Ricardo Elías (Santiago, 1983) es autor de Cielo fosco (Librosdementira, 2014), conjunto de relatos que contó con el apoyo de la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro en Chile. El año 2017 su novela A la cárcel (Alto Pogo, 2017) resultó ganadora del V Concurso Internacional de Novela Contacto Latino en Colombus, Ohio, EE.UU.

Nos encontramos con Ricardo en la entrada de la Librería Qué Leo en la comuna de La Reina. Llego con cuarenta minutos de retraso. La culpa es de un descuido en mi orientación espacial que hizo que, al darme cuenta de mi error, me hallara a unos 3 kilómetros de distancia del punto de encuentro. Ricardo tenía su móvil apagado y al llegar, yo bastante agitado por lo demás, me esperaba sereno junto a su mánager literario quien fue el encargado de supervisar tenazmente esta entrevista.
Le comento que esta primera parte se tratará de preguntas generales. Lo típico que le preguntan a un escritor cuando no se ha leído su obra. Subimos las escaleras y buscamos una mesa en el bar en donde procedo a encender mi grabadora.

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Ricardo, le pregunto, ¿cómo nace tu interés por la escritura?

Nace no por los libros, porque yo no leía tanto. Más bien nace por el gusto de contar una historia. Quizá es por una necesidad de mentir, de inventar. Porque al principio yo escribía ciencia ficción e inventaba mundos. Mi primer libro escrito, esto es cuando tenía 10 años, fue una novela sobre un personaje que viajaba en el tiempo, influido quizá por las películas que veía entonces o los dibujos animados de la época. Más que contar anécdotas, lo mío era inventar mundos. Los viajes de Alan se llamaba esa novela. Luego me aventuré con una segunda parte que era mucho dibujo y poco texto. Después vino Una solterona como cualquier otra y ahí partió mi parte humorística. Sacaba ideas de Garfield y las transformaba en historias mías. Toda mi influencia viene de la televisión y de las películas, porque yo leía, insisto, muy poco. Llegué a crear más de 30 personajes. Por ejemplo, tenía a los Cuatro huasitos del sur de Chile, que eran básicamente cuatro campesinos que veían el mundo de una manera muy idiota. Aparecía un auto y ellos pensaban que era una yegua y lo intentaban arriar como si fuera un animal. También tenía a otro que se llamaba Superpato, que era, obvio, un pato superhéroe. Otros eran, por ejemplo, un gato y un canario que emulaban a Silvestre y Piolín. Ya más de grande, en la universidad, me metí a hacer guiones y películas. Hice mediometrajes y largometrajes en donde actuaron mis hermanas, unos primos, mis papás, y la primera se titulaba Cuéntamelo a mí. La segunda que hice se llamó Muerte al vaca, que se trataba de un grupo de personas que se aventuran a cazar al Chupacabras. Ahí había un milico, un marino, un paco y un mapuche con pluma, una suerte de Village People; también había un cura medio pedófilo y cosas así. Y la tercera se llamó El absurdo ángel que se desploma que son cuatro historias cruzadas con algo del Ku Klux Klan. Bastante absurda. Siempre escribí historias, pero no necesariamente al estilo literario. Mis plataformas siempre fueron más bien diversas.

¿Qué hay de tu formación escritural? ¿Cómo te fuiste perfeccionando?

Mi primer taller literario fue en el colegio con el profesor de Castellano. Éramos dos alumnos de enseñanza básica y el resto eran estudiantes de educación media. Ahí aprendí harto. Disfrutaba tanto ese taller que en las clases de Matemáticas me ponía a escribir cuentos. Todas las sesiones, que eran una vez a la semana, yo llevaba por lo menos dos textos. Quizás no muy buenos, pero siempre estaba escribiendo. Eso le sorprendía al profesor, la cantidad más que la calidad. Ahí aprendí el ejercicio de escribir, la continuidad. Es como el deporte: si haces pesas cada tres meses, genial, levantaste 20 kilos y lo hiciste perfecto, pero eso no te saca músculos. Pasa lo mismo con esos escritores que escriben un solo libro bueno y ahí quedan.

¿Cuáles son tus autores de referencia, aquellos que tienes en el altar y a los que siempre vuelves?

Borges, Cortázar y Saramago, que me vuela la cabeza, y Alejandro Dumas. Trato de apuntar siempre hacia ellos. El Aleph es uno de los pocos libros que releo. Cuando mi cabeza está muy trabada en cuanto a creatividad vuelvo a Borges y encuentro una buena idea. En Saramago me atrae mucho el estilo. También leo mucha literatura tipo Carlos Castaneda o Jodorowsky, que me lo leí completo. Trato de leer de todo. A Coelho no lo he leído, pero eso tampoco me genera un rechazo a priori y no tiene por qué hacerlo. Hay varios escritores que opinan mucho y no han leído nada.

¿Y qué lee Ricardo Elías en la actualidad?

Argentinos. Bob Chow, Luciano Lamberti, Piglia. También a Sergei Dovlatov, que me ha hecho descubrir muchas formas nuevas. También novela negra nórdica de varios autores como Stieg Larsson o Johan Theorin, por ejemplo. Siempre voy alternando.

A propósito de los argentinos, Ricardo, ¿cómo ves el panorama de la literatura chilena contemporánea actual en relación con lo que se escribe al otro lado de la cordillera?

A nadie le gusta que se diga, pero los chilenos estamos a años luz. Nosotros estamos aprendiendo a escribir narrativa, esa es la verdad. Lo mismo que el cine, recién estamos aprendiendo. No en poesía, pero sí en narrativa. Estamos copiando, tratando de hallar nuestras propias voces. Por ejemplo, en los años noventa se trató de ensalzar a toda una generación que terminó siendo un fracaso, ahora no valen nada. Fue puro marketing. En la literatura chilena sin duda que hoy hay escritores buenos, pero no lo comparemos con los argentinos, porque Chile sale perdiendo. Tenemos que compararnos con nosotros mismos, no nos queda otra. Se puede encontrar en Argentina algo de autoficción, como acá, pero es un tipo de escritura con muchos más recursos. Nosotros estamos pegados en ciertos estilos medio depresivos quizá. Mi libro A la cárcel se desmarca un poco de esa literatura chilena y por lo mismo no tiene mucha cabida. En Argentina hay mucha más variedad y se acepta de todo. A la cárcel tuvo mayor acogida y recepción allá.

¿Pero no debería ser al revés? Si en Argentina existe mayor diversidad, ¿no debiera perderse tu libro entre toda esa variedad? Y en Chile, como es distinto, ¿no debiese, en cambio, destacar por sobre el resto?

Claro, pero nosotros tenemos siempre miedo de aquello que es distinto y lo rechazamos. La tarea también es de las editoriales. En Argentina hay, por ejemplo, editoriales que publican fantasía; acá en Chile no. No vende. Ni la ciencia ficción, ni el terror. Aquí predomina la autoficción, como si eso fuese lo que más se leyera. Pero la verdad es que no muchos leen ese tipo de literatura. Nos leemos entre nosotros mismos.

¿Cuál es la metodología de escritura de Ricardo Elías y cómo llegas después a la publicación? ¿Cuál es el proceso desde la página en blanco hasta que el libro se materializa en formato físico?

El mate es mi compañero fiel. Le voy echando agua y no tengo que pararme. Hay que tratar de evitar la procrastinación. Si tú te levantas a hacer café a cada rato, te distraes. De repente tomo una copita de vino, pero todo siempre en función de la escritura. También escucho mucha música clásica. Necesito lograr cierta concentración, atender lo que estoy haciendo, y esa música está especialmente hecha para eso.

Y para finalizar esta primera parte de la entrevista, ¿cuáles son los temas que llaman tu atención al momento de ficcionalizar y crear historias?

Lo que me motiva es evidenciar el absurdo del comportamiento del ser humano. Trato de caricaturizar las actitudes de la sociedad. Y ese tema lo enmarco en cualquier escenario que se me ocurra, como una cárcel, por ejemplo. Porque el absurdo en la vida existe, está, es incómodo para mucha gente. Piñera es un tipo absurdo y la gente lo toma como algo grave, pero es un ridículo. Tuvimos al dictador que más duró en el poder y nadie lo juzgó. Absurdo. O lo que decía Patricia Verdugo, que las protestas en Chile eran de dos a cuatro de la tarde. Otro absurdo. Y Pinochet también era un tipo a medias, no era la caricatura del dictador terrible e implacable, sanguinario, porque tenía sus salidas medias estúpidas también. Y lo que yo busco es apuntar a eso, al gran absurdo de la vida.

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El manager de Ricardo me mira extraño, desafiante. Me hace sentir que no estoy llevando bien esto de la entrevista. Trato de zafar de alguna forma. Lo primero que se me ocurre decir es si acaso quiere pedir una pizza y algo para tomar. Ricardo acepta y digo que yo invito. Como no tengo nada para pagar, le pregunto al camarero si existe algún problema con que envíe la cuenta a alguna de las casas editoriales del escritor. Ninguna, responde. Le anoto la dirección de la chilena y, con la promesa de una generosa propina, le solicito que esto último quede entre los dos. Hacemos una pausa antes de proseguir con la segunda parte.

 

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.