Ahora  que estoy aquí su ausencia hace que  reproduzca una y otra vez  aquella frase que  siempre me  decía — Nunca te fíes de las palabras, ellas son astutas, mucho más que los seres humanos, ten cuidado un día podrías quedar atrapada.

Carlos siempre fue un ser extraño, un loco de primera línea, le tenía tanto respeto a las letras que rayaba en el miedo, rendía culto a los libros y cuando escribía me parecía estar viendo a un neurocirujano realizando una riesgosa operación.  Le gustaba decir que lo nuestro era producto de los libros y que ellos nos habían elegido, yo generalmente seccionaba su  discurso, le quitaba todas las excentricidades y me quedaba con un ser normal, el mejor hombre que he conocido, lo  he de aceptar. Teníamos una casa como todas las parejas con los adornitos y las comodidades necesarias, todo allí era común menos el laboratorio de creación como él solía llamarle, estaba en la planta alta y tenía un ventanal de vidrio en el techo para  recibir bien el influjo de las estrellas y  magnificar la energía creativa.

 Nuestros días transcurrieron en el ir y venir de versos, cuentos y novelas, estábamos en nuestro mejor momento, nunca había escrito tanto ni tan bien, hasta que se manifestó claramente. Un mundo nuevo en toda su complejidad, una a una fluyeron sus estructuras biológicas y cósmicas, todo en él era fascinante y así me fui escribiendo con todo el frenesí que jamás había sentido.

Estaba embebida en mi descubrimiento, sólo quería seguir y seguir hasta culminar lo que para mí sería considerada la mayor obra literaria de la historia.  Carlos tenía mucho miedo, intentó muchas veces truncar mi avance pero no pudo hacerlo, no le entendía hasta que me desvanecí convertida en letras entre sus dedos.

Escrito por zakira mussa pineda

Panamá, Colón 1988 Soy otra de las que busca un camino, abogada de profesión, escritora de corazón