Turmero, un íntimo pueblo del estado Aragua —hablando de Venezuela—, mostró su esplendor tiempo atrás. Es una tierra fértil donde armonizaban en equipo, los humanos con la fauna y la flora; hasta la llegada de ese despojo llamado civilización. Aún en este siglo de ceméntales y robots, mantiene un aura primitiva entre sus calles y avenidas. Un olor a maíz cocido, parece envolverla en una cúpula, que a pesar de ser densa, no es impermeable ante los calurosos azotes de un gigante amarillo, guardián de su preciado tesoro.
Una campana —incrustada en el concreto—, tintinea guindada de una cuerda cada hora del día. Al centro del pueblo —con todo construido a su alrededor—  se puede observar una maqueta colonial, que se desmorona con el paso del tiempo. Estas casas mantienen los pies sobre la tierra con dignidad a pesar de los años de olvido. Miradas calcinantes se sienten al pasar por estas calles, pero no se divisan caras, mucho menos si nunca has estado por allá, solo ese silbido del aire, inalterable. Se interrumpe al atardecer por un pitido agudo bastante peculiar; trae consigo a un ciclista vendiendo los golfeados del día. De esta manera algunas de esas miradas se convierten en personas de carne y hueso.

Más cerca de la iglesia la situación es diferente, gritos y aullidos desde temprano, muchas caras estáticas en un solo punto; olor a café, a papel periódico, impregnan el ambiente.
Loros que se posan en los árboles, cacarean tratando de entender lo que ven cada día. He logrado registrar los movimientos de estos animales. 8:00 am: se aglomeran en el cedro anciano de la plaza Mariño, se contonean y preparan su plan. 9:00 am: salen disparados hacia las alturas, enloquecidos por el sol. 11:00 am: apuntan y disparan, salen de la zona como vinieron y los distraídos no saben qué los golpeó. Deben regresar a casa o seguir a sus destinos con esa mancha que se carcome la ropa. 6:00 pm: vuelven al cedro de la plaza —cuando resuenan las 6 campanadas—a burlarse de sus victimas del día. Los que conocemos este sistema, no pasamos por la calle Rivas en la mañana, es uno de los principales objetivos de estos cronométricos animales.

Por la falta de lugares para estudiar, muchos optamos por viajar a las ciudades adyacentes, en mi caso, una ciudad que me imaginé bastante en mi adolescencia, y así, como adolecía físicamente, también adolecí de detalles con respecto a Santiago de león de Caracas, Caracas por su abreviación.
En camino te deslumbra una carretera serpenteando hacia el cielo, se tapan los oídos y se te enfrían los cachetes. Todo genera una gran expectativa, se vistea un horizonte diferente —que es rodeado por bultos multicolores que en algún momento fueron montañas—, empieza el descenso.
Al bajar, las expectativas se convierten en una severa realidad. Un olor fétido te golpea y te muestra esta nueva naturaleza, desde un principio notas que algo es diferente, son demasiadas sensaciones en un solo momento, el cuerpo no puede registrar todas: una caudalosa fila de autos se aprisionan en un flujo incalculable por las calles, y por los recovecos solo transitan equilibristas en dos ruedas.
Estos individuos parecen muy ocupados, maquinas perfectas, productivas. Deben serlo, porque así podrán escalar los eslabones.
En el día hay un hollín en el ambiente, —que para los otros parece ser imperceptible—se hace presente en cada esquina, cada ángulo, cada centímetro de la ciudad se caracteriza por poseer este humo invisible, se impregna en tu ropa, en las ventanas, todo lo vuelve un poco más gris cada día.
Incluso los perros parecen distintos: caminan con el periódico al hocico, estoicos, siendo parte de este escenario; loros mucho más grandes y ruidosos planean en este mundo semental. Un mundo que muestra una majestuosa pauta de la civilización, rectángulos inmensos acicalan sus cabezas contra el cielo, protegidos por un verdadero monstruo de la naturaleza, que llena de oxígeno y un tinte verde a esta solemne urbe.
A punta de libros se desarrolló el sueño de Robinson de la nueva educación, en ella se vislumbran organizaciones especializadas para el pensamiento globalizado, universidades de todos los colores y sabores, cuna de los grandes pensadores de nuestra tierra. Estas magnificas obras de arquitectura se sobreponen unas a otras, una ciudad dentro de la ciudad, con sus propias reglas y sus propias normas. La esparsión cultural —término que aprendí estando aquí—, denota una diversidad de etnias, aglomeradas en disputa por sus costumbres.
Aquí rara vez se ofrecen los buenos días, o se pide permiso, parar y preguntarte algo es retener el tráfico, que debe fluir y sigue fluyendo.
Muy tarde en las noches se llenan los oídos de silencio, en dueto con alguna sirena lejana, pero se puede volver a respirar. Indudablemente la vida nocturna varía con su predecesora. Otros salen al encuentro con su vida, seres que en el día son repudiados por no pertenecer a lo normal: la noche y su tranquilidad es su única amiga, una amiga que los vuelve fuertes, impenetrables, los llena de resentimiento. ∀
A pesar de la rutina pegajosa hay personas dispuestas a vivir fuera de las trincheras, se detienen y piensan un poco antes de actuar, ofrecen los buenos días, seden el puesto a un anciano. Son pocos —incluso llamados ángeles—, van pintando con un poco de color a ese gris dogmático. Aun pienso en lo lejos que quedan esos días donde observaba fascinado a esos loros socarrones y cuanto se pueden llegar a extrañar sus travesuras.



 

Escrito por Samuel De Aguiar

Caracas, 1997. Escritor de vivencias, reportajes y crónicas. Estudiante de Letras en la Universidad Central de Venezuela. Coordinador editorial con la Profesora Carmen Verde Arocha (autora del libro como editar y publicar un libro) directora de la editorial Eclepsidra. Como diría el político, poeta, periodista, novelista, profesor (el escritor de mayor relevancia en venezuela en el siglo XX) Arturo Uslar Pietri: "Saludos a ustedes mis amigos invisibles".

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