Entrar a La casa vacía  (Caleta Olivia, 2018) de Celina Feuerstein como quien abre las puertas de una casa hace tiempo cerrada y comienza a recorrer sus pasillos y habitaciones o como quien abre un libro y empieza a oír lentamente, con el pasar de las hojas, algunas melodías, y se deja llevar por sus canciones.

A simple vista podríamos decir que esta casa-libro se compone de tres sitios que delimitan tres lugares definidos de la memoria: la zona de lo familiar, el lugar del amor y  el espacio de un pasado reciente que los mezcla; sin embargo, diferentes hilos atraviesan los muros de esta arquitectura. Tomemos estos hilos y entremos con ellos, como Teseo, en los laberintos de esta casa llena de poesía.

Si bien nuestro recorrido de caminantes-lectores es horizontal (así se proyecta la vista cuando lee) el itinerario por los poemas nos lleva cada vez más hacia adentro. En efecto, estos poemas parecen escritos luego de un largo trabajo de excavación por pasadizos de la memoria, como si la poeta se transformara en una alquimista que busca locamente en lo hondo de la materia aquello que da origen a la luz.

Nos hallamos entonces en presencia de un tiempo vertical, un tiempo propio del poema, como nos dice Bachelard “en todo poema verdadero, se pueden encontrar los elementos de un tiempo detenido, de un tiempo que llamaremos vertical para distinguirlo de un tiempo común que huye horizontalmente como el agua del río (…) el fin es la verticalidad, la profundidad o la altura; es el instante estabilizado en que las simultaneidades prueban ordenándose que el instante poético tiene una perspectiva metafísica”. Tiempo vertical y perspectiva metafísica, he aquí la punta del hilo del ovillo que nos conduce de un lado a otro por la casa-poema; ya que lo que se percibe detrás de cada poema es una búsqueda desesperada de la luz.

En este sentido, todo el libro podría leerse como un salmo elegíaco, aunque suene un poco oximorónico, o haya que flexibilizar los límites genéricos para dar con el tono.

“Un salmo dijo Os/ y yo que pido/ yo que siempre pido/ escribo ahora autorizada/y ruego/en voz alta/a quien escuche mi plegaria/ a los ojos que alojen/ la luz del mundo/un brillo/un reflejo donde vuelva/la belleza desprendida/de los días”.

La poesía-canto (todos los poemas están poblados de muchísimo ritmo) es entonces el modo a partir del cual se busca y se encuentra una luz, un brillo que se desprende aún de las cosas muertas. Ver luz y brillo en aquello que ya se apagó, que ya no está pero que sigue reverberando intermitente en la memoria es el acto metafísico-poético, acto de fe potente, de este libro.

Salmo elegíaco, celebración triste y alegre de las pérdidas, como en ese poema maravilloso que dice “ocurrió como en Los Puentes de Madison/fue una despedida sí pero sin atrevernos/a decir la última palabra/ ¿pero acaso podría/haber sido/diferente?/ ¿cómo se termina un amor, en nombre de qué o/ con qué nombre?/ ¿se dice adiós?/¿se dice arrivederci?/ ¿se abraza, al final?/ uno imagina despedidas como/un puente y figuras/en luz cada vez más tenue/y el auto que se aleja/y los faros/que se pierden/fue un final a puro silencio y /algo brilló en el cielo/como una bola de fuego/despedida/por un cañón”.

Luz que surge aún en mitad de la oscuridad, bola de fuego que estalla con el final, sol negro de la melancolía diría Kristeva, como sea, las palabras dan testimonio de un brillo que ilumina desde el centro de cada poema, de cada espacio donde se canta el encuentro (como en los poemas que celebran el brillo de las pequeñas cosas, la brisa de verano, una comida, la amistad) y también los desencuentros, las pérdidas, el paso del tiempo.

Porque “despedirse es arrojar/como quien tira una piedra al aire y / también/convertirse en mineral y rodar/desprendido/lanzado al viento/que mueve/todo lo quieto”, ¿qué mejor forma de despedirse que cantando, como lo hace Celina Feuerstein, en su primer libro de poemas, alabando el brillo de presencias y ausencias?

Leer La casa vacía, como quien mira el cielo y ve el brillo de las estrellas que ya no están, dejarse llevar por su música, dejarse acunar por sus potentes melodías.

 

 

Escrito por Bárbara Alí

Bárbara Alí: nació en Buenos Aires, el 3 de febrero de 1984. Es Licenciada y Profesora en Letras (UBA). Actualmente cursa la Maestría en Crítica y Difusión de las Artes (UNA). Es docente de Lengua y Literatura en escuela primaria y media. En el 2014 obtuvo una mención en el Concurso Pablo Neruda (organizado por la Fundación Pablo Neruda- Chile- y la Universidad Nacional de Córdoba). Participó en la Antología Poética El Rayo Verde 2015. En el 2016 publicó "La mancha de los días" (Editorial Qué diría Víctor Hugo?).