Los secuestradores de una lanchita de pasajeros que atraviesa un pedazo de mar para ir de La Habana Vieja al municipio de Regla fueron fusilados por intentar irse a Estados Unidos. El combustible se agotó demasiado rápido en ese motor casi improvisado. Dos niños se escondieron en el tren de aterrizaje del avión en un vuelo que iba a un país europeo, era un vuelo largo y al bajar la puerta en la llegada cayeron del tren un par de bultos: los niños habían muerto congelados en la frialdad no metafórica del cielo. Luego están las historias de las barcas improvisadas, los cazadores marinos (más que animales, hombres a la espera de un tesoro fácil), feroces tiburones y algo sobre un extraño tufo a putrefacción en un Boeing 777 que venía de Cuba.

 


La prensa amarillista del extranjero se deleita. La prensa amarillista del extranjero inventa una isla hambrienta y frustrada. Tsunamis, huracanes, hambruna, alerta roja para los baby boomers en busca de paseos en convertibles y playas exóticas.
Alguien me dice a qué saben los gatos. Les decíamos liebres de techo, dice. El lenguaje genera realidades. Fue en el tiempo del bloqueo, el genocidio más grande de la historia. En Cuba se comían las pastas de los libros, las jergas. Estados Unidos declaró que al cubano que pisara suelo americano por propios medios se le daría automáticamente la residencia permanente.
Estados Unidos, el país que se esfuerza por convertirse en isla amurallándose.
Su curiosa declaración, después de haber bloqueado a la isla bonita sonaba ciertamente contradictoria. Nadie podía llegar por medios propios en un país en el que los gatos y las jergas habían pasado a ser la única alternativa alimentaria después de la caída de la URSS y el bloqueo de Estados Unidos y de todos sus países aliados, entre ellos México. Cientos de cubanos desaparecieron en el mar.
Una mujer se empaquetó y se mandó a sí misma por correo postal. En un país caribeño alguien recibió un pesado embalaje. La mujer está viva.

 


Una madrugada de un fin de semana atravesaba sola El vedado, caminé La Avenida de los Presidentes (o Calle G) y vi un alud de gente. Ahí estaban los hermosos muchachos bailando sobre las estatuas con twerks frenéticos, habían guitarras y canciones hechas al instante. Como dijo Temperley: “Fui traspasado por una sensación de amor tan grande que me arruinó la vida en el mundo. (…) la sensación de estar rodeado por cielo, y de que ese cielo me tocara como carne”. La negritud de la noche, las noches más bien mulatas, las noches de ojos negrísimos estaban todas ahí,  los hermosos muchachos bailaban para sí mismos y la isla respiraba.
En medio del ruido se hizo un brevísimo silencio y creí escuchar exhalar a los muertos.
Hay un gesto que todo cubano conoce bien: antes de beber el primer trago de ron derraman un trago de alcohol sobre la tierra. Para los muertos, dicen. La tierra cubana está sedienta, pero no es un gesto que se haga con seriedad ceremonial, no es un gesto fúnebre, porque finalmente esa consagración es celebrar también que es uno el que brinda y no otro el que brinda por uno.
Esa noche escuché respirar a los muertos y sentí claramente el mecerse de la isla, se hizo evidente la cantidad de agua de la que está rodeada, la humedad, la sal, el calcio, lo aparentemente cerca que está Miami cuando uno mira el mapa.

 

 

 

En un lugar oculto, por las noches se llevan a cabo largas sesiones de rap donde los espectadores son niños perforados aparentando en actitud el doble de su edad. Hay paralíticos, freaks y siempre, siempre hermosas muchachas. Ahí la belleza abrumadora de algunos cubanos es también por contraste; estarán siempre los melancólicos a los que la tristeza ha deformado, los coléricos, los emputados con el sistema, las muchachas hermosas que se han despintado y alaciado el pelo ultrarrizado y le han puesto pestañas sintéticas hasta a los ojos que no tienen. Todo es fiebre, baile, sudor y ron en Tetra pack. Mientras un hombre en silla de ruedas rapea una canción que es más bien un poema, nuestro amigo poeta nos dice que en una publicación le censuraron la palabra <<censura>>. Creo que la cambiaron por la palabra <<bandera>>.
Esa noche un militar detiene a una pareja que camina. Si eres cubana él tiene que caminar solo. El extranjero reclama: es mi esposa. El militar insiste. El extranjero corre enfurecido al hotel por el pasaporte de la chica. Viendo eso le pregunto a mi amigo mexicano: ¿Crees que Cuba es más pobre que México? Y ambos contestamos al mismo tiempo, entristecidos, que no.

 

 

 

 

 

 

Atravesé un cruce de caminos y la arboleda de los amates, árboles de raíces chorreantes. Dentro de la cueva que formaban el tronco y las raíces vi a un hombre con el miembro al aire, masturbándose. Su negritud resaltaba contra el verdor blancuzco de las ramas. Ficus insipida. La imagen no me ofendía. El aire caliente, el mecerse sobre el agua de la isla, el vapor caliente a toda hora, justificaron esa como la escena más pura vista en mucho tiempo. El hombre al saberse visto, por instinto me miró a los ojos y después guardó todo su cuerpo en el interior del amate. Sentí una profunda comprensión del instinto.

En Cuba todo es sensual. El cielo te toca como carne. 

 


Recurro a este recuerdo constantemente: un hombre fuma un habano junto a una estatua. Se dice que si a esta estatua le aprietas el índice y el mentón al mismo tiempo, te dará suerte. Tiene el  mentón y el índice pulidos por el sudor de muchas manos. En Cuba culto a los locos y Quijotes. Entre sus dedos de bronce, el loco inmóvil (es la estatua al Caballero de París, un célebre vagabundo erudito, otro migrante, un europeo venido de no sé dónde a Cuba)  tiene también un habano encendido que se consume con la respiración del aire. El hombre junto a él toma entre sus dos manos el rostro de la estatua y mira sus ojos largamente. Era mi amigo, me dice. De vez en cuando le traigo un habano porque cuando estábamos en el manicomio él me hacía cigarros de las sobras de otros cigarros. ¿Memoria  o metáfora ? ¿Mentira o historia? Escucho a ese hombre que sostiene todavía del rostro a la estatua, le esculca los ojos con amor, como se mira a un hermano.
En Cuba todos saben versos de Martí, leen con atención, escuchan. En Cuba conocen mejor la historia de México que los mexicanos. Me avergüenza lo poco que sé del mundo mientras mi casera, la que me despierta cantando en las mañanas,  me dice de memoria líneas de Chéjov.

 

Dicen que la información es lo que irá borrando la historia, cuanto más exagerada sea más lejos estaremos de recordar nuestros orígenes. La información en Cuba es menor porque no está invadida de publicidad ni están todos sometidos al internet, o al menos no en todos los sitios.  La isla fue una de las primeras colonias donde desembarcaron los esclavos africanos y ahí quedaron asentadas las primeras religiones del mundo (si creemos que el hombre nació en África, ¿no serían las religiones cubanas (y haitianas)  lo último que resta en América de aquellas primeras religiones que con el paso del tiempo se han sincretizado con la religión católica AKA La Gran Simplificadora? En Cuba la lógica no se opone a la mística. La elevada educación del cubano no mengua el enorme respeto que todos tienen por las religiones, por los brujos, por los muertos que hablan a través de muñequitas negras y por las mujeres en los parques que pueden leerte pasado, presente y futuro.

 

El año pasado a un diplomático de Corea del Norte en Cuba le fue anunciado que ya era necesario su retorno a su país de origen. El hombre se suicidó antes de volver porque no quería abandonar la isla.

 

Yo sueño Cuba casi todos los días.

 

(Todas las imágenes son propiedad de la autora del texto. Más en: https://www.instagram.com/el.tiro.de.gracia)

Escrito por Clyo Mendoza

Escritora mexicana. Autora del libro "Anamnesis".