En la comida hay muchos elementos culturales que ignoramos, aunque no por eso dejamos de afirmar que es sabrosa y que celebramos su existencia. Este es el caso del chicharrón de cerdo, o marrano, que igual que el edulcorante o las papas fritas, sucedió por una accidente casual.


 

“No hay sabor comparable, sostengo, del quebradizo, tostado, bien cuidado, al punto, chicharrón, como se lo llama; hasta los mismos dientes están invitados a su parte de placer en este banquete”

Charles Lamb

 

Si a usted le gusta el arroz paisa (una versión criolla del arroz chino), o el chicharrón de diez patas con arepa, o lechona con aguardiente, y a su vez no solo come, sino que le interesa saber qué es lo que come y por qué, entonces leyendo esta brevedad, sabrá cómo fue que se descubrió el chicharrón.

Como sabemos por medio de la historia, el hombre se alimentó durante muchos siglos de carne cruda. La comía directamente del animal muerto o vivo, cosa que hoy nos parece barbaridad.  Contrario a la vaca sagrada en la India,  el cerdo en oriente ha sido considerado una herejía desde los periodos más remotos.   E igual que pasó con la cerveza, el viagra, el arte de tostar la carne, y otras curiosidades culinarias, el arte de hacer chicharrón también sucedió por accidente. Fue en China. En el mismo hemisferio donde se inventó la pólvora, las cometas y la primera imprenta.

Todo pasó así.

El marranero Ho-ti, que cuidaba más a sus animales que a su familia, fue una mañana a recoger bellotas para alimentar a su piara. Este tenía un hijo llamado Bo-bo, que, haciendo juego con su nombre, era un bobalicón de cabo a rabo. Bo-bo era aficionado a jugar con fuego y en una de sus correrías pirómanas, unas chispas salieron despedidas sobre un montón de paja consumiendo la cabaña donde vivía con su familia y una cría de nueve cerdillos que estaban recién paridos.

El tarambana, preocupado no tanto por la casa como por los cerdos, pensaba en qué le diría a su padre al regreso, pues sabía del recio carácter y los tratos que le dispensaba por sus múltiples torpezas. Mientras Bo-bo caminaba entre las ruinas intentando encontrar algo intacto, su nariz sintió un olor especial y diferente. No era el olor de las cenizas, ni del humo, ni de hierbas carbonizadas, sino un perfume diferente al de los demás.

Le dio un par de vueltas a los escombros y al ver los lechoncitos quemados, se agachó para tocarlos por si quedaba alguno con vida. En su intento se quemó los dedos. Y rápidamente para refrescarlos, como todo niño, se los llevó a la boca. Pero Bo-bo no vio que algunas pizcas de piel chamuscada de los cerditos se habían trabado entre sus dedos, y por primera vez en su vida (y en la historia de los mortales) probó el chicharrón.

De nuevo echó mano del lechón para continuar probándolo, hasta que comprobó que el olor provenía de la carne magra del cerdito y que esta tenía un sabor que solo los dioses podían haberlo sazonado así. En el descubrimiento de este nuevo gusto, sin pensar en la tragedia, se dedicó a comer a cuatro manos.

 

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Mientras se daba el festín, su padre Ho-ti llegó apresurado con un garrote y arreció contra su hijo violentamente, descubriendo el trágico daño del incendio, pero este, embelesado en su comelona, parecía no surtirle efecto la garrotiza. El placer que sentía devorando al lechón lo volvió calloso ante el castigo. Pasado un momento, y rendido por cansancio, el padre le preguntó con ira:

– ¡Infame!, ¿qué has estado comiendo? No tienes suficiente con haberme quemado tres casas con tus juegos, haberme ahorcado, sino que tienes que comer fuego… ¿qué tienes allí?

-Padre, ¡es lechón!, ¡es lechón!, ven a comer, está sabroso.

Ho-ti horrorizado ante tales palabras maldijo a su hijo y se maldijo por haber engendrado a un ser tan glotón, que comía fuego y lechón quemado.  Bo-bo, que estaba ya familiarizado con el sabor, corrió y sacó otro lechón de entre las cenizas, lo partió en dos y se lo entregó a su padre en las manos.

– ¡Come!, ¡come! Padre, al menos pruébalo. 

Y mientras lo invitaba a degustar, el joven seguía comiendo desesperadamente.  El padre, con mucho temblor, tomó una parte del abominable animal asado. Desconcertado, vacilaba si matar a su hijo o no por ser un monstruo cruel e inhumano.  Pero de repente, igual que a su hijo, el chicharrón le chamuscó los dedos y aplicándose el mismo refrescante de llevárselos a la boca , degustó el sabor.

Tanto padre como hijo, ambos disimulando por timidez, se sentaron a comer y no dejaron de hacerlo hasta haber comido el resto de la cría de los cerditos.

A Bo-bo le fue prohibido revelar el secreto, bajo el peligro de que los vecinos quiza podría apedrearlos por mejorar la carne cruda que ya estaban acostumbrados a comer. Sin embargo, la gente comenzó a notar que la cabaña de Ho-ti y su hijo Bo-bo ardía con más frecuencia, algunas veces de día, otras de noche.  Cada vez que paría la puerca, la casa estallaba en llamas. Hasta que al fin, un fisgón, se dio cuenta del terrible misterio y denunciándolos, fueron citados a Pekín a rendir cuentas ante los pobres tribunales de la ciudad.

En la sala se presentaron testigos, se trajeron las evidencias (que pusieron en bandeja), y cuando ya estaba a punto de pronunciarse el veredicto, el presidente del jurado pidió que se acercara el lechón al palco del jurado. Él y todos los presentes tocaron la evidencia con recelo quemándose los dedos, y haciendo el mismo remedio que Bo-bo y Ho-ti, ante la misma situación,  probaron el manjar. En contra de toda evidencia y hechos, para sorpresa de todos los presentes, llegaron al común acuerdo: Inocentes.

 

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Una vez disuelto el tribunal, el juez, secretamente compró los lechones que pudo conseguir. Al poco tiempo se observó que la casa del alto magistrado se incendiaba también.  El asunto se regó como pólvora seca. Y ya no se veían sino chisperos en varias casas y comarcas.  Como era de esperar, subió el precio del combustible y de los lechones exageradamente.  Y la compañía de seguro contra incendios cerró.

Y así continuó la tradición de incendiar casas, hasta que, con el tiempo, gracias a un sabio inglés que enseñó que no era necesario quemar una casa para asar un lechón u otro animal, entonces empezó a usarse la parrilla. A asar el lechón colgado encima del fuego y otras cocciones como hoy las conocemos.

Así fue la peculiar historia del chicharrón, la lechona, la carne de cerdo cocida, y otros platos que hoy los ingenieros del sabor, los cheffs, nos han traído hasta la mesa, gracias a las travesuras de un joven llamado Bo-bo (que demostró ser inteligente).

Salud

Escrito por Diego Firmiano

Escritor, Periodista, Viajero.