeda tu manta,
anúnciese quien vaya a acompañarla,
herida está de soledad y de mañanas.  

II
Vengo yo ahora con la irreverencia herida
ensangrentada ella y mis manos,
un hueco entre las palabras voy llevando, será por eso que a la dulzura no nombro ni llamo.
Voy nombrando el mordisco y el fruto añejo,  pero ni uno ni otro la salvan,
va casi muerta,
dicen que la dulzura la salva,
y yo sin saber nombrarla.
¿¡Es esta la carencia de los que gritamos rebelión!?
¡Cómo se sana a los heridos de guerra!
¡Cómo se libra del hastío  al que desgastó el brazo y el puño,
al que no le queda más tinta explosiva, ni abrazos que aplaquen sus pesadillas!
Creímos haber dado muerte a los habladores de lo dulce y a los despreciadores de lo profano,
en nombre de la niña irreverencia, emprendimos la tarea de acribillarlos ,
pero no fuimos capaces de quitarles su secreto, el que en algún momento a nosotros nos arrebataron…
y con ese hurto huérfanos de ternura quedamos,
nos dejaron por padre y por madre nada más que al enfrentamiento,
y cientos de hermanos clandestinos,
desconocidos,
diseminados por un camino ajeno a nuestros pasos.
Y ahora con la niña irreverencia agonizante, repudiamos habernos sumido con exceso entre marginalidades de ciudad, libros viejos y noches borrachas.
Estos ojos sólo veían lo bello libertario,  ¿¡Por qué absurda razón descreímos de la dulzura!?
ella también puede ser libertaria.
Puede la dulzura ser testigo de los grilletes rotos, y del alarido de  los sublevados al viento.

III
Llamábamos al fuego y al sol para que encendieran a la irreverencia,
sumidos en lo bello de quien siembra dientes en señal de su amansamiento y su estar inofensivo,
nos fuimos volviendo cada vez más solitarios y fieros,
quedamos sumidos en lo bello de un idioma otro, uno casi plebeyo y rastrero,
idioma del que se cansa de tanto manotazo dado al mundo, chamuscado de tanta llama encendida en rincones donde se confunden amor, lucha, y rabia.
Clamamos a la dulzura por su advenimiento con vergüenza en los ojos,
que advenga aunque dando tumbos en obscena danza,
es esa la dulzura que auguramos.
Caricias dulces en paisaje helado para la niña que yace entre mis manos.
Dulzura de leche cuajada,
derroche de la madre de cara tapada …
y voz de lamento.

 

Escrito por Nazarena Luz

Artífice en el devenir de la poética de las orillas, esa que blasfema y que crea con la materia prima de lo que sobra. Artesana de subversivos latidos silvestres y de la poética de las malas hierbas.